El nombre del hasta ahora desconocido autor, Hu Anyan, y, sobre todo, la presencia de la capital de China en el título nos orienta hacia Asia Oriental antes de comenzar la lectura de El repartidor de Pekín. Pero en el libro poco vamos a encontrar de exotismos orientalistas. Aunque todas las historias transcurren en China, lo cierto es que encontramos un testimonio universal, tan válido en Pekín, como en Nueva York o en Madrid, de la precariedad laboral de los jóvenes de hoy en día.
Desde sus primeras páginas, Hu Anyan se muestra como un narrador de tal sinceridad que produce una sensación de proximidad, a pesar de la distancia geográfica. La novela, con tintes autobiográficos, es la primera gran obra publicada de Hu Anyan, un repartidor de mensajería que encontró en la literatura una válvula de escape para sobrevivir a la deshumanización de nuestros tiempos modernos. El libro se compone de una serie de relatos cortos que nos van presentando los diversos empleos basura que sufre este joven cantonés desde que acaba la educación secundaria.
Hu Anyan escribía sus vivencias con un teléfono móvil y participaba en algunos chats literarios, donde fue descubierto por una editorial que decidió publicarlos, con tal éxito que, enseguida, ha sobrepasado todas las fronteras y está siendo traducido a muchas lenguas. La versión en español ha sido realizada por Javier Altayó Finestres, traductor especializado en literatura china que el pasado año fue galardonado con el premio de traducción Marcela de Juan. Su trabajo es excelente.
Pekín, pero también otras ciudades chinas más provincianas, se nos presentan como escenarios de un crecimiento urbano vertiginoso y lleno de contradicciones. Los lectores que conozcan bien el país y estén familiarizados con los barrios de la periferia de Pekín pueden disfrutar de un recorrido más preciso de las desventuras de Hu Anyan en su carrito eléctrico de reparto, pero no es necesario tanto detalle y cualquier lector puede apreciar el talento natural de este narrador autodidacta, capaz de transformar sus historias cotidianas en una meditación amplia sobre el sinvivir de malvivir con un bajo salario y largas jornadas laborales, sin expectativas y en permanente estrés. Nuestro protagonista no es simplemente una víctima del trabajo precario, es más bien un pequeño héroe existencialista.
La frescura de la novela radica en su estructura fragmentaria. Es una lectura muy entretenida y tiene mucho sentido del humor, no porque el protagonista sea especialmente gracioso —no hay nada de picaresca — sino más bien por la manera tan natural y sincera con la que narra sus desdichas: secretarias de la empresa que nunca están para darle de alta en el seguro médico, destinatarios de paquetes con reclamaciones inverosímiles, interminables charlas motivadoras de los jefes, disputas con otros repartidores… Nada que se salga del pan nuestro de cada día, pero contado con mucha gracia. Nada que no le pase a cualquier joven de los que nos trae las compras hechas por internet.
Hu Anyan tiene un gran talento literario. Me pregunto si sabrá contarnos otras historias a parte de la de su propia vida o si quedará como autor de un solo gran éxito. En El repartidor de Pekín ha demostrado que no necesita grandes giros argumentales para mantener atento al lector, que enseguida se siente atraído por su ritmo ágil, los relatos fragmentados, la falta de artificio y, como hemos dicho, su gran sinceridad. La literatura y el humanismo han salvado a Hu Anyan.
Millones y millones de personas en todo el mundo sufren en el infierno de las precarias compañías de reparto, con sistemas de geolocalización, puntuaciones algorítmicas, pago de extravíos, temerosos de las reclamaciones de los clientes y salarios irrisorios. Es el eslabón más débil de la cadena, pero en realidad nadie escapa hoy a ser evaluado, clasificado y optimizado.
No lo compren por internet para que se lo lleve un repartidor, mejor den un bonito paseo primaveral hasta la librería, entreténganse viendo las novedades, ojeen por encima El repartidor de Pekín y llévenselo a casa.