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TRIBUNA

El descaro de la fiscal

lunes 11 de mayo de 2026, 18:24h

El puente de mayo dio que pensar. Sánchez desapareció del escenario, no para solicitar de Cupido que le escribiera una nueva carta, sino para sustraer la agenda presidencial a la vigilancia de la prensa y el control de la oposición. Una maniobra para desviar la mirada del elector de lo principal a lo secundario. Lo principal, el rumbo de su causa del Supremo, donde Aldama ha cantado la jota, el teniente coronel Bolas ha hilado un fino mantón de Manila y los abogados defensores han cantado las chirigotas. Decía Nietzsche que el olfato es el órgano más sensible para la inspección del porvenir. El avispado olfato de Ketty Garat huele, en la parafernalia que se ha creado en torno a la agresión de las compañeras de Begoña Gómez contra el sufrido Kito Viles, una artimaña para desviar el foco de los enjuagues en el Instituto de Empresa. Muchos comentaristas coinciden en que es una maniobra de distracción para que la opinión ciudadana se centre en lo anecdótico de lo agenda y descuide lo principal.

Las elecciones se avecinan. Están cada día más cerca y la debilidad gubernamental aumenta un poco más cada día que pasa. Los amagos de JUNTS no son problema, los del PNV no son decisivos. Ambos estrujan el limón para exprimirlo más; aun sin jugo, no van a soltarlo. Aguantar significa desplazar la cita en las urnas a su término. Dibujado el panorama en las encuestas, la única opción que puede asegurar el porvenir del sanchismo es conseguir que fragüe un timo electoral, un plan sedicioso para iniciar los ocho años que desea. Desde esta perspectiva las maniobras de distracción forman parte del manual de resistencia. Cuanto más tiempo resista el sanchismo, más fácil asegurar la estafa; cuanto menos tiempo, más dificultades para ultimar un fraude. Las últimas revelaciones informativas sobre el pucherazo de las primarias de quien aceptó donaciones prostibularias, no dejan dudas de que, si Sánchez ya lo hizo, también hará lo que necesita. Indra, RTVE y el CIS meterán tras la cortina en una urna la mano de Sánchez si antes nadie se la corta. Si lo hizo para llegar, la probabilidad de que lo siga haciendo está envuelta en la necesidad de hacerlo. La oposición tiene que anticiparlo cuando hace tiempo que lo sospecha el ciudadano de a pie.

Las maniobras de distractivas que describen las crónicas de los días de asueto, cobran sentido cuando se repara en las orientadas a succionar el único baluarte que, junto con la prensa independiente, resiste las embestidas gubernamentales, el poder judicial. Cuenta el gobierno con dos fieles servidores que facilitan el acoso a los jueces, Por un lado, el Tribunal Constitucional, manso, apacible y taciturno estos días, esperando tras el burladero para cuando lo pinte la ocasión. La ocasión la prepara la fiscalía que actúa a la vista de todos, sin rubor, sin escrúpulos, decidida a hacer lo que el sanchismo necesita que haga para obstaculizar la función judicial.

Las maniobras de distracción desvían la mirada de cuanto anuncie un desenlace en una Sala del Supremo. De antemano no se puede saber lo que decidirá la Sala, pero nada puede impedir que este apartado culmine en una próxima sentencia. Aunque el Gobierno lo intentará condicionar, no tiene seguridad de controlar al magistrado. El entorno gubernamental necesita maniobrar para distraer la atención antes de que se anuncie el dictamen. Mientras no se conozca y no se pueda vaticinar la sentencia, lo que realmente tiene interés, para apreciar hasta dónde está el Gobierno dispuesto a resistir, es la actuación de su fiscalía, porque esa está controlada. En su actuación se muestra, sin necesidad de recurrir a juicios de intención, la explícita voluntad gubernamental.

La fiscalía no disimula cumplir con el interés personal de Sánchez, lo hace a cara descubierta. No le preocupa el comentario, actúa sin escrúpulo, con contundencia, decididamente, sin hipocresía, con la indignidad de los cínicos. A Peramato, la fiscal de Sánchez que se dice del Estado, no le importan las críticas, no pestañea al ordenar al fiscal Luzón que rompa el pacto con Aldama, no le entorpece que su parcialidad dañe a su estima profesional. Acude al tañido de campana sin titubear. Es el síntoma que manifiesta hasta dónde puede llegar Sánchez. Es ahí donde, cuece, ocurra lo que ocurra en el Supremo, el plan de trasvase electoral. El sectarismo de la fiscalía es tan descarado, que hace parecer natural la anormalidad de su actuación. Ni siquiera nombra y desautoriza fiscales a capricho, sino que lo hace desvergonzadamente en interés del amo. Si alguna vez se malversó sin restricción alguna la función de la fiscalía, desacreditada por la penalización del propio fiscal del Estado, no fue con García Ortiz, ave de paso por fracaso, sino con la actual Peramato. Si ahora Sánchez necesita a la fiscal del Estado más que antes, la tiene a plena disposición.

Tras la acción justiciera de la fiscal contra los indóciles, se prepara lo obvio. Tras la sentencia, el indulto cuanto antes. En la reserva del burladero, el Tribunal Constitucional amparará a un fiscal penado por el Supremo. En las elecciones, lo que haga falta para salir del paso. Si no hay otro remedio, el fraude. Después llega el larvado golde de Estado por el sanchismo. A este escenario destructivo, se agarra la esperanza de los delincuentes procesados por el Supremo. La expectativa no es dudosa porque es la única disponible. Convertir a la delincuencia en normalidad es lo que el sanchismo necesita para no saltar por los aires. Es el perrito caliente al que se agarra Sánchez. Todos los encubiertos ingredientes del golpe de Estado salen a la luz cuando se mira a la fiscal. Todo depende de si triunfa o se desvela a tiempo la cobertura tramposa que acecha al recuento electoral, para que Tezanos pueda proclamar victorioso: lo dije, solo aciertan mis encuestas.

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