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Ira y libertad

sábado 24 de enero de 2026, 19:32h

Mantener la calma, conservar la compostura, no deshacerse de las formas de la cortesía. Me repito una y otra vez que nada se gana con el insulto y recuerdo lo que me enseñaron en casa. Me apetece tanto, sin embargo, dejar salir la verdad sin aderezos, dejando ver tras la voz el gesto que desgarra sus últimos harapos, para presentarla en cueros con toda la belleza de la ira desatada.

Pasar de las palabras a los actos de desobediencia, a la violencia que degrada, pero que no degrada más que una paz mistificada. Me repito que es mejor mantener el ritmo de la vida cotidiana, abstraerse de la farsa informativa, de la comparsa de rumberos de lo suyo; pero la trágica humillación hiere la carne viva, hierve la sangre si aún nos queda y se viene a la lengua que se inflama hasta romperse en injurias como ladridos, en vejaciones afiladas que quieren abrir la piel del infame. ¡Qué asco, por Dios, ante el rostro renegado que se mantiene impasible en su innoble formalismo!, ¡qué náusea ante esa sintaxis afectada y sin vida!, ¡qué hastío frente a esa cara desquiciada con su inflexible rigor que no esconde una mueca deformada!

Burócratas presidenciales, pensadores nebulosos, administradores, gestores, ministriles o monarcas impotentes. Alguacilillos del gran poder, mustios eunucos. Les sangran los oídos cuando escuchan la divisa que declara “sólo el pueblo salva al pueblo”. Nos contemplan como hato de deplorables, rebaño de canalla que nada sabe de sus preocupaciones humanitarias, de la catástrofe climática, de la potencia intacta de sus tecnologías que vienen a despertarnos del letargo histórico que siempre ha padecido la muchedumbre ignara. El pueblo no existe, somos población administrada, material para sus ingenierías antropológicas, turba degradada que anima populismos en la era sin alternativa de su libertad inmaculada. Derecha liberal y milicia colorada, los dos brazos que asfixian la vida de los sometidos a sus democracias.

Mantener las formas, no perder los modales, como me enseñaron en casa. Me entenderán todos los que han tenido casa y no pueden digerir las consignas planetarias de la élite cosmopolita, los visionarios del horizonte global que confunden el hogar con la domótica. ¿Cómo hemos dejado que nos gobierne esa rehala? No es indignación, no es esa indignación que tanto movilizaba a los filántropos de antaño, es el asco y es la ira que me trae a la memoria la vieja esperanza de una juventud traicionada. Sin ira, libertad… decían cincuenta años atrás y hemos llegado al punto en que sólo la ira defiende la verdad, condición de la libertad.

En defensa propia, porque es nuestra vida la que se juega en esta partida de fulleros. Quitad vuestras manos de nuestra tierra, ocultad vuestros gestos miserables de la vida alegre de este pueblo al que no ha roto vuestra política global, vuestra ingeniería social, vuestra filantropía criminal. Habitad los clubes que solíais, poneos hasta arriba de farlopa, incensad vuestra tóxica piel con perfumes carísimos, embalsamaos y colmad de gollerías la andorga, hasta reventar si os place. No insultéis más nuestra paciencia porque podría romperse la muralla de mendacidad que construís a través de las pantallas, no bastarán esos tópicos que no escuchamos, no bastarán vuestras posturas y sutilezas. Clamaréis a vuestro modo – mortecino, pero amenazador – contra no sé qué populismo, amenaza aterradora de la que estáis dispuestos a salvarnos a nuestro pesar.

Debéis temer, sin embargo, que se desborde nuestro asco y alegraos de que sepamos conservar la calma, mantener la compostura. Debéis agradecer que nos enseñaran paciencia, pero no olvidéis que también aprendimos, del vivo ejemplo de nuestros mayores, que es mejor perder la vida que la dignidad y es nuestra decencia común lo que estáis amenazando.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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