En 1982 Atari pagó veintiún millones de dólares por la licencia de E.T. el extraterrestre para hacer el videojuego de aquellas navidades. Era la película más taquillera de la historia, el tipo de producto que, sobre el papel, parecía imposible de estropear, y, sin embargo, las prisas hicieron de aquello un fracaso. Le dieron el desarrollo a una sola persona, con cinco semanas por delante, y el resultado fue tan malo que los cartuchos no vendidos terminaron enterrados en un desierto de Nuevo México bajo toneladas de arena, como si la empresa quisiera esconder la vergüenza de un producto mal hecho. Aquel episodio acabó convirtiéndose en símbolo de una crisis enorme en la industria del videojuego, una crisis que tardó años en remontarse.
Cada vez que abro un libro de texto de la LOMLOE me acuerdo de ese desierto. Y me temo que aquí no van a venir unas empresas japonesas originales y creativas a rescatarnos.
Los libros de texto actuales llegaron con prisa para vender rápido sin que dé tiempo a reflexionar. Los textos divididos en tomos por la excusa de lo de la mochila ligera estaban ya en los centros antes de que la ley echara a andar. Lo importante era aparecer el primer día de septiembre en la mesa del aula, sea como sea. Las erratas asomaron pronto. Los ejemplos, en lugar de aclarar, a menudo se apoyan en excepciones, que es justamente lo contrario de lo que debería hacer un ejemplo. Los ejercicios son repetitivos y son una penitencia por el desierto del vacío pedagógico. Y luego están esas dos letras mayoritarias en los solucionarios para el profesorado: R.L., “respuesta libre”. En castellano más llano, eso significa que el libro se desentiende y deja al profesor y al alumno solos frente a la posibilidad de enriquecer el proceso de enseñanza-aprendizaje con consigna que no orienta ni acompaña.
Han pasado cinco años y toca tirar los libros. Cinco años han bastado para desmontar bancos de manuales que muchas AMPAs habían levantado con una paciencia que merece mucho más reconocimiento del que suele recibir. Ese sistema de préstamo y reutilización entre familias es una de las pocas economías comunitarias que aún resisten en la escuela: uno deja lo que ya no necesita para que otro lo aproveche, con la esperanza de que esa pequeña circularidad se prolongue en el tiempo. Los libros ya son malos, pero si los tocan solo para renovarlos, acabarán siendo peores, como siempre. Y si no los tocan, no se vende, y entonces vuelve la misma música: a comprar otra vez, a empezar de cero, a pagar de nuevo a razón de casi cuarenta euros por área.
Y llegan los nuevos manuales. Cambian las tapas, cambia un poco el nombre del proyecto y los dibujitos, pero por dentro, créanme, sigue casi todo igual. Siguen las erratas. Siguen los ejercicios construidos sobre excepciones, como si el objetivo no fuera enseñar, sino sembrar confusión. En un libro de Lengua, de doce situaciones de aprendizaje (temas de toda la vida según el neolenguaje), seis no incluyen educación literaria. Seis de doce. La mitad exacta de algo que, en teoría, debería acercar a los niños a la palabra, al ritmo, al texto, a la lectura como experiencia y no solo como contenido evaluable. En Naturales, los niños siguen sin distinguir con precisión entre tipos de plantas y animales porque los textos tampoco se esfuerzan demasiado en ayudar. En Sociales, los mapas aparecen pequeños, pobres, casi decorativos, y la geografía se va borrando del currículo porque qué más da la geopolítica y el conocimiento del mundo. Con saber de ODS nos vale.
Yo aprendí lengua con un libro de Fernando Lázaro Carreter. Y por eso me sé poemas de Rosalía. Por eso Machado y Bécquer no son para mí simples nombres de índice, sino voces que permanecen en mí muchos años después. Lázaro Carreter era filólogo, sí, pero también entendía que el libro de texto es muchas veces el primer contacto real de un niño con la literatura, y que ese primer contacto puede abrir una puerta o cerrarla para siempre. Sus manuales tenían criterio. Los textos estaban elegidos con sentido. Los ejercicios seguían una lógica. Las reglas aparecían antes que sus excepciones. Había en ellos una idea clara de enseñanza, una voluntad de ordenar el aprendizaje y no de despistarlo.
No pido que cada editorial saque un Lázaro Carreter de la manga. Sé perfectamente que eso no va a pasar. Pido algo mucho menos grandilocuente y mucho más serio. Que alguien, en algún momento del proceso editorial se haga una pregunta básica. Una pregunta que parece ausente en demasiadas mesas de trabajo: ¿aprende algo un niño con este libro o simplemente es un producto editorial hueco? El libro de texto, en España, no funciona como una herramienta al servicio de la educación, sino como un bien de consumo de usar y tirar.
Atari enterró sus cartuchos en el desierto porque le daba vergüenza. Aquí no parece haber ni ese último bochorno. Luego llegan a las aulas, los niños abren la primera página y encuentran un poema mal medido, una actividad torpe, una idea que no termina de enseñar nada. Cuando el texto educativo falla, no falla solo un libro, sino que falla la primera conversación seria que un niño puede tener con las ciencias, con la literatura y con el mundo, y ese fallo, cuando se repite sistemáticamente, ya no es un accidente, es una forma de sistema.