www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

LETRAS, CEROS Y UNOS

La mentira es la verdad

viernes 30 de enero de 2026, 19:43h

1984 de Orwell fue para mí una lectura iniciática. La leí un verano adolescente, de noche, por recomendación de un amigo. Por las mañanas, en la playa, la comentábamos entre risas y alarmas tempranas: hablábamos de doblepensar, repetíamos aquello de que dos y dos son cinco, y mirábamos con desconfianza las primeras cámaras de videovigilancia que empezaban a aparecer en los chalés del paseo marítimo. Ya entonces nos preguntábamos si aquella distopía no estaba empezando a parecerse demasiado al mundo real.

Hoy, en 2026, la mentira ya no se esconde. No se disfraza ni se avergüenza. Camina con la cabeza alta por los medios de comunicación y se presenta como verdad oficial, como relato razonable, como dato verídico. Mentir ya no consiste en negar los hechos, sino en contarlos antes de que sucedan y lograr que, cuando finalmente ocurran, ya no importen porque otro hecho, otra mentira, ya ha ocupado su lugar.

La literatura lo advirtió hace tiempo. Borges habló de mapas que sustituyen al territorio; Kafka, de procesos sin delito; Cervantes, de supuestas locuras que confunden gigantes y molinos. La mentira eficaz no borra la realidad, sino que la cubre con tantas palabras que acabamos confiando más en el trilero que en nuestros propios ojos.

La filosofía también lo sabía. Los griegos desconfiaban de los sofistas porque usaban el lenguaje no para buscar la verdad, sino para enriquecerse. Nietzsche fue más lejos: las verdades, decía, son metáforas gastadas, monedas cuyo valor olvidamos que es convencional. Hoy esas monedas circulan en forma de datos, muchos datos, pero siempre barajados al gusto del repartidor.

En política, la mentira se ha vuelto técnica y elegante. Los raíles están “completamente renovados”, aunque ese adverbio de modo no se ajuste a la realidad del modo en el que han sido renovados. Los recortes son “ajustes”, la falsedad es “posverdad”, que no haya nada para alquilar a precio razonable es que estamos en una “zona tensionada”. El neolenguaje ya no es una pesadilla orwelliana, sino que es un manual de estilo perfectamente asumido en forma vertical desde el poder a la educación y los medios, y de ahí a la sociedad que traga y traga.

Cuando la mentira se generaliza nadie se atreve a ir en contra de la corriente. La paz es la guerra. La ignorancia la felicidad. Ahora sí que esto ya se ha cumplido.

Las redes y los algoritmos han perfeccionado el sistema. Cada cual recibe la verdad que desea, ajustada a sus prejuicios y a su consumo previo. No hay una gran mentira, sino millones de pequeñas verdades a medida. El pensamiento crítico se cambia por la comodidad de sentirse siempre en lo cierto. Todos somos cuñados entre gamba y gamba en la mesa de nochebuena.

Quizá por eso la literatura sigue siendo incómoda y necesaria. Porque no ofrece respuestas fáciles ni relatos cerrados. Nos obliga a dudar, a matizar, a pensar, a sentirnos incómodos. En literatura no existen las mentiras, sino las ficciones, que, a veces, nos lanzan a la cara nuestras sutiles contradicciones. Leer es un autoelogio poco confortable. Ver la parte de verdad en la ficción es todo un entrenamiento para enfrentarse a la cotidianeidad de nuestro tiempo.

Decir que la mentira es la verdad no es una provocación, sino es una descripción. La pregunta ya no es si podemos distinguirlas, sino si todavía estamos dispuestos a hacer el esfuerzo. Entre ceros y unos, (todo son ya ceros y unos), discursos grabados, noticias sesgadas y realidades a medio hacer, tal vez conocer y denunciar parte de las mentiras siga siendo el último gesto verdaderamente subversivo. La única manera de no traicionar a aquel adolescente que miraba, sorprendido, a las cámaras de vigilancia de los chalés del paseo.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (8)    No(0)

+
0 comentarios