La verdadera y auténtica Hispanidad, aquella que concita nuestro amor profundo, no surgirá jamás de personajes desaprensivos como Hernán Cortés, que envenenaba a los veedores o inspectores que mandaba la Corona para descubrir sus crímenes, y al que no aprovechó nada el escaso humanismo que aprendiera en las aulas de Salamanca, sino de gentes como el sevillano Frai Bartolomé de Las Casas, el zamorano Frai Toribio de “Motolinea”, esto es, “de los seres pobres”, el Inca Garcilaso o la mejicana del Imperio Español sor Juana Inés de La Cruz. Ellos sí que representan lo mejor de la Historia de nuestra España grande y hermosa, por la que uno se siente español hasta la médula de su alma.
Los padres dominicos y franciscanos coincidían en que parecía no haberse perdido o haberse restituido el estado de la inocencia del Edén en los indios americanos recién descubiertos. Ambas órdenes evangelizadoras y misioneras hablan de su bondad natural, de su simplicidad, de su humildad, de su mansedumbre, de su pacabilidad – término que gusta a De Las Casas - y de sus inclinaciones virtuosas. Quietos y mansos trataban siempre de huir de las conversaciones inquietas de los españoles explotadores. La desnudez corporal del indio americano revelaba la pureza de su alma.
Lo que escandalizaba a Frai Bartolomé y a Frai Toribio, fieles siempre al testamento de la Reina Isabel, nuestro más capaz y humanitario gobernante, era el mismo hecho del secuestro masivo de indios para su explotación laboral brutal, para después, cínicamente ser bautizados, cuando la fe verdadera y auténtica presupone un compromiso de amor con el hombre. Y es que Cristóbal Colón – los genoveses eran en aquella época la gente con peor fama de Europa – comenzó la conquista de América secuestrando impunemente a los indios, gente completamente pacífica, pacable, y de ese modo creó el modelo de conquista. Cuando Colón, al que nunca soportó ese gran psicólogo que fue el rey Fernando el Católico, se puso a investigar la muerte violenta de los 38 españoles que había dejado en su primer viaje, descubrió que la muerte de la mayor parte se debió a una guerra intestina entre ellos – la guerra civil, cainítica, como permanente rasgo de lo español -, y los otros murieron por violar con pretendida impunidad a las mujeres y a las hijas de los indios.
El oro y las perlas fueron el único y verdadero objetivo del Almirante en su cuarto viaje, tal como queda narrado por Diego Porras, el escribano que se rebelaría con su hermano contra la tiranía colombina. Con este objetivo llegó a torturar a un cacique hasta matarlo, quemando su ciudad y prendiendo a sus hijos, de lo que quedó toda aquella tierra escandalizada. En la película Apocalipto, de Mil Gibson, aparece la emocionante escena del eclipse, uno de los momentos de mayor sensación de la película, trampa o truco del que se hace beneficiario el poder absoluto del gran Moctezuma, cuando la verdad es que la historia del eclipse tiene que ver con Cristóbal Colón, que sabiendo que se iba a dar un eclipse tres días después, exigió a todos los indios de la comarca todas aquellas cosas que él les pidiese, so pena que su Dios los castigase desde el Cielo. Cuando apareció el eclipse tanto temor se apoderó de aquellos supersticiosos e ignorantes indios que fueron donde estaba Colón dando gritos de espanto y cargados de manjares y de otras muchas cosas más valiosas, a fin de que el Dios de Colón dejase de estar enojado contra ellos. El Almirante, burlándose de ellos, les respondió que hablaría un momento con su Dios, y encerrándose en su casita unos minutos, vieron que la luna menguaba, recobraba su color habitual y que otra vez el Sol volvía. No era el gran Moctezuma quien abusaba de la superstición de los indios, sino los españoles. Los indios americanos fueron puros “instrumenta vocalia”, cuando no lastre de embarcación, que era arrojado al mar antes que los barriles de vino, cuando el temporal hacía zozobrar las barcas. A los indios rebeldes se les aperreaba o para economizar munición se les ponía en fila y se atravesaba con un solo disparo de cañón a cuantos indios dispuestos en hilera tuviese la trayectoria de la bala la fuerza de ensartar. Cuando San Juan Pablo II, desde luego muy mal informado, afirmó que el descubrimiento, la conquista y la colonización de América no habían sido un fracaso sino un triunfo del Cristianismo, precisamente en Puerto Rico, no reparó en que los habitantes tahínos, junto con los de las otras grandes Antillas, se habían extinguido ya en 1540. La Cristianización de las Antillas vino a reducirse a ponerle una Cruz a la fosa común de la entera progenie que, por la llegada de cristianos de boquilla, se extinguió.
Hasta 1542, en que son promulgadas las “Leyes Nuevas”, gracias a la sensibilidad del emperador Carlos, la historia de la conquista de América estuvo tachonada de incesantes horrores despiadados contra la humanidad. Estas leyes prohibieron esclavizar a los indios y se frenó un poco la brutal crueldad de los encomenderos. El llamado mestizaje fue sólo producto de la violación sistemática de las indias hasta la llegada de Felipe II. El mestizaje no deriva de españolas casadas con indios, sino de la violación de las indias por parte de españoles violadores. En la llamada Controversia de Valladolid, desarrollada entre los años 1550 y 1551, entre Bartolomé de Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda, las tesis de De Las Casas ganó el corazón del emperador cristiano. La reivindicación de intelectuales lacayos y muy politizados vuelven, sin embargo, a repetir los argumentos de Sepúlveda. Es como si toda la labor humanista de nuestra Escuela de Salamanca se hubiera olvidado y enmudecido. Diríase que vuelve a contarse la historia patria en una historieta ilustrada de tebeo.
A nuestro emperador Carlos, más sensible que los nuevos panegiristas de la Conquista, jamás se le ocurrió nombrar virrey del virreinato de Nueva España al brutal conquistador de Méjico, sino que nombró al más humanitario Antonio de Mendoza. La crueldad de Cortés, bestia predatoria, espeluznante instrumento de dominación, jamás produjo simpatía en el emperador, sino hondo repelús. Así, cuando Cortés le mandó una culebrina honorífica fundida en plata de Michuacán rebajada con cobre, pero muy bien labrada – según Gómara costó 24.000 pesos de oro – y con un Ave Fénix en relieve sobre esta leyenda: “Aquesta nació sin par/ Yo en serviros sin segundo/ Vos sin igual en el mundo”, Carlos V, despreciándola, se la regaló inmediatamente a su secretario Cobos, seguramente para que la fundiese y se quedase con el valor del metal. Cuando Hernán Cortes, marqués del valle de Oaxaca, regresó a España, intentó en múltiples ocasiones ser recibido por el emperador sin conseguirlo jamás, muriendo amargado por ello el 2 de diciembre de 1547.
Los españoles ya sólo sentimos sonrojo por la mayor parte de nuestra clase política. Menos mal que nuestro rey, Felipe VI, tiene aún en sus venas gotas de la sangre de sus grandes y más nobles ancestros.