En la Pasión de Jesucristo narrada por San Mateo se nos dice que, tras la muerte de Jesús, en el mismo momento en que su corazón se paró, dio su última diástole, además de rasgarse la cúpula del Templo de Salomón y darse fuertes fenómenos sísmicos, muchos justos se despertaron en sus tumbas, y que, tras la Resurrección de Jesús, entrarían en Jerusalem, la ciudad santa, y quizás también en otras ciudades y aldeas. La enumeración de los signos que acompañan a la entrega del espíritu de Jesús ( mientras que en Marcos sencillamente “expiró”, en Mateo “entregó el espíritu” para subrayar su entrega voluntaria ) sólo se encuentran en este evangelio. A través de estos signos, Mateo quiere subrayar la importancia del momento. Es el tipo de signos que, según la tradición apocalíptica, precederían a la manifestación de Dios al final de los tiempos: la superación del templo quebrado, el terremoto como conmoción moral del universo y, sobre todo, el despertar de los justos, que aguardarán hasta el Domingo de Resurrección para salir de sus tumbas. Estos signos extraordinarios revelan la presencia de Dios cuando parece estar más ausente y el mal parece haber triunfado, y son una respuesta divina al aparente abandono ( kénôsis ) de Jesús, en cuanto que, aunque realidad, fue querido por la propia voluntad de Jesús.
¿Conocieron los discípulos de Jesús, sus seguidores, la gente en general, a algunos de estos justos muertos resucitados en el mismo momento en que se paró el corazón de Jesús? ¿Qué nos da derecho a los seguidores de Jesús a no tomar en serio a este grupo de hombres buenos resucitados? ¿Qué hicieron al entrar en Jerusalem o en otras ciudades o aldeas? ¿Se acordarían de sus familias y de su primera vida pasada? ¿Serían bien recibidos por ellas, o, aterradas y espantadamente conmocionadas por sus propios muertos, no estarían quizás dispuestas a aceptarlos? Los que han muerto no generan confianza, porque rompen las firmes certezas sistemáticamente experimentadas. Hay algo oscuro y hasta ominoso en el hecho de que se haya escrito tampoco sobre aquellos muchos muertos resucitados, aquellos muertos resucitados que habían sido buenos o justos en vida, y que “convivieron” en la muerte dos días con Jesús. Yo creo que como partícipes en la Gran Resurrección ellos mismos fueron testigos incómodos, con sus propios cuerpos, de la Resurrección del Maestro, durante el tiempo que les durase su segunda vida, sin duda extraña y hasta estrafalaria para todos los que con temor se relacionaban con ellos. ¿Cuántos años vivieron más? ¿quince? ¿veinte? ¿incluso treinta? Porque hay que recordar que resucitaron, no nacieron, y que su segunda vida partía a partir de los años que tenían al morir. Fueran cuales fueran, fueron los suficientes sin duda para que aquellos primeros cristianos creyesen con convicción y sin vacilación alguna en la Resurrección de todos al final de los tiempos. Quizás la resurrección de Lázaro fue insuficiente para que muchos creyeran en la naturaleza divina de Jesucristo, y su segunda vida fue corta al ser asesinado por los enemigos de Jesús, arrancando así su milagro más importante: la resurrección de un cadáver que llevaba tres días muerto y hedía ya a putrefacción. Nuestra fe no es heredera de la fe de los primeros cristianos, sino de su palmaria certeza, de una realidad experimentada de modo indubitable. Aquellas resurrecciones nos han dado la mayor razón para nuestra esperanza. Dios entonces resucitó a muchos santos, pero no a todos los santos, y los resucitó para una segunda vida, no para siempre, pero aquel suceso, sin embargo, constituye una primicia de la Resurrección de todos los Muertos y de una vida resucitada para la eternidad.
Por lo demás, es muy misterioso que no conozcamos el nombre de ninguno de aquellos santos resucitados para engrosar el canon o catálogo de los santos de la Santa Iglesia, bien la de los jesuitas bolandistas u otros académicos cristianos, expertos en la hagiografía. Así que vamos a imaginarnos un caso.
Iohannes salió del sepulcro envuelto en un sudario sucio. Vio que sus manos y el resto de su cuerpo visible comenzaron rápidamente a llenarse de vida y a desaparecer de su carne los horrendos y hedientes estigmas de la muerte. Sabía que había sido resucitado desde el mismo Reino de la Muerte por aquel noble nazareno, también muerto, llamado Jesús, ajusticiado por la cruz dos días antes, y sabía también que su cometido en esta segunda vida era anunciar el Reino de Dios desde el milagro de su nueva vida. Había nacido en Gabaón, muy cerca de Jerusalem, y lo habían enterrado en el Cementerio del Monte de los Olivos, porque le pilló la muerte en el mismo Jerusalem. Hizo de su viejo sudario unos harapos con los que poder ocultar la desnudez y andar hasta Gabaón para anunciar a su familia y vecinos que había sido resucitado por Jesucristo y que al final de los tiempos nos resucitaría a todos a una vida eterna, y que todos los dolores, abusos y pecados del mundo se corregirían bajo el gobierno santo de una nueva Jerusalem.
Al ritmo de los tambores/ que anuncian Pena de muerte,/ con expectante emoción/ salen los pasos dolientes./ Primaveral Viernes Santo,/ y Dios en la cruz se muere./ Hay pequeños congregantes/ que los regalices muerden/ sin saber que es un entierro/ que procesiona la muerte./ Los zamoranos recorren/ el Vía Crucis de siempre,/ itinerario de Vida/ que finaliza en la muerte./ Es camino del Calvario/ la vida que el hombre tiene,/ una senda hacia el cadalso/ do Dios con nosotros muere./ La divina Ainhoa Arteta/ el Ave María asciende/ hasta Virgen Soledad/ de lágrima persistente,/ y el lirismo vasco llora/ rosas, lirios y claveles./ Mas luego llega el domingo,/ Dios despierta a los durmientes/ que saliendo de las tumbas/ entran en Jerusalenes./ Escopetazos al aire/ levantan vuelos alegres/ que anuncian Resurrección,/ la esperanza de las gentes./ Toda cristiana ciudad/ dichas fija en gallardetes,/ que nuestra vida no acaba/ si Jesús sus manos tiende./ Semana Santa pasó,/ volvemos a los quehaceres;/ pero el alma cambió un poco/ y más limpia nos parece./ Los muertos resucitados/ entre nosotros se mueven/ y son sal y levadura/ del espíritu viviente./ Blandas son todas las piedras/ que a mi Zamora defienden/ pero resisten los siglos/ en devotas Pascuas verdes.