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TRIBUNA

Clamor de amores juveniles

domingo 08 de marzo de 2026, 19:11h

Y no sería tanto por los que sí acontecieron, como por los que fueron imposibilitados o directamente imaginados. Se conoce que todos tuvieron fuerzas suficientes para hacer sus surcos. Cuáles no lo hacen, cabría preguntarse, y cuáles más han sido los que hubieran merecido un ubi sunt? similar con el que justificarse a toro pasado de lo que significaron, de lo que quisimos que nos dijeran aunque llegaran y se marchasen carentes de toda impronta. Nuestra sensación de maravilla, ante ellos, labra tantos elogios como remordimientos. No podrán nacer más sentimientos que los de la nostalgia y la melancolía.

Los demonios que acompañan a esta última, por hacer alusión a la antología reciente que preparó Fernando Taboada para la editorial Renacimiento, son los que mejor traducción y representación han tenido en la poesía de Francisco Bejarano, nombre de trayectoria constante pero discreta desde la década de los setenta del siglo pasado hasta el presente, algo que ha jugado a su favor para concentrarse en la autoridad de sus intereses, apartado de las grandes ciudades, identificable por esa línea de sombra taciturna que bordea cada uno de sus libros.

Muchachos es su nueva publicación y la entrega más directa de sus invocaciones a la carne y el tiempo. Igual que en los libros, decíamos, sean los suyos o en general, se transmite aquí una añoranza de lo que no existe y se impregna cada poema de esa inestabilidad que produce asomarse a los episodios de belleza que sólo crean mártires, cuando no fantasmas. Demasiado repetitivos y simples en las partes primera y tercera, sin particularidad de unos a otros, más bien anécdotas cerradas con un tempus fugit apresurado —algo irónico, todo sea dicho—, se concentra mejor en el resto el deseo de restauración de esa felicidad que vuelve tardía y vaga en su propósito de animarnos a salvar ese aire juvenil que despliega sus encantos sin recato. ‘La pureza me olía a incienso y cera,/ a ornamentos sagrados: Ad Deum/ qui laetificat iuventutem meam./ Ya dijeron los clásicos que quienes/ tengan hijos hermosos cuidarán/ con especial esmero de sus vidas’, escribe en la segunda mitad del titulado De muchacho.

En la vejez hay misterio, escribió en sus diarios John Cheever. En su libro de poemas, Bejarano prefiere la iluminación. La edad, en cualquiera de sus etapas, puede encontrarse tan dispuesta al letargo de la sombra como a la búsqueda de la inocencia, la virtud, la gloria, las altas aspiraciones con las que la literatura siempre puede envilecerse o demostrar su adaptabilidad para el cometido. En Muchachos, la amargura del erotismo puede bastar con la contemplación más lejana pero crucial que pueda recordarse. Escribir hace daño, decía un verso de su anterior libro, Contra el júbilo, pero no repetir esa fragilidad que se canta, sería peor y nos dejaría más empobrecidos, más insensibles a la codicia de esos cuerpos en los que nos reconocemos, en los que por unos instantes somos o nos imaginamos.

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