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TRIBUNA

Dolor y respeto

Juan José Vijuesca
miércoles 21 de enero de 2026, 21:36h

Una vez más, la muerte coquetea con la duda. Lo hace con una licencia similar a la de otras ocasiones. De nuevo, el dolor y el respeto nos recuerdan que transitamos por ese fino alambre sujetado por la casualidad o por la mano del hombre. El pesar nos devuelve al lado primitivo de nuestra naturaleza como especie: la solidaridad con las víctimas. Es la tregua que debemos otorgar a las vacilaciones, así como a los caprichos de la vida misma con sus tribulaciones e incongruencias.

Una vez más, como digo, la tragedia, en este caso ferroviaria, nos convierte en vulnerables frente a lo adverso por inesperado que sea el motivo. Resulta canallesco como la muerte impone el camino a sus destinatarios y también resulta decepcionante tener que morir sin conocer al adversario. El destino, al igual que la banca, siempre gana, siempre carece de culpa.

Por lo tanto, hablar de buena o mala suerte no es más que ese instante en el que se desposan la fortuna y la desdicha. Bajo este razonamiento se impone la sentencia del ser racional: “Lo que esté por pasar, pasará”. Y a partir de ahí todo es casualidad e inocencia de actos, cuando la realidad es simplemente estar en el lugar y en el instante que la vida nos otorga. Queramos o no, la existencia se nos muestra como un momento fugaz entre la nada y el humo, un combate permanente en el que la suerte infringe las reglas del azar.

Otra cosa bien diferente es la responsabilidad. Factor determinante del compromiso que se adquiere por el ejercicio de cargo y cumplimiento del deber. Hay quien lo relaciona con la solvencia, ya saben, tener juicio para el desempeño de funciones sociales o públicas. En resumen, es aquel valor ligado al cumplimiento de compromisos que cada persona adquiere, con la finalidad de generar confianza y credibilidad en cada uno de sus actos. Sin embargo, todo esto va asociado a los principios de la condición humana y ahí es donde la mano del ser racional, civil o político interviene.

No es nada nuevo que la insolvencia, la inmadurez, la incompetencia o la inexperiencia pueden ser factores que hagan cometer actos culposos con resultado de muerte y dolor. Es preocupante que las desgracias se transformen en un género de oscura costumbre o en aliviadero para evitar responsabilidades. El luto de algunos y de aquellos que luchan entre tinieblas por sobrevivir, no solo precisan ayuda vital, también deben conocer verdades creíbles, de las que solo el tiempo puede disimular los dolores del alma. No obstante, ese mismo tiempo no debe ser utilizado para que una enlutada tregua se convierta en prolongada indignidad, tanto para unos como para el resto de la sociedad. No es aconsejable olvidar ni posponer las causas de lo ocurrido, ya que a veces la veracidad de los hechos, por extraño que parezca, tiende a cambiar su fisonomía. A veces la mano del hombre es demasiado alargada.

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