In memoria de don Fernándo Fernán Gómez, José Luis López Vázquez y don Luis Buñuel y Carlos Saura, admirados amigos y maravillosos actores y directores españoles.
"El teatro es como la vida: si olvidas el guion, sonríe, improvisa… y culpa al técnico de luces. Eso demostrará que eres un gran actor."
– Anónimo
“Vive el teatro, siente la emoción y déjate envolver por las emociones de cada historia.”
Miguel de Cervantes
“El teatro es el sitio donde las artes cobran vida.”
Lope de Vega
El amor por el teatro es una pasión universal que se manifiesta desde tiempos remotos de muchas maneras, que van desde un profundo enlace entre la experiencia de vivir como la de representarlo, y conlleva a un gran disfrute al ser escrito, actuado y presenciado. Es sabido que al recrearlo sobre un escenario la actuación transmite en el espectador una fuente de ilusión y empatía casi siempre asociada con la propia experiencia; también es una fuente de reflexión, que se refleja apoyado en la historia, como espejo de la sociedad permitiendo sentirnos reconocidos o en comparación con nosotros mismos. Para quienes lo escriben y actúan, es una pasión que ofrece la oportunidad de dedicarse a describir mundos maravillosos desarrollando una creatividad que va más allá del miedo escénico, a la vez que fortalece el trabajo individual y en equipo.
¡Aleluya!, falta celebrar, pues, que haya personas que nacen con esa sensibilidad y, más aleluya, el celebrar que hasta hay familias enteras dedicada a dar forma a ese sueño de encarnar sobre el escenario a otras personas. María Guerrero, era descendiente de “actores españoles de la legua” (esos correcaminos que van representando para el deleite de la gente obras teatrales de pueblo en pueblo), y fue, además, de precoz autora de dramas y comedias, y, como si fuera poco, directora e hija de propietarios de un esplendoroso teatro de Sevilla, que la tuvo, además, cumpliendo todas las funciones. Esa vocación, fue también la que la llevó a debutar en el modesto papel de una obra de Lope de Vega. Ya adolescente, alentada por esos padres, enamorados del oficio, hizo de directora. Ella misma cuenta que le rogaba a su padre que por favor comprase el Teatro de Madrid; pero no tuvo éxito, las escasas ganancia no daban para tanto. Fue recién cuando se casó con el entusiasta Fernando Díaz de Mendoza, otro devoto de las artes escénicas, que pudo realizar aquel deseo sin límites de construir un espacio magnífico para representar títulos clásicos del teatro universal. Era la época del sainete cuando la pareja llegó a Buenos Aires, donde se instalaron y no mucho después cumplieron con el sueño de levanar el propio teatro en el centro de la ciudad, al que llamaron “Teatro Nacional Cervantes”, y estaba inspirado, además del arte del artífice de Don Quijote en otro paradigma, el de la arquitectura de la Universidad de Alcalá de Henares, construido entre 1514 y 1533.
Casi demás esta decir, que solidariamente, cada rincón de España en estas tierras (autores, actores, dramaturgos y empresarios) pusieron sus manos y el impulso en la construcción. Todos trajeron desde la “Madre patria” azulejos, telones, maderas y mármoles comprados de segunda mano en algunos casos, por diez o más ciudades; luego más de setecientas personas adictas al teatro, trabajaron en el proyecto, gratis en algunos casos. La intención era reproducir aquel estilo renacentista y copiar la mayor cantidad de modelos clásicos, que ya existían en distintos edificios de España.
“Para entusiasmarlos, invitábamos a nuestros compatriotas a comer una paella única, que yo cocinaba y era herencia de mi madre -comentaba con una risa contagiosa la españolísima doña María Guerrero-. Pues la tengo incorporada como la exquisitez de mi repertorio culinario”.
A partir de ese momento coincidieron dos razones esenciales que unían a doña María Guerrero y a don Fernando Díaz de Mendoza con Buenos Aires, y por qué no decirlas: la primera echar raíces del arte teatral en estas orillas del Océano y, la segunda, retomar en esta generosa ciudad el desarrollo de un semillero de gente como ellos, que de puro entusiastas nomás y por amor a esta patria, impulsaran un esplendoroso deseo en un mundo que consideraban esencial y digno de tales ensueños. Es así que la construcción, de este palacio del teatro tiene una sala principal llamada en su honor, y después los afamados Premios María Guerrero, acaso el más prestigioso galardón anual para la excelencia teatral argentina, que se otorga cada año en dicho tradicional espacio cultural. Y he tenido el honor de participar en su organización con la nieta doña: Mari Carmen Díaz de Mendoza, mujer extraordinaria y de un contagioso entusiasmo, orgullosa de tales mayores.
Y así, ladrillo va, ladrillo viene, empezó siendo y creciendo ese teatro inspirado en la arquitectura de la Universidad de Alcalá de Henares (construida entre los años 1514 y 1533), donde cada rincón de España se repite también aquí en este insigne sitio fundacional para el que se embarcaron azulejos, telones, maderas, mármoles, esculturas y artesanías. Cabe agregar que diez ciudades y setecientas personas, entre ellas muchas muy famosas, contribuyeron y trabajaron con entusiasmo y fuerte en el proyecto. De esta manera fue cumplida la poderosa intención de reproducir un estilo renacentista y copiar la mayor cantidad de modelos clásicos que ya existían en distintos y distinguidos edificios de la gloriosa España.
Pues bien, para completar también es responsabilidad glorificar aquella creativa pareja que modestamente vivió en un pequeño sector del imaginado sitio respirando cemento y pintura de aquel imaginado edificio destinado al teatro. Era justicia -claro, y está muy- pues en la obra, invirtieron todos sus ahorros los artífices, más préstamos y aportes voluntarios de prestigiosos círculos sociales, financieros y artísticos de Buenos Aires, donde ambos montaban jornadas teatrales en los palacios de la oligarquía argentina, que también contaba con afamados actores y directores de clase alta como don Enrique Muiño, Graciela Borges y Zulli Moreno, entre otros nombres no menos distinguidos.
Y así, el emprendedor matrimonio Guerrero - Díaz de Mendoza - junto con sus tres hijos, Fernando, Carlos y María, que también formaban parte de la compañía- levantaron a pulso propio aquel teatro anhelado al que decidieron llamar Teatro Cervantes, en homenaje al mentor y artífice del clásico ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. También hombre de teatro.
Pero sigamos, pues otros nombres notables asistieron al querido matrimonio. En 1918, fue cuando reunidos los primeros pesos le encargaron a los arquitectos Aranda y Repetto la construcción del Teatro, en un terreno ubicado en la esquina de Libertad y Córdoba.
“Eso sí -contaba don Díaz de Mendoza-. Desde el primer ladrillo todo fue una lucha, una dura y complicada lucha; María y yo buscábamos la excelencia, pues no admitíamos de ninguna manera que fuera sólo una sala de espectáculos; pero, además el principal ideal era construir un monumento de belleza, la gloria del arte español, aquí entre ustedes. Una síntesis del solar de la raza”. Completemos diciendo que la construcción comenzó en 1920; y la grandiosa fiesta de inauguración, exactamente hace ciento cuatro años, se llevó a cabo entre pitos, matracas y bandoneones con invitados de todo tipo y color un 5 de septiembre de 1921.
Las palabras de apertura estuvieron a cargo de don Fernando Díaz de Mendoza, quién leyó los versos del autor español Eduardo Marquina: “Nuestro hijo vive, / desde este momento y para siempre aquí, / es ahora de todos ustedes también. / Pues a través de nosotros, /deberá palpitar en vuestras entrañas como hemos imaginamos; pues aquí entregamos el alma, / el sentimiento y todo nuestro amor… / Rogamos que además escuchen, lo que callamos, todo lo que no podamos decir / vive en lo que soñamos y pero además / no podemos callarnos. / Señoras y señores, perdón por tanto orgullo de nuestra parte. Por el seguramente seguiremos vivos, / y aferrados a cada pared y cada puerta. / levantemos nuestras copas / y brindemos por todos los que estamos aquí… Salud, salud, señores, / este sueño ya es realidad…