El amago de dimisión de Marlaska por la presunta violación de una mujer por el jefe de la Policía sólo es la última indignidad de un ministro, que antaño fue considerado un gran juez de la Audiencia Nacional. Ahora, sin embargo, se ha convertido en un subordinado dócil, casi perruno, de Pedro Sánchez. En la política, las dimisiones escasean. Pero lo más inaudito es que el responsable de nombrar a un presunto violador al frente de la Policía pida a la víctima que reclame su dimisión si quiere que abandone su cargo. Bastante tiene la mujer con superar, si puede, el trauma que ha sufrido. Con aguantar las presiones y amenazas para que calle de muchos de sus compañeros. Incluso de ser señalada por los que dudan sobre la verdad de los hechos.
El ministro Marlaska, que se ganó un sonoro abucheo al entrar en el Hemiciclo, se limitó a burlarse de la Oposición como si nada fuera con él. E intentó salir del trance con un amago de dimisión en lugar de abandonar inmediatamente su cargo por haber nombrado a un machista salvaje al frente de la Policía y probablemente por haber ocultado sus fechorías por su estrecho compadreo y amistad. Pues nadie puede creer que el ministro del Interior, que debería enterarse de todo, nada sabía del caso un mes largo después de que la víctima denunciara los hechos.
Marlaska, uno de los más activos líderes del colectivo LGTB, de los que con desaforado entusiasmo encabeza todas las manifestaciones feministas, ha nombrado y tal vez tapado a un jefe de la Policía que engañó, encerró a una subordinada en un piso propiedad del Ministerio y, según la denuncia, fue violada brutalmente. Y el ministro, el que fuera un juez respetado y valiente, resulta ser el gran responsable del nombramiento y, tal vez, de la estrategia de ocultar los hechos. Pero no tiene la decencia de irse a su casa después de pedir perdón.
Fernando Marlaska es el mejor ejemplo de los muchos políticos que aparentan ser progresistas, feministas, socialistas, demócratas y hasta fieles servidores del Estado. Pero sólo están ahí para figurar y abusar del poder o enriquecerse y, en este caso, para colocar a sus amiguetes en puestos de máxima responsabilidad; en unos puestos que deberían estar ocupados por expertos y honestos servidores del Estado. No, como se está viendo en este Gobierno, por corruptos, violadores y demás calaña. El ministro, en fin, debería dimitir inmediatamente, sin esperar a que la víctima se lo pida. Y, aunque suene a broma, también Pedro Sánchez. Y, desde luego, no pueden tener la cara dura de alardear de ser el Gobierno más feminista de la historia. Porque, hasta ahora, se ha comportado como el más machista, más salvaje y más ladrón. La banda de los corruptos ya no cabe en la abarrotada sala del Consejo de Ministros, más conocida como la cueva de Alí Babá.