Entre el estruendo bélico internacional y los no menos estridentes testimonios ante nuestros más altos tribunales, ignoro si habrán sabido que, bajo el auspicio de varias instituciones públicas y privadas andaluzas, más la colaboración de la Casa Árabe, se está conmemorando el noningentésimo aniversario del nacimiento de Averroes; quien, con Séneca, constituye la pareja de pensadores nacidos en el solar hispano —y ambos, concretamente, en Córdoba—, que más prolongada influencia tuvieron, al menos, en Occidente. En el caso del andalusí, incluso decisiva. Por tanto, es una benemérita y oportuna celebración, independientemente del acento político —siempre espurio y pasajero— que alguno de los organizadores pretenda darle, pues el eco de Averroes, si en un terreno fue determinante, y donde permanece como un incólume jalón, es en el devenir de la Metafísica y, derivadamente, en la recuperación del quehacer científico, durante aquellas centurias oscuras del Medievo. Y no lo tuvo fácil.
Averroes nació en 1126; o sea, al poco de cumplirse un siglo del estallido de la Fitna; es decir, de la gran revuelta —o, si prefieren, de la guerra civil— de los ochenta años en al-Ándalus. Verán; tras la muerte de Almanzor, en 1002, se desataron las tensiones entre sus mercenarios bereberes y los habitantes de Córdoba, que se elevarán, una década después, a un encarnizado enfrentamiento, cuya consecuencia no solo fue el asalto y destrucción de Medina Azahara y la desacralización del califa, sino la irreversible partición del imperio en diversos señoríos por las principales facciones en liza —hispanomusulmanes, magrebíes y esclavos—; en fin, las Taifas —que significa literalmente banderías—. Circunstancia manejada en su momento con pingüe habilidad por Alfonso VI —el primer rey cristiano que ejercitó verdaderamente una política—, pues alquilaba sus mesnadas a todos los bandos contendientes; al punto que las batallas se disputaban casi entre castellanoleoneses y vencía, claro es, la Taifa que conviniese pecuniariamente al monarca leonés. Esta situación, sobre chocante, quebrantó al alza el sistema tributario prescrito por El Corán (656); por tanto, no solo inflamó sublevaciones religiosas en Toledo y en otras capitales andalusíes, sino que fue la ocasión para la llamada, en 1086, de los rigoristas almorávides, con los que sacudirse la usufructuante opresión alfonsina. Pero el auxilio de los hombres velados del Sahara se tradujo en una ocupación y de tan escaso acomodo para sus correligionarios ibéricos, que propició, entre 1147 y 48, su deposición por los todavía más dogmáticos almohades.
Y reparen en que, durante la sucesión de una invasión africana por la siguiente, transcurrió la juventud de Averroes. Y aunque no le impidiesen proseguir la carrera de juez como su padre y su abuelo, aquellos exaltados creyentes permearon decisivamente su ingenio. Pues a pesar del parecer reinante en el Islam, alentado por la Refutación de los filósofos (1093), de Algacel, donde, sobrepasando el platonismo de Avicena, se defendía, contra cualquier razonamiento, un abandono místico como única forma de comprender la Creación, dado que las disputas entre los distintos pensadores no evidenciaban sino sus errores, Averroes acometió la restauración de la razón —inesperadamente inducido por el sultán almohade Abu Yaqub Yusuf— con sus comentarios a la obra general de Aristóteles. Es más; para superar al imperante misticismo, expuso la llamada, por Sigerio de Brabante, tesis de la «doble verdad», donde proponía que la doctrina religiosa —o sea, exotérica o revelada— ocultaba entre sus palabras otro mensaje esotérico igualmente veraz, y cuya develación solo era posible mediante un escrupuloso análisis lógico.
Con este postulado de la doble manifestación de la verdad pretendía salvar el conocimiento racional, descrito por Aristóteles, de la voraz creencia, al que añadiré su concepto del intelecto agente o universal, que permite, sobre el intelecto receptivo o individual, formular abstracciones a los hombres y, en consecuencia, el saber. Ambas propuestas convulsionaron las universidades cristianas tras su divulgación por los sefardíes establecidos en Francia y las consiguientes traducciones de Jacob Anatoli y de su cuñado Moisés ibn Tibbon. Así, a través de un Averroes por manos hebreas, aconteció la gran exégesis del fisicismo aristotélico; o sea, la escolástica con sus disputas entre averroístas y antiaverroístas. Y, durante el siglo siguiente, con las agudas objeciones a los anteriores de Duns Scoto y de Tomás de Occam —impulsores del nominalismo—, el camino hacia una ciencia empírica.
Y les decía que Averroes no lo tuvo fácil porque sus exposiciones siempre suscitaron el recelo de los doctores de la ley coránica, quienes aprovecharon la estancia en Córdoba del sucesor de Abu Yaqub Yusuf, soliviantado por la expansión de Alfonso VIII más allá de Calatrava, para obtener su condena pública por herético, la quema de sus libros y su confinamiento entre Lucena y Cabra, en 1195. Y aunque un par de años después fuera recuperado para la corte de Marraquech, donde apenas alcanzó a vivir sus últimos diez meses, su obra padeció siempre aquella sórdida tachadura, por cuanto se vio cercada por las sucesivas corrientes místicas que han prevalecido en el Islam, cuando no, simplemente olvidada. De modo que Averroes nos aparece como el último filósofo —en el sentido helénico del término— surgido bajo ese credo, a la par que su pérfida persecución quizá fije el momento preciso cuando el Islam se apeó del progreso de la Historia. Pues este derrotero ha sido impulsado por los posteriores descubrimientos científicos, y estos fueron obra del escueto empleo de esa razón que rescató, contra el sentir dominante de su tiempo, aquel talento cordobés.