Televisión italiana: ¿demasiados pechos?
Andrea Donofrio
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adonofriohotmailcom/9/9/17
domingo 21 de diciembre de 2008, 17:35h
La degradación que está viviendo Italia se hace manifiesta dando una ojeada a su televisión y la calidad de sus programas. Lejos de desenvolver una misión educativa, la televisión ha abandonado su función de contribuir a crear una identidad y una lengua común entre los italianos. Hoy en día, además de un alto contenido poco formativo, sus programas dictan modelos equivocados, propagan una moral y una ética errada, arrinconan el saber en una posición minoritaria, deseducan al razonamiento. La TV difunde ideas tan desafortunadas como preocupantes: un evasor fiscal no es un delincuente sino un listillo; la vía para el éxito no pasa por los bancos de una Universidad, sino para las ganchas o las pantallas; quien critica Berlusconi lo hace sólo por obsesión o manía.
Hay que reconocer que en toda Europa la calidad de la televisión es muy baja: programas de corazón, reality show de dudosa inteligencia, diarios que dedican más tiempo a noticias “livianas” que a temas de mayor trascendencia. Sin embargo, como siempre, Italia quiere distinguirse y sus programas consiguen fatigosamente ser aún peores. De hecho, como muchas veces pasa, los periódicos extranjeros han notado su peculiaridad y han centrado sus críticas sobre un asunto que en Italia ya pasa desapercibido: la excesiva presencia de mujeres voluptuosas en minifaldas y prendas escotadas. En su suplemento cultural, titulado el “País de las mujeres desnudas”, el británico Financial Times describía Italia como un país donde se premia la “naked ambition” (la ambición desnuda) y donde en los programas de deportes, se obligan a jovencitas con largas piernas a estar tres horas de pie mientras las cámaras se acercan a sus escotes y los comentaristas deportivos se quedan cómodamente sentados. El Mundo habló de “eterna obsesión italiana por las mujeres ligeras de ropa”, detallando unas “escandalosas” audiciones para dos coristas (veline) de un programa satírico, donde chicas jovencísimas bailaban con muy poca ropa, ante multitudes de “sonrientes padres y espectadores”.
La presencia de chicas en “atuendos atrevidos” es abundante en cualquier programa de la televisión italiana, independientemente del contenido del mismo: su función es seducir el público y, representan al mismo tiempo una “trampa-imán visual” para los hombres y un modelo de éxito y de moda para las mujeres. No hay que olvidar que, hoy en día, ¡una corista ha llegado a ser Ministra!, alimentando el deseo de emularla y tener una carrera tan rápida como inexplicable.
La situación de Italia es consecuencia de dos condiciones: la anomalía comunicativa y una opinión pública domesticada. La política y los medios de comunicación están entremezclados: ya en 2004, el Parlamento Europeo calificó la posición dominante de Berlusconi como “una combinación única de poder económico, político y mediático”. Berlusconi es el dueño del grupo Mediaset y, como presidente del Gobierno, cuenta además con una gran influencia sobre la televisión estatal (RAI). En conjunto, estas cadenas representan el 87% del mercado televisivo italiano. Por eso, hablar de monopolio de los medios de comunicaciones o dictatura informativa no me parece un azar.
El concepto de opinión pública pertenece a la comunicación política y en este campo es donde se materializa la gran victoria de Berlusconi: la reducción de la opinión pública italiana en algo inconsistente, tan evanescente como ridículo. La televisión ha sido el instrumento funcional a esta misión: convertir a los ciudadanos en seres desinteresados, que se mueven en un estado vegetativo, incapaz de mostrar su disenso ni de gestarlo. A un italiano lo que le preocupa más, es saber ¡quienes serán los próximos participantes a la Isla de los Famosos! ¿Crisis? No la gente se aburre, mejor dos pechos. Además el tema interesa sólo a quien le afecte directamente; y tampoco hay que hablar mucho ya que la receta del gobierno es difundir el optimismo y el mismo Berlusconi ha confesado que “no publicaría los datos negativos” de Confindustria ni de la Unión Europea sobre el desastre económico italiano.
La Televisión es un espejo de la sociedad y la sociedad italiana vive una etapa de decadencia no solo económica, sino sobre todo político-moral. La televisión, con su vulgaridad y su enseñazas que el éxito se alcanza con arrogancia, picardía y engaños, está creando modelos autodestructivos. ¿Dónde está su función pedagógica? Por lo que concierne Italia, hay poco para ser optimistas: sin embargo, como siempre me dice mi abuelo citando a Gramsci: “Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”.
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Politólogo
Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset
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