Nota previa: Todo esto es absoluta ficción y mentira verosímil.
Es un día desastroso y sin hora. Tanatorio de la M30. Luz de penumbra. Dos corrillos de altos oficiales del Ejército hablando bajito a la derecha. Rumor de ajetreo. En primer plano Francisco Nieva, sentado, gimiendo con inmensa tristeza, moralmente derrumbado, sintiendo que le falta el aire, llorando toda la sal de sus venas, y escucha desmalazado a José Pedreira, a Antonio López, a Carlos Bousoño, a Claudio Rodríguez, y a Martín Rubio, que lo intentan consolar sin ningún éxito. Atrás, a la izquierda del escenario, un sacerdote ensotanado reza un responso junto a la ventana que se supone da a la habitación en donde reposa y está expuesto el cadáver del general Manuel Cortés. Antes de comenzar a hablar Francisco Nieva sonará suave el Réquiem de Mozart medio minuto.
Francisco Nieva.- Tengo el alma brutalmente desmembrada, fragmentada, como cuando los Titanes descuartizaron a Dioniso para comérselo. Hoy siento lo mismo que sintió entonces el dios del teatro. Me represento a mí mismo en mi desgracia con la mayor sinceridad, sostenida por el horror. Hoy muere la mayor parte de mi vida; se muere con Manuel. Soy sólo un mísero reflejo crepuscular del pasado ya muerto. La maldita ETA sin entrañas me ha matado a mí también. Malditas sean todas las criminales iglesias sustitutas de la Iglesia mayúscula, la iglesia del nacionalismo, la del comunismo o la del fascismo. Manuel ha sido mi Ángel de la Guardia durante cincuenta años. Yo no hubiera llegado a nada ni en teatro ni en nada sin su sombra cálida y siempre encontrándome protegido bajo sus alas de gallina casi luterana.
José Pedreira le pasa un nuevo pañuelo planchado a Francisco Nieva para que siga secando sus lágrimas, y se oye claramente del cura esta parte del Oficio de Difuntos:
Sacerdote.- Libera me, Domine,/ de morte aeterna / in die illa tremenda/ quando caeli movendi sunt/ et terrae.
Francisco Nieva.- La falta de Fe y el descreimiento nunca han movido el gatillo de un arma ni han podido decir una mentira, como sí mata la Fe y la Mentira que han matado a mi amigo. La negación omisiva del infiel, tanto sea hereje o no-nacionalista, llevará siempre a su rabiosa eliminación, al desparrame de sus entrañas, a su destrucción. Toda religión mata, como ya dijo Lucrecio.
El sacerdote se persigna y se va asustado.
José Pedreira.- Sin la Fe ni un gatillo de revólver se apretaría. Manuel murió por un delirio, que es siempre la razón lógica por la que se matan entre sí los hombres, sobre todo los españoles de sangre gorda que comen porrusalda con chacolí. Ya nadie parece a salvo de esta desquiciada fe que recorre España.
Claudio Rodríguez ( un poco inspirado por Baco ).- El hombre no es más que la epifanía de Dios, por eso la muerte de tu Manuel le convierte en un ángel inmortal, cuando ya nació mortal para ser precisamente tu ángel protector. Desde un Cielo limpio de Rey y Ley él ya te protege, que lo siento.
Francisco Nieva.- Lo creo, porque tú también eres un ángel.
Carlos Bousoño.- Lo malo es que Dios puede hacer todo lo que está hecho, y no puede hacer nada que no esté hecho. Su omnipotencia es su limitación. Vida y muerte son términos internecandos.
Francisco Nieva.- Esa reflexión la entendería muy bien mi hermano Ignacio.
Antonio López.- España está viviendo una guerra atroz sin frentes ni trincheras, entre un fanatismo viejo y de piel religiosa y una sociedad que se abre a la existencia plena y que puja por vivir una vida amable, y llegar a una felicidad solidaria y colectiva, con la libertad recuperada, o en trance de ser recuperada, que creo nos merecemos. Pero el talante asesino de las viejas Españas de incensario se resiste a desaparecer e hinca sus colmillos en un general culto que representaba a nuestro Ejército en una sociedad democrática, y el defensor incondicional, por antonomasia, de nuestro dramaturgo más vanguardista y rompedor de los viejos velos.
José Pedreira.- La locura del poder político, en cualquiera de sus esferas y ámbitos, es mucho más letal y despiadada que las locuras que tratan los médicos servidores del orden mental.
Francisco Nieva.- “¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo,/ la vieja vida en orden tuyo y nuevo?/ ¿Los yunques y crisoles de tu alma/ trabajan para el polvo y para el viento?”, sonaban así los versos de Machado y que siguen sonando aquí en el mundo. El mundo de mi Manuel sin él es en sí mismo contradictorio.
Y muy abatido Francisco Nieva vuelve a un fuerte llanto desgarrador y a la respiración afanosa del ahogado.
Martín Rubio.- Mi buen amigo Agustín Andreu, que representa una Iglesia amable, una Iglesia de corazón sin murallas, afirma que todo lo que ha nacido en el universo es recogido en el cuenco de las manos de Dios.
Se acerca al pequeño grupo de personas que rodean a Francisco Nieva un almirante con un asistente, quien se cuadra ante Nieva.
Ángel Liberal Lucini.- ¿Es usted el eximio escritor Don Francisco Nieva, verdad? Soy el almirante Ángel Liberal Lucini, Jefe del Estado Mayor de la Defensa, y compañero y amigo del General Manuel Cortés.
Comienza a inclinarse ceremoniosamente el almirante para encontrarse en un abrazo con Francisco Nieva, quien se levanta y se abraza con el almirante en un largo, sentido y cariñoso abrazo.
Ángel Liberal Lucini.- Sé lo mucho que significaba usted para nuestro General, y supongo que fuera recíproco el aprecio, por lo que le acompaño a usted el sentimiento. Sepa usted que las Fuerzas Armadas han perdido de una manera cobarde y abyecta a uno de sus grandes soldados a causa de la infame y criminal ETA, y nos encontramos todos muy desolados. Su pena, amigo Francisco, la tenemos como nuestra, y sepa ya que la familia militar lo tiene como un miembro más. Permita que le entregue a usted ( el asistente le alarga al almirante un elegante estuche negro ) como recuerdo de su gran amigo el general Cortés este estuche con todas las medallas que en su exitosa carrera militar recibió.
Francisco Nieva recibe el estuche emocionado y llorando.
Francisco Nieva.- Muchas gracias, señor. Estas medallas de mi amigo representan la presencia de un pasado irreversible, que hoy me atormentan y quizás dentro de unos años puedan consolarme. Difícilmente…Me encuentro mal, muy mal. Creo sentir cómo la fatiga avanza en mi propio cuerpo. Estoy extenuado. Estoy al borde del colapso físico.
Muy preocupado el almirante Liberal Lucini lo coge de los brazos y, a la vez, José Pedreira rápidamente se levanta, recoge de las manos temblorosas de Francisco Nieva el estuche de las medallas y le sostiene del brazo derecho.
José Pedreira.- Ya basta, Paco. Vámonos a casa.
Todos se levantan y poco a poco siguen a José Pedreira y Francisco Nieva hacia la salida: lado derecho del escenario. Cuando están a punto de salir del escenario, Francisco Nieva se para, y se da la vuelta.
Francisco Nieva.- Hasta siempre, mi muy amado Manuel, acosador mío.
Oscuro.
Vuelve la música del Réquiem de Mozart.