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TRIBUNA

La joven de la toga

Juan José Vijuesca
miércoles 17 de diciembre de 2025, 18:43h

Lo siento por el famoso pintor holandés Johannes Vermeer, porque de haber conocido a Maite habría cambiado a la protagonista de La joven de la perla por esta dinámica abogada. Por supuesto que ello modificaría la perspectiva de la obra, pero sería para bien del arte. Ahora estaríamos contemplando a La joven de la toga.

Mi admirada Maite García Zapata, mujer que rebosa maestría en orden inverso a la especie humana —definición que puede causar extrañeza o confusión—, resulta que transita entre la verdad de su feminidad y la hombría de un samurái. De ahí el equilibrio que no está al alcance de cualquier terrícola. Ella, como gran profesional del derecho, es bastante legal consigo misma, es decir, sabe lo que quiere y cómo lo quiere. Maite hace buena la frase atribuida al expresidente uruguayo Pepe Mújica: “Hay que vivir como se piensa, porque de lo contrario acabarás pensando como vives”.

Lo que sucede es que no todo está recogido en el Código Civil y es ahí, en las distancias cortas, donde su bien afilada catana corta los humos a lo ambiguo, a la mala baba y a lo inservible sin apenas infringir la ley. Quiere y se deja querer, premisa de su generosa lealtad hacia un grupo de hombres diáfanos y entretenidos, unidos por el usufructo de la amistad, entre los que me honra formar parte.

Colecciona miradas ajenas, las examina en silencio y después las transforma en lenguaje de pintura visual. Con ese magnetismo travieso elabora su propio alegato frente al tribunal popular de la vida. Es tan sólida su psicología que se agradece compartir con ella el tapeo tutorial mensual en El Capricho. Por cierto, lugar donde las conversaciones de la gente son plurales y no discriminatorias, debido a que no hay guerracivilismo ni lenguas de doble filo.

Es dueña de su propio modelo, de su civil autonomía; también lo es del Corpus Iuris Civilis de Justiniano, porque además, Maite, nos hace recordar esa canción de Estopa, la de Te vi, te vi: "Siempre quiero estar contento. Triste no valgo la pena". Parte el ‘bacalao’ con su hilarante secreto de juventud, pues un día eligió ser atemporal y obtuvo el premio reservado para las personas atrevidas.

Tiene un perro con ligero tracto, pero de elevada complicidad con ella, tanto que prefiere ser “sacado” a la calle antes de ser “paseado” por el asfalto. Para Maite, la importancia que desprende el verbo “pasear”, es proporcional al coñazo de tener que socializar con terceros mientras las mascotas se olfatean entre sí sus latentes glándulas y demás atributos que se prestan a la erótica. Allá cada cual. Lo peor del paseo, según ella, son los corrillos formados por los dueños caninos donde la cortesía puede acabar en la prueba del polígrafo. Por el contrario, para Maite, lo de ‘sacar’ al perro representa al ser libre y a la complicidad entre dos. Tres serían multitud. “En mi casa, prefiero a un sacador de perros, que a un achicador de espacios” —sentencia.

Maite es la abogada perfecta para una defensa en el Juicio Final, que como es sabido, es la siguiente estación después de La Parca en días de asuntos propios. En ella está el remedio de cuantos siguen creyendo que los letrados y letradas son cartujos del siglo XII envueltos en toga de tela negra de lana fría. Ella es más de vanguardia, de buen gusto, de pasarela de juzgados y tribunales. Maite es así, sin andarse por las ramas… y además con catana. Ya le vale.

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