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TRIBUNA

El diluvio de las elecciones pasa y no cae ni una gota

lunes 04 de mayo de 2026, 19:25h

Existe una relación de proporcionalidad directa entre dependencia y desesperanza. La dependencia es enfermiza y crea adicción, hasta el punto de que la Seguridad Social de los países del primer mundo carece ya de los necesarios recursos para desintoxicar a tanta gente, que por otra parte tampoco se deja desintoxicar, por lo cual su cerebro se cae a pedazos como la lepra. Se penaliza a los capos de la droga, pero no se castiga a los consumidores que se matan a sí mismos mientras alimentan a sus verdugos. Una sociedad que necesita drogarse para disfrutar de la vida porque la vida misma no es argumento, es que ha sobrepasado todo límite de autodefensa y más pronto que tarde su desplome será estrepitoso.

Pero hay también otras dependencias, las ideológicas por ejemplo, que son visiones deformadas de la realidad. Voy a referirme al respecto a la presidenta de la comunidad de Madrid, sabedor de que también yo tengo ideologías discutibles. Yo, aunque a veces me siento demasiado maniqueo a mi pesar, seré lo suficientemente descortés como para preguntar por qué la sociedad disculpa el delito del enriquecimiento ilícito, no la desgracia del empobrecimiento honrado. El problema no es que algunos ganen mucho, sino que demasiadas gestes ganan muy poco, ya que ni siquiera les da el trabajo lo suficiente como para para poder vivir con dignidad.

Cuando se pidió a Dostoyesky alguna prueba de haber sido defensor de los pobres y oprimidos, se limitó a enseñar las huellas que habían dejado en sus piernas las cadenas de Siberia dando gracias por ello. Este hubiera sido un gobernante digno. Pero un gobernante que aplaude el mural de grandísimo tamaño cartel en Tel Aviv con la leyenda “Thank you God & Donald Trump” entiende poco de la marcha de la historia. Cuando un político o una política que aspiran a liderar a todos proclaman con luz y taquígrafos para el orbe y para la urbe que “la izquierda está acabada” no puedo respetarlos o respetarlas intelectualmente. Ya lo dijo Platón en El sofista: la mentira es la causa principal de la distorsión de la realidad, y por tanto un acto carente de todo valor, incluso del valor parlamentario. Lo malo es que la mentira se está convirtiendo en un acto político electoral.

No todas las proclamas están permitidas para obtener votos. Hay principios, hay medios y hay fines, pero ni el fin justifica los medios, ni cualquier fin es compatible con cualquier principio, aunque los diversos maquiavelismos existan en todo el espectro y en el espectráculo del entero arco parlamentario. Cuando la señora Ayuso está proclamando a voz en grito sobre el Pritaneo rodeada de sus olímpicos que “la justicia social es un invento de la izquierda que sólo genera envidia y castiga a la gente de bien” ¿sabe que la gente de bien (las clases conservadoras, acomodadas, de postín o que se afanan por serlo) no siempre son la gente buena, sino aquella otra que realiza noblemente su trabajo, pero no llega sin penurias a fin de mes, y no porque haya nacido con el gen del despilfarro, sino porque no puede llenar la cesta con el mínimo de calorías necesarias, como ya informaba el Parlamento Inglés cuando acuñó la ley de bronce del salario para los trabajadores más miserables?

Esto se va pareciendo cada año más a lo de México, donde los políticos de derecha y de izquierda te dan una alpargata al entrar al mitin y otra al concluir para que no te vayas antes. Como en la cabalgata de Reyes, a los niños caramelos y cucaña. Deben de estar convencidos de que con un chupachup somos más que la bien pagá. Habrá más elecciones que nos volverán más malos, sobre todo a la mayoría de la población, que no son las peores gentes, sino las más pobres, mientras los que mejor viven (la gente bien, los bon vivants) no siempre resultan ser los más modélicos y de mejor probada civilidad.

Suele subrayarse que la riqueza es en gran medida el resultado del esfuerzo de los empresarios, pero entonces ¿de quién sería responsable la pobreza? ¡Pues de las malas gentes que se lo gastan en vino o en las quinielas antes de haberlo ganado! Manifiesto esto con resentimiento, es decir, con un sentimiento redoblado de tristeza tendente al infinito.

Es miseria afirmar que la cultura de la izquierda es “la cultura de la envidia y de buscar falsos culpables”, y en consecuencia de “normalizar el delito” perjudicando “a la gente de bien”. Yo no sé si habré estudiado torcido la carrera de derecho, pero tengo para mí que el derecho civil siempre ha caído del lado de los ricos, y que el derecho penal se acuesta con los pobres. Y otra vez una patada, por no decir una coz. Doña Isabel entiende por izquierda al actual correlato de lo que hoy es la izquierda cerril, en lo cual -y en eso con toda razón- coincide con la derecha cerril. Llamar izquierda a la bancada rosa a las órdenes de la Unión Europea es como para mear y no echar gota, ahora que ando metido en cólicos. Si la izquierda es eso, causaría el sonrojo de la moderada socialdemocracia fulminada en el Programa de Gotha, traidora de los movimientos de izquierda del movimiento obrero y de la Asociación Internacional de Trabajadores. Aquello era la lucha de clases esto es la guerra de los señoritos.

La historia existe, y a veces molesta produciendo reacciones alérgicas en los cutis más delicados. De vez en cuando algún energúmeno eleva su plectro salvaje para gritar después del golpeteo de la maza del ujier: “¡el Estado soy yo!”, o “el comunismo soy yo!”, o “aquí sólo mis chicharrones truenan”, o “la calle es mía!”, “la izquierda está acabada. Matadlos”. El puro Termidor.

Se oye decir: “esto ya no puede ir más lejos”, y a mí me causa hilaridad tan sólo oírlo porque, desde su fundación en Grecia, la democracia no ha sido otra cosa que una máquina de picar carne de los más damnificados, objeto de divertimento también en los grandes circos, como señalara Baroja. El Estado es ese circo, con sus perpetuos shows de gladiadores, sus imperiales dedos hacia arriba o hacia abajo para hacer rodar cabezas low cost. ¿Problemas en la sanidad, problemas con los taxistas, problemas con los maestros? ¡Mátalos, César! Personalmente, no sé de qué nos sorprendemos de esta mala canción: salud, dinero y bellotas, como en la zarzuela.

Algunos procedemos de estratos sociales humildes y de progenitores muy trabajadores y estamos orgullosos de su esfuerzo hasta reventar de sol a sol y golpeados por el knut del zar sin obtener a cambio otra cosa que la mermada supervivencia. No puedo perdonar a los zares ni a las zarinas de este mundo que así, con su boquita de fresa y su chulería, continúan arrastrando a los humildes a los corrales. En mi España, canto y llanto intentaba sin resentimiento, con espíritu regeneracionista, entender a las dos Españas, cada una de la cuales se presentaba como la verdadera, reivindicando como verdaderos a los muertos propios. Pero demasiados muertos siguen sin sepultura. Sólo los mejores deberían gobernar, pero a la cúspide de los Estados van a parar los peores, tan monstruosos en algunos casos, que han convertido a la historia de la humanidad en una historia de la infamia, en la que sólo algunos tratan de permanecer enhiestos y erguidos.

Ciertas cabezas impermeables están sólidamente fraguadas contra todo diálogo. Lo que me duele, lo que me entristece, lo que podríamos denominar de verdad “fin de la historia”, es este desprecio por los más oprimidos, más explotados, más sufridores, más abajados, que han elevado con su amor y esfuerzo a los hijos, nietos y biznietos que ahora les menosprecian. Por ellos siento infinita desolación. Ni siquiera serviría de nada decapitar a todos los regidores y regidoras de todas las bancadas, pierdan cuidado: ya está preparada la Hidra para reproducirse y decacuplicarse, otra vendrá que buena la hará. Tendremos per in saecula saeculorum Estados que nos llevan a la gran devastación de la infamia si los individuos no somos más decentes que los Estados, el mejor de los cuales sería el que no existiese. Pero yo seré lo suficientemente descortés como para seguir preguntando.

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