La polarización que se respira en Twitter/X es repugnante. No me borro la cuenta porque es ahí donde me pongo al día de todo; pero, quitando eso, es una red que me desagrada profundamente. No soy original al decir que Twitter me parece un estercolero. O, siendo más preciso, un vestuario después de un partido de fútbol: un lugar que apesta a sudor y testosterona, plagado de tíos que, testículos al viento, hablan de tías, coches y todo tipo de mamarrachadas. Lo peor es que el vestuario tiene una peculiaridad: que se erige en escenario también. Y quienes allí se expresan, en oradores que divulgan ideas putrefactas. Ideas que son aplaudidas y vitoreadas en forma de likes y retuits por parte de una jauría de trogloditas de similares características. Entonces los del vestuario, lejos de corregirse, de moderar su lenguaje y taparse las bolingas con la toalla, deciden seguir escupiendo magufadas y vomitando comentarios homófobos, tránsfobos, machistas y racistas. Tan ricamente.
Y es que esta gentuza, cuando raja de Pedro Sánchez o de la sociedad, no busca arreglar nada, ni mejorar la vida de nadie que no sea exactamente como ellos. Son pura regresión, pura caverna. En sus comentarios no se encuentran propuestas ni matices; solo destrucción. Y tienen a sus tótems: periodistas e intelectuales que les sirven en bandeja argumentos de autoridad en las declaraciones que hacen en podcasts o en programas de televisión. Uno de ellos, el más destacado quizá ahora mismo, es Juan Soto Ivars, un tipo con una postura moderada en todos los sentidos: en el tradicional, porque no se deja arrastrar por ninguno de los dos lados del tablero, ni hunos ni hotros; y, además, es moderado en el sentido que indica Diego S. Garrocho en su ensayo Moderaditos; es decir, alguien que busca el diálogo, ya sea para matizar sus ideas o, directamente, para desprenderse de ellas gracias a la perspectiva del otro. En definitiva, un moderado es un tipo que trata, tan solo, de buscar la verdad. Y eso es Juan Soto Ivars, por mucho que quieran ponerle cuernos y rabo. Aunque muchos quieran ver en él al peor de los fascistas: hunos —los turboprogres— muy enfadados e indignados; y, hotros —los trogloditas, los de la cueva— con chiribitas en los ojos.
Lo he visto recientemente en Twitter; ayer, con una pinza presionándome la nariz, me acerqué a aquel nauseabundo vestuario y encontré que se comentaba un vídeo de Juan Soto Ivars en el que este hablaba de las consecuencias negativas de la “inmigración ilegal”. Entre los comentarios había varios que decían que el periodista estaba cada vez más cerca de unirse a su bando y, directamente, condenar la inmigración, sin apellidos. Mostraban, así, su deseo de ver a un Soto Ivars que abominaba de la inmigración por sistema, sin matices, haciendo una enmienda a la totalidad. Un Soto Ivars convertido en un contumaz xenófobo y en un redomado racista.
Y echo mucho en falta que quienes alzan la voz en la esfera pública para criticar la corrupción del Gobierno, las leyes o los excesos en general del wokerío ataquen con la misma contundencia a estos monstruitos a los que, sin saberlo, están alimentando con suculentas viandas. Soto Ivars acaba de publicar un libro en el que critica los daños colaterales que ha causado la ley de violencia de género; una ley que, según él, no habría que derogar, pero que convendría modificar para reducir esos efectos adversos que están destrozando la vida de muchas personas, tanto hombres como mujeres. Y, casualmente, él está haciendo exactamente lo mismo que critica de esa ley; y es que sus bienintencionados argumentos están generando también daños colaterales: una caverna que se aprovecha de los resultados de sus investigaciones para justificar sus ideas misóginas y reaccionarias. Lo que contribuye a que se envalentonen y expongan a ojos de todos la basura que hay en sus mentes. Enrareciéndolo todo, radicalizando más su polo; porque, a base de mostrarse una y otra vez, lo que era execrable empieza a volverse, poco a poco, tolerable.
Así que, como deseo para este año 2026, pienso que no estaría mal, opinadores, hacerle saber a esa gente que se puede criticar una idea o una ley sin que eso implique justificar sus atávicos apriorismos. Hay que dejarles claro que no los queremos, que mejor que se queden ahí, en su cueva, chapoteando en su ciénaga de prejuicios, traumas y odio. Hay que condenarlos al ostracismo, hacerles ver que están solos y que, a estas alturas de la película, no podemos hacer ya concesiones de ese tipo. Quién sabe, puede que así se den cuenta de que la sociedad los desprecia, y se decidan a abandonar —al fin— su gruta.