No sé si a ustedes les sucede. A mi sí. Mi atención y mi paciencia parecen haberse esfumado. Crecí con los tiempos largos de espera entre el envío de una carta y la recepción de otra. Mis canciones de adolescencia duraban seis o siete minutos y rompían al final. Yo tuve un CPC-464, ¡qué les voy a contar de tiempos de espera!; pero últimamente creo que el mundo nos lleva a la exigencia de lo inmediato, de lo rotundo o de lo sencillo. Ya no atendemos. Me lo dicen los maestros. Me lo dicen los poetas. Lo veo cuando doy una ponencia. Lo sufro cuando explico un proyecto. Me lo dicen las sinfonías frente al drill. No atendemos y nos aburrimos antes, y la pregunta es, ¿qué ha pasado con nuestra atención?, ¿quién nos ha inoculado el virus del “ya” y el” ahora mismo”?
Leo en el muro de un amigo que ha sabido que uno de los referentes periodísticos de las últimas décadas en España ha invitado a sus reporteros a que escriban con frases cortas y palabras sencillas. Cortito y al pie, no se me vayan a despistar; y así es como mueren las subordinadas, el lenguaje figurado, el subjuntivo y los arcaísmos. Todo se hace más sintético, más fácil, más funcional para, a golpe de pulgar aceptar o rechazar algo. Muere la palabra “behetría” y fenece el llamar a los bares “zaquizamís”, pero, sin embargo, pega con fuerza el stalkear. Lo trendy de hoy ya es viejo mañana.
Walter Benjamin dijo aquello de que la falta de experiencia sería suplida con un torrente de información. Mallarmé ya soñaba con poemas que desbordasen las constelaciones; empero, lo que un análisis sereno me dice, es que todo se ha industrializado, incluso nuestra propia atención. Cada uno de nuestros gestos, reacciones y movimientos de dedos frente a una pantalla es una mina y, nosotros, un yacimiento en el que algunos pueden llegar a pescar.
La espera, lo saben por propia experiencia, es una cárcel. El tiempo es finito y diez segundos aquí y otros diez allá son media vida tirada a la basura. Nadie recuerda los momentos en los que tuvo prisa. Nadie escribe sobre ellos; bueno, Tallón acaba de publicar una novela muy íntima en la que la prisa es un continuo, el leitmotiv de una vida extenuante y desagradecida en la que el trabajo, el pago de las facturas y las pequeñas tareas cotidianas lo absorben todo. Por cierto, se la recomiendo.
El scroll infinito me abre las puertas al mundo y en las redes se contabilizan las escuchas y visualizaciones por tiempo de atención. A más bajo menos emolumentos, a menos atención menos popularidad. Hay una chica con una enfermedad del crecimiento que canta con menos gracia que un zapato algo así como Me siento empoderá, otro hace patadas voladoras contra la pared, otro corre diez kilómetros sobre la tapa de su water. Lo soez, lo basto, lo desagradable pero llamativo, lo que rompe costuras es lo que triunfa. Se retuercen en su tumba de celulosa las grandes gestas literarias. Nadie lee Cristo versus Arizona. En las librerías no hay El secuestro de Perec, Variaciones Nuria de TS Norio es un libro que no conoce absolutamente nadie. Ningún enamorado manda a su amada poemas de Góngora por la mañana para acompañarle en el desayuno.
La pregunta, entonces, no es solo quién se ha llevado nuestra atención, sino si queremos recuperarla. Esto implica aceptar el aburrimiento inicial de un poema largo, el silencio incómodo de una espera, la dificultad de una frase que obliga a volver atrás. Implica resistir, a pequeña escala, al imperio de lo inmediato. Leer a Perec aunque no lo lea nadie. EscucharThe End de The Doors a oscuras y en vinilo. Escribir una subordinada por puro placer. Comprar el periódico en papel un día entre semana. Defender el subjuntivo como quien protege una especie en extinción.
Tal vez no podamos cambiar el mundo ni detener la maquinaria, pero sí decidir, de vez en cuando, a quién le regalamos nuestros minutos. Porque la atención es tiempo vivido, y el tiempo, aunque nos lo vendan troceado y con emoticonos, sigue siendo lo único verdaderamente nuestro.