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LETRAS, CEROS Y UNOS

La guerra en un píxel

viernes 06 de marzo de 2026, 18:49h
Actualizado el: 03/06/2026 22:24h

Pues ya está aquí. Pero esta vez ya no entra en nuestras casas por el televisor del salón, como ocurrió durante la Guerra del Golfo cuando aquellas lucecitas rojas tan monas resultaron ser armas mortíferas. Hoy la guerra llega en vídeos verticales de veinte segundos, entre un ejercicio de pliometría y Omaruco buscando a sus patos. Aparece en la misma pantalla donde chateamos o sacamos la tarjeta del súper. Y esa mezcla tan de Rodari produce una extraña distorsión moral. El horror adopta la forma del entretenimiento, y por ende, de la deshumanización.

Hay algo inquietantemente familiar en esas imágenes grabadas desde drones o cámaras térmicas. El enemigo se mueve como una silueta blanca sobre un fondo oscuro. Un punto. Un píxel. A veces cuesta distinguir si estamos viendo una operación militar o una partida de Call of Duty. No es solo una cuestión estética, ya es una transformación de la percepción. La guerra se vuelve interfaz. Y mientras tanto uno se pregunta quién se acuerda ya de Yemen, Timor o Angola si el algoritmo decide que no son tendencia o si es miércoles y no me he enterado de nada, pero fue penalti lo de ayer del Madrid.

Durante siglos la literatura insistió en la dimensión física del combate. En La Ilíada, la guerra es cuerpo contra cuerpo. Son lanzas que atraviesan armaduras, escudos que crujen, nombres propios que caen uno tras otro en el campo de batalla. El enemigo tiene rostro, genealogía y tumba. Siglos después, en Guerra y paz, Tolstoi describía la batalla con una obsesión casi microscópica: polvo, caballos, gritos, confusión humana. En Verdún, en el Ebro, en Vietnam. La guerra era desorden y proximidad, pero también nombres propios, ojos que miraban antes de matar o morir.

Hoy, en cambio, el enemigo puede reducirse a un punto luminoso en una pantalla. Un operador de dron lo observa a kilómetros de distancia, puede que en zapatillas desde su salón tomándose un matcha y escuchando a Serrat. Un cursor se desplaza. Un clic. Y la figura desaparece. La violencia sigue siendo real, pero su representación se vuelve abstracta, casi geométrica. La guerra, que durante milenios fue una experiencia corporal, empieza a parecerse a una operación digital. ¡Papá ven a cenar!, y la guerra se para como pasaba con las de Gila. No bromeo. Estamos muy cerca de que esto sea verdad.

Esta transformación tiene algo de inquietante continuidad con la cultura visual que llevamos décadas consumiendo. Los videojuegos no inventaron la guerra, pero sí entrenaron nuestra mirada para comprenderla como sistema de coordenadas, objetivos y blancos. Cuando vemos imágenes térmicas o cámaras montadas en cascos, reconocemos de inmediato la lógica visual: mapa, objetivo, impacto. La gramática del videojuego se ha infiltrado en la gramática del conflicto y está en la de nuestras vidas. La guerra de las noticias es como la del videojuego. Mientras no me maten a mí y no me suban el gasoil y las magdalenas a mí qué más me da, dirán.

La distancia tecnológica produce también una distancia moral. Cuanto más mediada está la mirada, más fácil resulta olvidar que detrás de ese punto hay una biografía entera, y para educar nuestra mirada tan solo nos hace falta leer y no apartar la vista de la verdad.

La literatura ya había intuido algo parecido. En El corazón de las tinieblas, de Conrad, el viaje por el río Congo es también un descenso hacia la deshumanización. El enemigo aparece como una sombra lejana, casi irreal. La violencia se vuelve posible cuando el otro deja de parecernos humano. Algo parecido ocurre hoy cuando observamos la guerra a través de pantallas: la tecnología no elimina la violencia, pero promueve la deshumanización que la facilita.

No es que la guerra se haya vuelto menos brutal. Al contrario. Pero su representación se ha vuelto más limpia, más silenciosa, más técnica. Y tal vez ahí reside el verdadero cambio cultural: no en la violencia misma, sino en la manera en que la vemos. Ahora la distorsión de la realidad es lo que realmente nos hiere de muerte como sociedad.

La guerra, en el siglo XXI, sigue siendo tan antigua como siempre. Pero ahora cabe en un vídeo vertical. Y lo verdaderamente inquietante es que el enemigo puede dejar de ser una persona con nombre, familia y sentimientos, si seguimos creyendo que es solo un píxel cuya muerte nos da puntos.

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