Federico Trillo (Cartagena, 1952) posee una formación envidiable. Doctor en Derecho, ingresó como número uno de su promoción en el Cuerpo Jurídico de la Armada y, más tarde, en el Cuerpo de Letrados del Consejo de Estado. Es muy conocida su etapa como presidente del Congreso de los Diputados y posteriormente como ministro de Defensa en el segundo gobierno de Aznar, y con ese digno bagaje ha publicado Memorias de anteayer en las que ha vuelto a rememorar su vida pública, aportando su vivencia como jurista y como político en distintos momentos de la reciente historia de España.
No hay en ellas mención a su etapa como ministro de Defensa, que ya fueron narradas en otro libro de memorias, titulado Memorias de entre guerras (Planeta 2005) porque con ser dilatada su experiencia como servidor público, es sin duda su vivencia más notoria.
En este libro, Trillo recurre a narrar su formación jurídica, llena de anécdotas y de una noble dosis de gratitud hacia su padre, que tuvo relevantes responsabilidades en la vida pública y a sus buenos amigos, entre ellos a José María Ruiz Gallardón.
La obra señala con acierto las distintas etapas de la formación del actual Partido Popular, desde su origen en AP, como frustrado proyecto de centro liderado por Manuel Fraga, hasta su emplazamiento como oposición al pujante PSOE de Felipe González desde 1982 hasta 1996, año en el que, por fin, José María Aznar con un muy brillante equipo de jóvenes políticos, consolidó la llegada al gobierno.
Vinculado desde muy pronto al entorno de la gestión jurídica y parlamentaria de AP, más tarde Coalición Popular y finalmente PP, Trillo es testigo de las intrigas, de las conjuras para acabar con el liderazgo de Fraga, lastrado por la evidencia de su techo electoral y la pujanza del PSOE y de cómo finalmente con la dirección de José María Aznar se ganaron las elecciones de 1996 por escaso margen.
Trillo acredita su ironía en la descripción de los muchos notables con los que ha compartido trayectoria, y deja elogios de muchos de ellos y no escatima lamentos por los desaires y pequeñas traiciones y ambiciones que retardaron la llegada del centro derecha al gobierno y que fue posible con la colaboración de la profunda corrupción que asoló el PSOE durante los años finales de los ochenta y los primeros años de los noventa, de triste y horrible recuerdo.
De entre todo el repertorio de episodios vividos, evoca dos: la pirueta inverosímil que Felipe González y el PSOE hicieron con la adhesión a la OTAN, a la que vinculaba con el aparato militar del capitalismo imperial norteamericano, para acabar invocando la necesidad de permanecer -que no ingresar, porque eso ya lo había hecho el gobierno de UCD presidido por Leopoldo Calvo Sotelo-, por el bien de España.
En el debate parlamentario de la permanencia en la Alianza Atlántica, Trillo evoca la cuestión de la no inclusión de Ceuta y Melilla en los acuerdos del Tratado y revela la indignación de la primera ministra británica Margaret Tatcher ante la decisión de Fraga de proponer la abstención en el referéndum -decisión que revela fue inspirada por Oscar Alzaga-. Según le comentó Fraga a Trillo (pág. 128) la premier le dijo que “con el franquismo España ya había quedado aislada del contexto europeo y me provocó diciendo que también para mí era una oportunidad para demostrar que había superado mi pasado… terminé colgándole el teléfono. Creo que nunca me lo perdonó”. Y Trillo apostilla que tiempo tuvo de comprobar que así fue.
Como jurista Trillo desvela toda su etapa de diputado durante los mandatos de Felipe González y todos los recursos de anticonstitucionalidad que debió presentar el PP ante lo que Trillo define como “el abuso del uso alternativo del derecho” (pág. 97), ante las prácticas de la mayoría socialista por abultada que fuera, que en su opinión ya entonces dio muestras de lo que ha sido después una constante creciente de los sucesivos gobiernos socialistas, de Zapatero a Sánchez, a saber, intentar desactivar el mecanismo de la división de poderes, diseñados en la Constitución para evitar “la concentración y perpetuación en las mismas manos”.
Las más de trescientas paginas sumen al lector en la tortura de evocar infaustos nombres que ya están integrados en la época, más negra de la reciente historia de España, como Roldán, GAL, Amedo, Barrionuevo, Vera, Garzón, Paesa, Fondos Reservados, Filesa, ETA, de los que mejor no olvidar para que la memoria histórica no sea solo desenterrar muertos y adulterar con el signo de los tiempos.
En conclusión, Trillo es una persona con gran preparación jurídica y causa asombro conocer de su propio testimonio cuáles fueron las pruebas que tuvo que superar para ser letrado del Consejo de Estado. A saber: “El primer ejercicio era un examen oral de hora y media sobre un tema a elegir entre doce sobre 400. El 2º ejercicio: Un escrito de seis horas sobre un tema al azar entre cien de historia y su posterior lectura pública. Y un tercer ejercicio era una exposición verbal entre media y una hora de un solo tema de los del primer ejercicio sacado al azar” (página 30). Esa dureza explica la ausencia de personas de esa preparación en el gobierno de España y en general en las instituciones.