Acabo de pasar medio año académico en Pamplona como profesor invitado por la Universidad de Navarra. En mis ratos libres me echaba a andar por las calles de la vieja ciudad amurallada, unas veces bajo la guía de mi colega, el profesor Javier de Navascués, y otras solitario como perro sin dueño. Caminar por el casco histórico de Pamplona es como recorrer un texto palimpséstico, lleno de tachaduras, glosas y banderas contradictorias. Allí donde el nacionalismo vasco izaba la bandera etarra, ondea hoy la bandera de Palestina. Y me pregunté si ese gesto, que parece compasión internacionalista, no es también un modo de reciclar el viejo odio local bajo los colores de una causa global. Pues, si se piensa mejor, el militante que corea consignas en favor del palestino difícilmente soporta en el tren o en el bar a un “moro” hablando árabe junto a su mesa. ¿Es solamente soportable la alteridad a tres mil kilómetros de distancia? En el casco histórico de Pamplona he visto, sintetizado, el auténtico callejón sin salida al que ha conducido la aporía política del multiculturalismo del Atlántico norte.
La política lingüística del euskera, inspirada en parte por el precedente de la reconstrucción moderna del hebreo en Israel, funciona menos como una celebración de la diversidad que como una muralla contra el ecumenismo del castellano. Frente a una lengua hablada por 600 millones de personas, ¿se erige el euskera se erige como el último recurso para asegurar y proteger legítimamente la identidad de una comunidad de la afluencia de migrantes de otras “culturas”? En los bares, en los hoteles, en el servicio doméstico de Pamplona o de Madrid, suena el acento colombiano, venezolano, ecuatoriano, como un bajo continuo ultramarino que desmiente la fantasía aldeana de una comunidad lingüísticamente pura.
El problema de la inmigración creyó solucionarse bajo el abracadabra del multiculturalismo. Acuñado por el canadiense Charles Taylor en 1992 como la “política del reconocimiento”, el multiculturalismo supone reparar mediante el reconocimiento público a aquellos grupos marginalizados y auto-marginalizados, sin advertir la treta del victimismo. Pero como bien señala Agapito Maestre, lector agradecido del mejor Taylor –el de Hegel y la sociedad moderna y el de Las fuentes del yo, ese multiculturalismo estaba pensado para un laboratorio muy específico: el Canadá escindido entre anglófonos y francófonos. Fuera de ese contexto, advierte Maestre, el multiculturalismo oculta una verdad incómoda, esto es, que toda cultura tiende a universalizar, que toda cultura interpreta a las demás y que toda civilización quiere integrar otras o fracasa en su pretensión de civilizar.
De ahí la dificultad casi trágica de conciliar el ámbito supranacional de una civilización hispánico-romana con el proyecto de fabricar una nación española homologable al Estado-nación francés o alemán. España, que durante siglos fue “las Españas”, plural e imperial, pasa a soñarse como Estado moderno surgido del imaginario de la Revolución francesa, es decir, del odio ilustrado al ecumenismo medieval y a la pluralidad regional, jurisdiccional, religiosa. El Código Napoleón arrasó costumbres y fueros en nombre de la ley escrita. Si Herder, Hegel y Marx ofrecieron en Prusia una contra-Ilustración ilustrada (valga el oxímoron), una razón que defendía tradiciones vivas frente al jacobinismo jurídico, en España, en cambio, se careció de esa contra-Ilustración lúcida. La Transición de 1978 ha conllevado a una forma de nacionalismo aldeano, un nacionalismo de puertas adentro, satisfecho con su pequeño perímetro autonómico y sus símbolos comarcales. Ortega y Gasset lo habría descrito con su expresión acerada: “gestecillos de aldea”. Es decir: el ademán autosatisfecho de quien confunde la defensa de su terruño con una altura histórica o civilizatoria.
Las reflexiones de Agapito Maestre –por ejemplo en Razón en vena, escrito con Jorge Casesmeiro– cuestionan el diagnóstico de Taylor: el reconocimiento es necesario, pero su institucionalización corre siempre el riesgo de convertirse en un reparto burocrático de identidades victimistas. En una Europa que lleva cinco siglos expandiendo su civilización por medio mundo, presumir hoy del “derecho” a una forma de vida político-cultural intocable frente a la inmigración suena, más que a prudencia, a mala conciencia elevada a doctrina. Werner Hamacher, en La detrición de la lengua, recuerda que la cultura es también una cultura del desprecio: toda identidad se consolida comparando, segregando, menospreciando lo ajeno. La xenofobia es un fragmento de angustia ante uno mismo: miedo al propio fracaso, proyectado sobre el rostro del extranjero que sirve las copas, limpia los hoteles o enseña en la universidad con acento ultramarino.
Volvamos al principio, a las calles estrechas del casco histórico de Pamplona, recorridas en compañía de Javier de Navascués, mientras las placas bilingües repiten kalea donde antes bastaba decir calle. Las ikurriñas vecinas de banderas palestinas, las consignas que dicen “multiculturalismo” con la misma boca que susurran recelos contra el inmigrante, ¿no encarnan justo la vaguedad que Taylor diagnosticó en la política del reconocimiento, esa confusión entre igualdad formal e identidades blindadas? Hamacher y Maestre tienen razón por caminos distintos: hay algo en la cultura que resiste a todo multiculturalismo programático, algo que se niega a ser reducido al catálogo de “iguales” o “desiguales”, amigos o enemigos. Ese tercer excluido es, por ejemplo, el autor de esta columna: colombiano de nacimiento, mexicano por naturalización, profesor invitado en España que enseña una porción de una civilización supranacional, ultramarina, sin complejos de inferioridad ni de superioridad, sin necesidad de bandera que lo avale.
Quizá el multiculturalismo del siglo XXI, en una globalización desatada, consista precisamente en soportar la incomodidad de ese tercero que no encaja: el que no es de aquí ni de allá, pero se atreve a recordar que toda patria que no se abre al extranjero se clausura a sí misma, como una lengua que decide dejar de hablar para no contaminarse.