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TRIBUNA

Ayuso en México, o el fantasma de la derecha

martes 12 de mayo de 2026, 20:00h

Un fantasma recorre el mundo hispánico, el fantasma de la derecha. Un fantasma, a la manera de aquel Tercer Estado del abate Sieyès, que resulta ser una paradoja óptica: lo que se teme o se invoca como una fuerza en la España peninsular, no existe en la realidad política mexicana.

La visita a México de Isabel Díaz Ayuso ha producido en la península una sobreactuación casi cómica. La prensa progresista la convierte en síntoma, la izquierda madrileña la usa como espantajo y la propia Ayuso la vende como una gira de alta diplomacia para reforzar lazos económicos y culturales. Pero en México, donde el poder real no se disputa en las columnas de prensa, Ayuso apenas roza la epidermis del teatro público.

La derecha no existe en México, es decir, no opera como lenguaje legitimado. Existe como dinero, como gran empresa, como inercia de clase, como catolicismo residual y acaso como resentimiento privado. Pero carece de una pedagogía pública capaz de organizar los afectos nacionales. Ese trabajo lo hizo, desde hace un siglo, el Estado posrevolucionario. Hoy lo prolonga, bajo nuevas liturgias, el izquierdismo tardío de Claudia Sheinbaum. Todo esto confirma un hecho ineludible: la derecha española puede generar polémica en México, pero es incapaz de producir allí una hegemonía.

En su ensayo Aventureros del Nuevo Mundo, Javier de Navascués relata el fracaso del virrey Francisco de Toledo para ilustrar una máxima indiana: en la América española no se negocia de manera individual, sino colectiva. Escasea el trato llano, la charla de bar o el tuteo exento de recelos; todo está mediado por el laberinto de las fórmulas y las indirectas. México es, en este sentido, un país de una deslumbrante esquizofrenia. Está asentado sobre una doble inscripción simbólica. Posee la mayor población hispanohablante del mundo pero no considera al español o castellano como idioma oficial, sino de facto; renuncia a enseñarlo en el mundo y cede esa tarea al triste Instituto Cervantes, cuya incurable burocratización ha denunciado con tino Agapito Maestre. México conserva una matriz católica potentísima, pero la administra mediante una pedagogía estatal, mestiza, de verbo laico y entraña maternal. Basta asomarse al 10 de mayo para comprender esta geografía del alma. Mientras el Estado asume el léxico antipatriarcal de rigor, la vida social mexicana se paraliza ante la madre, la abuela y la madrina. El país no vive bajo la simpleza del machismo, sino bajo un formidable matriarcado simbólico compensado por la retórica oficial de la presidenta de marras.

El régimen matriarcal hinca sus raíces en el subsuelo del culto mariano, en la veneración a Nuestra Señora. Para 1918, al final de la Primera Guerra Mundial, Alfonso Reyes, uno de los grandes pensadores mexicanos de todos los tiempos, contrastó las figuras de Martín Lutero y el Cardenal Cisneros. Apoyado en el polemista francés Charles Maurras, Reyes señalaba que el contagio luterano, al suprimir en el norte de Europa el culto a la Virgen María, había abandonado al hombre a una honda orfandad espiritual, arrojándolo a una confusa «superioridad bélica». Cisneros mantuvo viva la fidelidad al culto mariano, pagando el precio de sostener «teólogos armados» (la expresión es de Menéndez Pelayo) para mantener a raya la icnoclastia de judíos, árabes y protestantes. Idólotras de las imágenes (decir del icono es es excesivo), los indígenas americanos aceptaron la mediación de la Virgen de Guadalupe para celebrar el pacto con el Imperio español. Éste, pues, no pudo permitirse el lujo de la iconoclastia.

La institucionalización del Día de las Madres en el México «moderno» es bastante revelador. Lo impulsó en 1922 otro pensador mexicano, José Vasconcelos, en alianza con el Episcopado, para sofocar cierto feminismo socialista. Vasconcelos quiso modernizar a México con escuelas, libros y estética hispanoamericana, pero cada puerta que abrió dejó entrar a un actor que desobedeció su guion. Abrió los muros públicos para ensalzar la «raza cósmica», pero los pintores muralistas –Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros– pintaron catequesis (¿iconoclastias?) comunistas, proletarias, indigenistas, anti-hispanas. Vasconcelos abrió las plazas magisteriales a las mujeres con el humilde requisito de saber leer y escribir, y terminó imponiendo a la maestra rural, la inspectora, la emperatriz escolar.

Desde 1914, derruido el “orden y progreso” de Porfirio Díaz, se alzó la voz de la maestra de escuela María Arias. Ella profirió una frase que sepultó el positivismo mexicano: «Es preferible un pueblo ignorante y valeroso, que un pueblo culto y abyecto». ¿La ignorancia erigida como valor? A Carl Schmitt, filósofo de los valores (Wert en alemán), le habría subyugado tal sentencia. El siglo XX se sostiene sobre dos agonías que no conocen tregua: la lucha de clases y la dialéctica de los sexos. En esta encrucijada, la figura de Vasconcelos resulta fascinante por su anacronismo. El maestro pretende todavía gobernar una civilización desde la quietud del aula y el prestigio del libro, pero el cine (la imagen en movimiento) se impuso a la letra.

Estamos en 1920. Tras la Gran Guerra y la Revolución mexicana, la fuerza de trabajo masculina escasea. Las oficinas del Estado, las fábricas, las universidades, abren sus puertas a las mujeres. Una técnica nueva lo permite: la máquina de escribir. Pues la mecanógrafa es la mujer asalariada que administra ya la ciudad y los cauces del deseo. Al concluir una jornada de diez horas, la secretaria acude al cine mudo con su pretendiente. Es el mismo ritual que hoy se cumple frente a Netflix o las plataformas de streaming. No ha sido el libro, sino el cine, lo que ha revolucionado el siglo XX y lo que va del XXI

Volvamos a Ayuso. México no se deja leer con las gafas de la Puerta del Sol. Frente al vacío de la oposición de derechas –que tiene empresarios y columnistas airados, pero ninguna mitología de masas–, el oficialismo mexicano actualiza un arsenal invencible: la Revolución, la madre, la escuela pública, el agravio histórico y la soberanía. Ante ese peso, cualquier ruido exterior se disuelve en caricatura.

Muy distinto es el caso de China, donde el Día de la Madre entra por otra puerta. Allí no hay Vírgenes de Guadalupe, sino el reciclaje comunista de la vieja piedad filial confuciana. La fiesta occidental ha sido metabolizada por el Partido comunista china para escenificar una coreografía de madres heroicas y un padre simbólico absoluto: Xi Jinping. No hay madre crítica, sino la matriz biológica del socialismo, controlada a través de las mismas tecnologías de pantalla e imagen que Occidente inventó. En México, en cambio, la madre y la maestra siguen siendo el refugio inexpugnable, el núcleo donde toda teoría europea, ya sea marxista o liberal, termina rindiendo sus armas.

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