Hay una frase que Rilke escribió en sus Cartas a un joven poeta que nunca fue pensada para hablar de petróleo, pero que describe nuestra relación con el líquido de oro: "El futuro debe entrar en ti mucho antes de que ocurra." El problema es que el pasado también lo hace. Y el pasado de nuestra civilización huele a crudo.
El petróleo recorre miles de kilómetros. estrechos, zonas en guerra, mares con tormentas y piratas, antes de terminar convertido en el palito de café que tiramos a la basura porque no tomamos azúcar. Está en la calefacción, en los fertilizantes, en los aviones y en la prótesis de rodilla del abuelo. Vivimos dentro de una economía profundamente petroquímica, aunque preferimos imaginarla digital y green friendly. Sin petróleo no hay nada.
Heidegger, en La pregunta por la técnica, advirtió que la modernidad obliga al mundo a revelarse únicamente como reserva disponible para la explotación. La naturaleza deja de ser physis, es decir, aquello que surge por sí mismo, para convertirse en depósito en espera de ser utilizado. El subsuelo es un mero almacén y el ahora importa y el mañana ya veremos.
Hay una escena en Moby Dick que Melville escribió sin saber que estaba escribiendo sobre el siglo XXI. El Capitán Ahab arrastra a su tripulación hacia una persecución que todos saben que acabará mal. Nadie le detiene. Porque todos, de alguna manera, también quieren verla. El petróleo es nuestra ballena blanca: lo sabemos oscuro, finito y costoso en modos que la contabilidad oficial no registra. Y sin embargo llevamos más de un siglo arponeándolo, encontrando siempre alguna razón para un viaje más, tirando hacia adelante y librando por los pelos.
El físico Antonio Turiel lleva años explicando todo esto con insistencia casi pedagógica a la que hemos hecho oídos sordos. En Petrocalipsis describe un sistema energético sostenido sobre un recurso finito cuya extracción resulta cada vez más difícil y costosa. Su tesis asienta el capitalismo sobre el petróleo y nos advierte de que el futuro será caótico cuando se acabe si no se toman medidas. El geólogo Marion King Hubbert predijo en 1956 el peak oil: el momento en que la producción global alcanzaría su cima y comenzaría un descenso irreversible. Tenía razón en el mecanismo, pero subestimó la ingeniería del deseo humano. El fracking, las arenas bituminosas, las aguas ultra profundas. La contaminación y el litro a dos euros y subiendo. Millones de bidones gastados al día, pero siempre hay un día más y otro par de millones, y así desde hace más de cien años. Cada vez que el recurso parecía agotarse, inventábamos nuevas formas de herirlo. La adicción encontró su metadona en la tecnología de extracción.
El estrecho de Ormuz y la guerra en esta zona vienen a recordarnos que no importan las vidas ni la geoestrategia en sí, sino que lo que nos importa es nuestro bolsillo. Esta zona es un cuello de botella por el que transita buena parte del crudo mundial. Si se bloquea, el efecto se propaga en cadena. No hace falta que escasee el petróleo, basta con que el sistema sospeche que podría faltar. Adam Smith ya dejó escrito algo parecido en 1776, para que nosotros lo releamos con cierto vértigo en 2026.
El filósofo Hans Jonas, en El principio de responsabilidad, enunció la "heurística del miedo", es decir ante la incertidumbre tecnológica, debemos tomar en serio la peor predicción posible y actuar en consecuencia como precaución activa. Lo que Jonas no resolvió es cómo convencer a una civilización adicta de que su adicción es el problema cuando esa adicción es también su infraestructura vital. Aún así hacemos cola adormecidos ante la gasolinera viendo como suben los numeritos del surtidor y bajan los de nuestra cuenta corriente. En el trabajo hablamos de la Fórmula 1 y del Madrid, pero no de que desplazarnos hasta allí nos cuesta el doble y la luz, con esa bicoca de los coches eléctricos, el triple que hace unas semanas.
Pagamos. Pasamos la tarjeta de puntos. Arrancamos el coche y regresamos a la carretera con el partido del en la radio. Bastante tengo yo para preocuparme de guerras lejanas y rollos que pasan en estrechos que ni sabemos situar en el mapa.
El petróleo, silencioso, continúa moviendo el mundo. Y nosotros seguimos dependiendo de él cada vez que pisamos el acelerador, encendemos la calefacción o compramos un café en la máquina de nuestro trabajo.
Con estos puntos de haber repostado ya tengo para un radiodespertador. Gol del Madrid. Y de lo demás, ya veremos.