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TRIBUNA

La zapatera prodigiosa y Zapatero

viernes 22 de mayo de 2026, 18:41h

El escribidor de periódicos es ese golfo que se sube a las farolas para ver pasar la Historia. Por eso desde el viejo León, cruce de caminos y de épocas, se ve igual que en una película rodada como entonces, con el encanto saturado del Cinemascope, que Madrid amanece hoy con una grisura de asfalto y de periódicos atrasados; ese gris de la Villa y Corte que a uno se le mete en la chaqueta mientras contempla el vodevil casposo de la Carrera de San Jerónimo en el que hay una trama argumental con políticos trincones y con putas por doquier, y otra trama argumental con políticos sin putas pero también trincones… Supuestamente.

Miro la política de hoy, la de esta España de chanchullos y de tuits, y me da la risa floja; la risa culta de los cafés de antes; de cuando había cultura.

Se creen muy modernos estos muchachos de diseño de la Villa y Corte, con sus asesores de corbata estrecha y sus intrigas de marisquería a lo Torrente Presidente en tiempos de la IA, pero no se enteran de que todo lo que nos pasa, absolutamente todo, ya lo ha contado antes la literatura.

España últimamente no es una democracia parlamentaria sino una corrala literaria, supuestamente.

Viene esto a cuento de que mi Federico García Lorca, ese duende con ojos de aceituna que se sabía el alma de las mujeres y de los pueblos (¡no regreses a Granada Federico le he gritado en sueños durante toda mi adolescencia!), escribió una comedia fúlgida y ruda titulada La zapatera prodigiosa. Creían los gacetilleros de la época que era una fantasía de tablado, pero uno, que tiene memoria de café y biblioteca, sabe que la verdad siempre es más desgarrada. Aquella zapatera existió. Se llamaba Agustina González López, granadina, vanguardista, un relámpago de libertad en una España enlutada. Agustina era autodidacta, escritora, espiritista, teósofa, una mujer que desafiaba a los serenos vistiéndose de hombre para beberse la noche, y de mujer para torear el día. Era joven, culta, rompedora, un milagro con faldas. Pero la literatura exige el nudo, el drama castizo: Agustina estaba casada con un viejo. Un viejo al que al perderlo supo que quería con un amor secreto y fiero, pero ante el vecindario hacía como que no, desatando la comedia del desprecio y el deseo.

Y de aquella zapatera granadina, por el capricho fonético y trágico de la historia, pasamos al zapatero leonés. José Luis Rodríguez Zapatero, a quien tanto conocimos en León cuando las provincias exportaban talento. Entró en el Congreso como un diputado joven, el más tierno de la Cámara en su época, con esa sonrisa de chico que no ha roto un plato pero que está dispuesto a romper la vajilla del Estado al son de “respetaré el Estatuto que apruebe el Parlament de la Generalitat” y de esos polvos estos lodos, supuestamente...

Pero este Zapatero prodigioso y nuestro, ay, también estaba casado con un viejo. Su viejo era Felipe González el Transformador, el prelado laico y socialista de la Transición, Presidente que se dedicó primero a transformar España con aquella pana que olía a futuro, y luego, como hacen los mitos cuando se cansan de la historia, se dedicó supuestamente a hacerse rico, esto es, a los consejos de administración y al humo doble de unos puros que se apagan con otros.

Zapatero el Prodigioso, mirada desde la distancia de la provincia a FG como Golum al anillo en El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien, y quería tanto a ese viejo, su viejo, y le profesaba de hecho una devoción tan filial y secreta, que acabó imitándole de mala manera en lo de primero se es Presidente y luego se hace uno rico… De modo y manera que ahora la verdad es que JLR Zapatero se parece mucho a la zapatera de Lorca cuando esta se queda sola en el escenario repitiendo los ademanes del marido ausente.

Bien mirada, toda la política actual no es más que ese eco: el fingimiento, la copia defectuosa de los maestros, el baile de disfraces donde los jóvenes juegan a ser libres mientras cargan con el fantasma de los viejos y nos dejan vieja y yerma la ideología, la esperanza y el corazón este nuestro que ya no está para guerras ni para paces.

Nos queda la literatura para salvarnos del telediario, y nos queda el recuerdo de grandes mujeres de la historia como La Zapatera Prodigiosa que abrieron las ventanas cuando en España olía a rancio. Vivan las mujeres inteligentes, libres y pioneras como Agustina, que se ponían los pantalones de la libertad antes de que los hombres supieran quitárselos. Y viva Federico García Lorca que lo vio todo antes de que nos apagaran las luces… Supuestamente.

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