‘Voy a la Estación Central/ subo a un tren que me lleva a Norsesund/ antes de llegar veo un lago obediente/ a la belleza/ imagino jinetes confundidos/ por el anochecer/ místicos que se arrodillan/ dioses cansados/ es viernes/ algunos pasajeros llevan maletas/ orillas/ una chica duerme/ un adolescente sube a Aspedalen/ el revisor no ignora lo que somos/ cuando bajo del tren el silencio/ me ofrece su inocencia/ el alma no tiene desperfectos/ ningún perdón pendiente/ la impostura no encuentra su horóscopo/ desconozco la ficción/ soy’.
Está al final de la segunda parte, aquella en la que se da más pábulo a la búsqueda que a la gracia súbita de los hallazgos, del último libro de Fernando Sanmartín, Costa Oeste. Poemas de Göteborg, cuyo título ya nos sitúa pese a que podamos desconocer a qué altura queda ese oeste y esa ciudad, tan norteños, obviamente. Es un poema sin título. Todos lo son. Todos lo son porque cada persona que los lee acabará haciéndolos suyos, podría añadirse, sin desmerecer la autoría principal. Uno los puede leer y cruzar su frontera. Lo esperable es que uno no vuelva a ser el mismo una vez se dé el paso.
He querido incluirlo en esta minúscula serie de artículos que glosaban un poema porque el libro por entero se corresponde con el término del año. En Costa Oeste, la estancia en la ciudad que iba con el propósito inicial de un libro de viajes, acaba regalando la inspiración de estos versos de ritmo muy particular, cortantes como la cellisca en su primera parte y más íntimos en la segunda, más localizados en la sensación de por fin estar comprendiendo por qué uno ha terminado ahí, irónicamente cuando el regreso anda cerca de producirse. En los finales de año, sucede lo mismo. Si el curso ha sido provechoso, uno llega a la despedida con la sensación completa pero a medias en lo que podría haber sido disfrutado. Permanece esa insatisfacción. Llegar a ello, dice Sanmartín, ‘significa conocer lo inútil/ vivir los aniversarios’. Se celebran porque todo es absurdo pero uno sigue igualmente y es mejor alegrarse. Más aún si van acompañados de comidas y cenas copiosas —los entrantes para picar son la trampa— y melopeas y exaltaciones del amor y discusiones familiares.
‘El alma no tiene desperfectos’, dice, pero sí la carcasa que la recubre, y cuántos podrían sacarse. Afortunadamente, siempre nos guardamos un resquicio que nos permita querer conocer cómo se desarrollan nuestros argumentos y sus finales. Ya que el tiempo suele salirse con la suya y nos recuerda de continuo que no nos pertenece, ¿qué mejor que toparse con la lectura adecuada que lo adelante por la izquierda?
No sabemos cómo conducirnos en las despedidas. Lo que escribamos al respecto, aunque momentánea y pasajeramente, pondrá el juego a nuestro favor.