Me he quejado, en algunas columnas que he publicado en este medio y otros, de la creciente falta de humanidad de mis congéneres. Del desaliento que eso me produce. Y he dicho que todo es decadencia, acabamiento, destrucción. Pero he descubierto que el ser humano tiene algo que decir. Que hay esperanza todavía.
Fue el pasado fin de semana cuando sucedió. Quedamos mi novia y yo con dos de las amigas de su infancia, una de ellas acompañada de su hijo, un pequeñín de poco más de un año; y entonces, me di cuenta. La Navidad, que parecía ya acabada a estas alturas de mi vida, pareció florecer como cuando era niño.
La tarde comenzó en una cafetería donde nos habíamos citado. El niño estaba algo receloso al principio; no se encontraba muy a gusto rodeados de dos desconocidos como mi novia y yo, y se quedó muy callado, mirándonos, primero al uno y luego al otro, fijamente. Solo cuando se dio la vuelta y miró hacia la madre, se olvidó de aquellos dos desconocidos y se puso a jugar con un camioncito de juguete.
Poco después, llegó una señora de unos ochenta años, con el pelo teñido de morado, muy maquillada y ataviada con un abrigo de visón; iba postrada en una silla de ruedas, que empujaba una señora de mediana edad —presumiblemente, su hija—. Las dos se dispusieron junto a la mesa vecina a la nuestra y, enseguida, la señora avistó al pequeño. La mujer llegó con el rostro algo hierático, como una condesa altanera y displicente. Sin embargo, al avistar al crío, se transformó; había desaparecido la rigidez de su semblante y ahora su rostro dibujaba una tierna sonrisa, como si la ternura que irradiaba el niño se reflejase en ella. La señora sonreía, le hacía carantoñas en la distancia, le decía cumplidos... Después estuvo hablando con su acompañante, pero hasta que se marchó, no le perdió la vista al chico y no dejó de dedicarle alguna sonrisa o algún que otro comentario cariñoso. La escultura se había hecho carne; yo lo vi.
Poco después salimos a dar un paseo, y no dejaron de sucederse, de nuevo, los milagros. El niño correteaba por las calles y la gente lo miraba y esbozaba una sonrisa; incluso hubo un momento en que dos adolescentes, ahumados por el exceso de cierto tipo de cigarros, casi se chocaron con el niño. No sucedió porque uno de ellos alargó la mano, con suavidad, para acariciarle la cabecita y evitar que se produjese el choque. Esa delicadeza que probablemente no guardase para nadie, quizá solo para los suyos, la tuvo con un pequeño desconocido.
Después paramos en una sala en la que vimos que había unas luces navideñas. Entramos y vimos que se había expuesto un Belén de un tamaño considerable. Echamos un vistazo y, cuando nos acercábamos a la salida, una de las azafatas de la exposición se acercó al crío y le dio un globo rojo, que el niño recibió ilusionado. El pequeño, a partir de ese momento, prosiguió su paseo con el globo en la mano; correteaba y correteaba portando ese globo rojo, como si este le indicase el camino a seguir. Al rato, la madre le señaló el escaparate de una peluquería; dentro, había una jaula repleta de pájaros exóticos, con unos colores preciosos: tenían la cresta roja, el pecho violeta y amarillo y el resto del plumaje verde. Entonces, el niño, obnubilado ante la visión de aquellas aves, acercó la cara al cristal para verlas más de cerca. El dueño de la barbería, que hojeaba un periódico sentado en una silla, sonrió al ver el interés del pequeño y abrió la portezuela de la jaula. Dos de los pájaros salieron y empezaron a batir sus alas, embelleciendo el aire con sus cabriolas, hasta que finalmente se posaron en una jaula contigua para picotear algunos granos caídos de pienso. Cuando el dueño vio que hacíamos ademán de marcharnos, nos despidió, sonriente, a todos y retomó la lectura de su periódico.
Después de aquello caminamos un poco más y dejamos en su casa a la madre y al niño, que se despidió dándonos a cada uno un beso en la mejilla. Lejos quedó la vergüenza y extrañeza del principio hacia los dos desconocidos.
Y pasarán los años, con su maldita costumbre, y él no recordará nada de todo esto; pero yo, que lo viví y puedo escribirlo, lo digo: aquel día él nos dejó una preciosa lección. O tal vez hizo un milagro. Porque gracias a él me di cuenta de que la Navidad todavía podía ser algo mágico; de que tan solo hacía falta vivirla junto a un niño. Pero aprendí algo aún más importante: que los niños, esos pequeños ángeles, sacan lo mejor de nosotros y nos devuelven la esperanza de que todo no está perdido. De que no nos hemos perdido del todo.