La literatura cubana tendría que esperar a la consolidación de Leonardo Padura para volver a aparecer en el radar de lectores que, como yo, ni expertos en la tradición caribeña ni, por cierto, indiferentes a su fuerza creativa, recordábamos como una de sus últimas voces genuinamente significativas la prosa desenfadada, brutal y exuberante de Reinaldo Arenas, muerto de sida en 1990, algunos años después de conseguir huir del régimen que tan duramente le había tratado.
Según Arenas, la única diferencia entre el comunismo y el capitalismo era que, al menos en el segundo, puedes cagarte en la bota que te oprime en lugar de besarla. Uno ya no estaría tan seguro de eso en los albores del siglo nuevo. Pero si hablamos de decepciones, y de la capacidad de transformar el desencanto en literatura, el último libro del autor de El hombre que amaba a los perros es, desde luego, una clase magistral.
En Morir en la arena, Padura echa mano de testimonios y experiencias personales para narrar cincuenta años de historia cubana. El relato toma como punto de partida a Rodolfo Bermúdez, a quien conocemos el día en que, después de décadas de servicio en la administración, va por fin a jubilarse. Esta nueva etapa no acaba de sentirse, sin embargo, como una liberación, no solo porque, en este contexto, jubilarse quiera decir, ante todo, ser arrojado a una precariedad absoluta, sino también por la inminencia de un hecho que promete conmocionar los cimientos de la poca vida que le queda por delante. Su hermano, Geni (alias Caballo Loco), está a punto de ser liberado después de cumplir treinta años de condena por cometer un parricidio.
El recuerdo de esos hechos terribles no es, con todo, el peor de los fantasmas que persiguen a Rodolfo. Su propia condena es haber pasado todas esas décadas viviendo en la casa contigua a la de Nora, el verdadero amor de su vida, que, por la conspiración estúpida del curso natural de las cosas, acaba siendo esposa del parricida. Y le persigue también el recuerdo de sus propias acciones, de brumosa iniciativa, durante la guerra de Angola, para la que se alistó por la misma razón por la que, al parecer, ha tomado todas sus decisiones o se ha inhibido de hacerlo: el miedo.
Ni Rodolfo ni nadie puede redimir las violencias del pasado, pero, en esos días de tensa espera, surge una ventana para el amor y el reencuentro en el otoño de la vida. Una segunda oportunidad ‒llevada con las dosis justas de melancolía y humor‒ para la vida que Rodolfo y Nora nunca pudieron tener.
Los dos crímenes de sangre que atraviesan la memoria de los hermanos Bermúdez, el parricidio y la guerra, crean una tensión especular interesante. El retrato del monstruo (Geni), que quisiera delegar la maldad a una excepcionalidad social y psicológica, se ve en cierta medida neutralizado por la (para usar la expresión de Arendt) “banalidad del mal” encarnada en Rodolfo, quien se ve arrastrado a la violencia en el conflicto de Angola, a pesar de (o justamente por) su naturaleza poco conflictiva, pusilánime, indecisa.
Si no te animas a incurrir en la barbarie, descuida, que la Historia te echará una mano para recordarte que eres, en el fondo, tan proclive a la bajeza como el peor de los criminales. “La Historia, la que lleva H mayúscula, me aplastó”, dirá uno de los personajes.
Predomina en Morir en la arena una conciencia metaliteraria, lúdica y socarrona, que arroja de cuando en cuando alguna palmadita en el rostro del lector, para que este recuerde que, aun con los mejores esfuerzos del narrador, existe un velo ficcional entre los hechos y la lectura.
Esta tarea recae en el mejor y más leal amigo de Geni, Fumero ‒un alter ego satírico del propio Padura‒, quien personifica las contradicciones de ser un intelectual de cierto prestigio, y por tanto privilegios, en una isla que se desmorona. Sus habilidades artísticas son aquello que le permitiría cristalizar la tragedia de unas vidas condenadas al olvido y, a la vez, el principal obstáculo para expresarlas con sinceridad. Acaso consiga “eternizarlas, no para que sigan vivas, sino para que no mueran del todo, después de tanto nadar, tirados ahí, en la arena calcinada”.
La novela es también una exploración de cuál ha de ser, en definitiva, su propio tema. Desde el punto de vista de las ambiciones literarias de Fumero, todo parece girar en torno al enigma del parricidio, que recorre la tradición literaria europea desde Edipo hasta Los hermanos Karamazov, y que Fumero está en una posición ideal de abordar, toda vez que, como “una especie de Truman Capote tropical”, se ha ganado la confianza del indomable Geni y parece ser el único a quien este podría revelar la sórdida clave moral del instante en que decidió levantar el martillo contra su padre.
Fumero reflexiona explícitamente sobre todo esto (dedica un respetable capítulo a trazar la genealogía del parricidio en la literatura), y despeja las sospechas que otros le dirigen sobre la posible instrumentalización de su amistad con el Caballo Loco. Pero su proyecto es otro.
El texto que finalmente tenemos entre manos (obra de Fumero-Padura) no aspira a revelar el lado oscuro del corazón, y quizás satisfacer con ello el morbo de quienes pretendan confirmar los límites que puede alcanzar la degradación humana en la dictadura comunista favorita del consenso liberal oficial. Es una tarea a la vez más humilde y profunda: “… de quienes pretendo y por fin voy a escribir es de gentes como ella [Nora] y Rodolfo: de los derrotados o vencidos que nunca pelearon, los golpeados, los comunes y corrientes, esos seres que se deslizan hacia un final de vida lamentable […] víctimas del miedo”. Los que mueren nada más alcanzar la arena, después de todo una vida nadando en las confusas aguas de la Historia.
Confeccionado con todos los trucos narrativos de un autor que domina como pocos el género de la novela negra (hay algún cameo del mismísimo Mario Conde, protagonista de sus novelas policiales), Morir en la arena es ante todo un homenaje a los cubanos de su generación, en el que se deja ver una profunda sensibilidad para alcanzar el meollo de las cosas y eludir los estereotipos ideológicos. Se nutre de una perspectiva que Padura se ha ganado a pulso, la de ser una voz crítica dentro de una sociedad en la que ha elegido vivir e insistir, a la que ama sin que ello se equipare con la candidez.
Y es, cuenten con ello, una novela endiabladamente divertida. Decir que el libro combina un crimen horrible, una entrañable historia de amor y un ambicioso recorrido por la historia social cubana no sería, en definitiva, garantía de nada, si no fuera porque tales elementos están soberbiamente hilvanados por una voz sólida, una conciencia aguda y experimentada, que hace que ni se nos pase por la cabeza, una vez embarcados en las primeras frases, dejar de leer hasta el final.