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TRIBUNA

Alcaraz es increíble, pero Nadal juega en otra liga

lunes 02 de febrero de 2026, 20:26h

Carlos Alcaraz lo ha vuelto hacer. El pasado domingo derrotó a Novak Djokovic, uno de sus némesis junto a Janik Sinner, cediendo tan solo un set en la final del Australian Open. Y, para colmo, antes de esta victoria, en semifinales, venció a Alexander Zverev, otro de los grandes tenistas de la nueva generación, en un partido que duró más de cinco horas y en el que Alcaraz salió victorioso pese a los vómitos y calambres que sufrió.

Con este torneo, son ya siete los Grand Slams que ha ganado, confirmando lo que ya todos sabíamos: que el tenis masculino es una batalla entre un serbio, un italiano y un chaval de Murcia. Y es que Carlitos es un deportista magnífico, que combina lo mejor de los tres grandes tenistas de la generación anterior: Nadal, Federer y Djokovic. Porque sí, en cuanto a tenis, creo que no cabe duda de que ha logrado superar a Nadal. No pasa nada; podemos decir perfectamente que Alcaraz es mejor tenista. Igual que podemos decir que Messi es mejor que Maradona. Tenísticamente, Nadal ya no es el mejor deportista español. No pasa nada; superémoslo.

Sin embargo, Nadal tenía algo que todavía no sabemos si tendrá Alcaraz, pese a haber demostrado fortaleza mental en momentos difíciles como la semifinal contra Zverev. El manacorí —qué gustito da chapotear, como cerdo en una charca, en los lugares comunes del periodismo deportivo– era un monstruo de la naturaleza en el plano mental. Y no me refiero solo a que era capaz de aguantar firme cada partido, viendo en cada bola una oportunidad de iniciar una remontada o de aguantar la fatiga, el cansancio, los calambres y todo tipo de impedimentos sobrevenidos a lo largo de un partido; no. Eso lo hacía Nadal al principio de su carrera, cuando estaba fresco como una lechuga. Como hace Alcaraz ahora. Me refiero a cuando, a partir de aquella Caja Mágica en 2011, tuvo su primera lesión seria y siguió, pese a todo, volviendo a la pista. Y vinieron nuevas lesiones, y se le agravaron las que ya tenía. Y, contra todo pronóstico, siguió. Y no solo siguió; sino que hizo historia. Doy datos: 11 Grand Slams y 92 torneos ATP. Eso ganó el Nadal asediado por las lesiones, ese Nadal que estaba destinado a arrastrar su cadáver deportivo hasta que los malos resultados —sino lo hacían antes las lesiones— terminasen por retirarlo. Repito: 11 Grand Slams y 92 torneos ATP ganó ese cadáver.

Y, además, hizo todo eso a sabiendas de que ello conllevaría todo tipo de riesgos. Él tenía un sueño, un motivo para levantarse cada día: ser el mejor y, por encima de todo, ser mejor que su máximo rival: él mismo. Desde las coordenadas del pensamiento tradicional, se sostiene que debemos saber quiénes somos realmente (“conócete a ti mismo”) para descubrir cuál es el camino que llevamos en el pecho inscrito y así, entonces, lanzarse a recorrerlo. Eso fue lo que hizo Nadal, y lo hizo luchando contra cualquier impedimento: contra el dolor físico, contra el miedo y contra el futuro. Por eso, Nadal es grande, independientemente de que haya ganado veintidós Grand Slams o veintitrés o veinticinco. Importa poco la precisión y frialdad de las cifras, incapaces de recoger una gesta como la suya. Por eso, Nadal es una leyenda. Porque uno no se hace leyenda siendo el indiscutible vencedor en los malditos datos. Uno se hace leyenda cuando deja de ser un simple deportista y se convierte en algo más, en algo que fascina y a la vez inspira.

Muhammad Ali fue, sin duda, un boxeador gigantesco, con un estilo boxístico muy personal, sorprendente y con unos resultados incontestables; pero es leyenda porque además de eso, se comprometió políticamente y alzó la voz cuando los demás callaban; y porque era divertido, carismático, con algo de showman y otro poco de filósofo y poeta. Nadie se tatuaría a Ali o se pondría una camiseta con su cara años después de su muerte, si solo hubiese sido uno de los grandes boxeadores de la historia. Porque nadie hace lo mismo con Floyd Mayweather, que se retiró hace nada y lo hizo, además, a diferencia de Ali, invicto. Un deportista invicto o multipremiado no hace historia; la perfección no consigue grabar su nombre en mármol y ponerlo a salvo del tiempo. Pero si a ese talento deportivo le añadimos algo más, ese algo más que convierte a un deportista genial en una figura que inspira a los otros y les ayuda a emprender su camino, a tener fuerzas para salir adelante en la vida, e cualquiera que sea el proyecto en el que esté inmerso, entonces ese deportista habrá dejado de ser solo eso para convertirse en un símbolo.

Por eso, sí, Alcaraz es buenísimo, mejor que Nadal incluso. Pero es absurdo compararlos, al menos por el momento. Uno es un gran tenista y, si sigue así, ingresará en la lista de los grandes deportistas de la Historia, junto a Federer, Sampras, Björn o el propio Nadal. Pero este, además, estará en esa otra lista donde se encuentran Ali, Maradona, pero también Don Quijote, el Cid o Aquiles…. Allá donde residen los mitos.

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