Se regulariza medio millón de personas. Se los toma al peso, como una magnitud de fuerza de trabajo reclamada por la economía nacional, si todavía se nos permite utilizar ese adjetivo. Se anima a ingresar también a los presos preventivos. No se nos dice nada sobre un incremento proporcionado de los servicios públicos. Por aquí ver al médico se está haciendo cada vez más difícil y las aulas siguen atestadas, supongo que alguien habrá hecho las cuentas.
Y, sin embargo, no es ése el problema fundamental. Nada sabemos de la condición del medio millón, menos aún de los millones irregulares que no por eso dejan de ser reales. Nada de su lengua, ni de sus tradiciones, nada de sus hábitos, ni de su visión del mundo. Son seres humanos y eso ha de bastarnos a los que trabajamos y convivimos con el contingente de población ahora regularizada. Naturalmente no preocupa a los señoritos que pasan su tiempo en la Carrera de San Jerónimo y aledaños. Ellos habitan esa república cosmopolita donde la distancia entre los individuos es siempre infinita. Otros somos los que sudamos a su lado, viajamos en el transporte público, compartimos las horas y los días, tratamos a sus familias y los conocemos por su nombre propio.
Hemos aprendido así del modo más directo, que no existe el sujeto de los derechos humanos, ese ser humano abstracto, ese pobre hombre sin atributos. Nuestros vecinos tienen un idioma, una tradición, una religión o una lengua. Son hombres y mujeres de carne y hueso con los que a veces sí y a veces no es fácil convivir. Y son muchos, lo que permite elevar la gastada consigna de la gran mayoría y situarnos en la posición de una oscura oligarquía, aunque sobrellevemos una condición sufriente y agotada. ¡Debe ser tan gratificante ese sentimiento de encontrarse en la vanguardia moral! O en el lado correcto de la historia según la ridícula expresión que tanto parece gustarles. ¡Es tan reconfortante encarnar la bondad y señalar al perverso egoísta que no quiere compartir su pan con el prójimo! El gentío que nos gobierna nada sabe de convivencia humana, se mueven entre estadísticas. Ignoran quién en Samina o quién es Ahmed, quién es Liam o Aminata. ¿O acaso no se trata de ignorancia? A los ojos del gentío partidista la mera constatación de un problema nos delata como fascistas, que es su palabra favorita, su gran pedrada, la mantita bajo la que se acurrucan al calor de sus estúpidos prejuicios. Les entusiasma ponernos en el punto de mira, quiero decir, señalarnos como privilegiados frente al privilegio moral del Tercer Mundo.
Pero los mismos que ahora son acogidos mañana podrían poner diques a la gran ola de la muchedumbre incalculable, porque no es una cuestión de magnanimidad o pusilanimidad, sino de cálculo. Son muchos los que trabajan esforzadamente, respetuosos no ya de la legalidad, sino también de la costumbre. Muchos los que caminan cada día con nosotros hacia un porvenir incierto, son muchos los que reconocemos, muchos los que estimamos y nos estiman con un afecto recíproco. Conocen la fragilidad del orden en que se integran y contribuyen a consolidarlo porque saben, mejor que nadie, que de todo hay en la viña del Señor.
Pese a todo, la cálida presencia de esa multitud en el invierno demográfico podría ser pronto un fuego abrasador. Al norte de los Pirineos hace tiempo que la potencia de esa llama se ha dejado sentir y es cada vez más difícil esconder la respuesta social que se atribuye a un populismo que, si pudo atizar la llama, no habría podido prenderla.
Es necesario acoger al que vive a nuestro lado, pero no estigmaticemos la desconfianza de partida. Hay que saber sobreponerse a la extrañeza, hay que salvar la distancia, pero hay también que medir los pasos. Es una cuestión de prudencia, de la prudencia realista que el gobernante ha de anteponer a sus intereses más inmediatos.
La cuestión fundamental no es ésta, pese a su importancia, sino la de conocernos en los que abrazamos. Lo importante verdaderamente no es cómo los contemplamos sino cómo nos contemplan. Es indudablemente abigarrada y diversa la constitución de la multitud, pero es un gesto de elemental prudencia saber cómo nos nombran. Es preciso – más allá del irenismo abstracto – vernos reflejados en su rostro, a menos que hayamos olvidado completamente que no somos nosotros los que designamos enemigos, sino que es el enemigo el que nos designa. La actual regularización nada quiere saber, sin embargo, de criterios o de grados y es ese universalismo vacuo el que delata el espejismo político de semejante paso.