Pedro Sánchez aparecía en la sesión de control semanal del Congreso de los Diputados del día 20 de este mes de mayo con la más amplia de sus sonrisas. Algunos pensarían, sin duda, que le desfilaba por dentro la procesión. No son pocos los asuntos que se ciernen como espadas de Damocles sobre unos años de gestión que han superado los de Aznar y ya solamente le aventaja González. Este último dejaba el poder acosado también por casos de corrupción de tal envergadura y número que hasta el Boletín Oficial del Estado participaba de los delitos asociados a esta clase de comportamientos irregulares. Eso sí, Felipe González convocaba elecciones toda vez que los antecesores de Junts -los nacionalistas catalanes de Convergencia I Unio- le retiraban su apoyo a los presupuestos, un proyecto de ley que su gobierno sí había presentado, al contrario que el actual.
La investigación a la que se ve sometido el expresidente Zapatero se diría que cierra el círculo oprobioso de la corrupción que envuelve la prolongada gestión de Sánchez y eso que ha venido en denominarse sanchismo, una práctica de gobierno que sólo se justifica por la tautología: se gobierna para conservar el gobierno, y quizás porque se encuentra uno más protegido de la acción de la justicia dentro que fuera de la Moncloa. En todo caso se trata de un gobierno alejado de las políticas de reforma que se sitúan nada más que en las apariencias. ¿Que existe un problema con la vivienda? Prometemos programas de construcción que, o no se llevarán a cabo, o se ubicarán en localizaciones donde la gente no quiere vivir. ¿Que se produce una riada, se incendian hectáreas de terreno o la lava cubre y destroza una población? El presidente, o el responsable gubernamental de turno, anuncia unas cantidades que ayudarán a paliar esos problemas, pero que habrá que sentarse en algún lugar más o menos incómodo hasta que se hagan presentes. Y eso que la administración no ha estado -tampoco se la esperaba- cuando se produjeron los desastres causantes de la desgracia.
En este mundo del entretenimiento, de los realities y de las performances, la política dura lo que aguanta una rueda de prensa o una entrevista de televisión. Lo demás es producir nombramientos, observar -cuando no participar- con aparente extrañeza los latrocinios y las prevaricaciones y entretanto soltar carrete. Y si el juez equis o igriega decide condenar a uno de los tuyos, esperar a que se agoten los recursos y que el Tribunal Constitucional, en uso irregular de sus atribuciones, anule la resolución correspondiente.
En las piezas que se van acomodando del rompecabezas de la gestión de este gobierno, nacido de las ruinas de la transición democrática y de la desactivación del espíritu que dio lugar a la Constitución de 1978, se produce una simbiosis entre seres sujetos a investigación por causas diferentes: Ábalos, Koldo, Cerdán, David, Begoña… unidos a Aldama, con los casos mascarillas, Plus Ultra, presunta financiación irregular del PSOE… a los que se une ahora Zapatero, y aparecen en el fondo de la imagen los países de esta constelación nacional e internacional de intereses: Venezuela, China… puentes tendidos por el expresidente que han contribuido a contaminar la política española con la intrínseca perversidad de estos regímenes,
Y aunque falte por descubrirse el conjunto del pastel y su guinda, en eso que Víctor de Aldama mencionaba como el número uno de la trama -tiene razón Feijóo en que nada de eso podría haber ocurrido sin el plácet del Consejo de Ministros- la aparición del expresidente no es solo un caso de comisión de presumibles delitos. Es que Zapatero sería el desencadenante principal de los problemas que vienen afectándonos desde hace muchos años. Aprobaré el estatuto que decida el Parlament -dijo a su amigo Maragall y al PSC-, impulsó los estatutos de segunda generación -apoyado por el PP-, y dijo que el concepto de nación aplicado a España era “discutido y discutible”, y se dedicó a poner en práctica ese relativismo que nos está conduciendo hasta donde nos encontramos, un país desestructurado, disonante y que además no funciona. Si Vargas Llosa se contestara con Zavalita dónde se “estropeó” España, seguramente diría que esa circunstancia se encontraría en los gobiernos de Zapatero, incluida la memoria histórica en el acervo de los daños.
Será sin duda más difícil de rehacer los desastres provocados por el zapaterismo y el sanchismo que los rotos económicos que nos hayan podido infligir, según estimen en su caso los jueces, con sus presuntas conductas prevaricadoras. De los problemas económicos, mejor o peor, en un plazo más o menos largo, se sale; de los que instalan una determinada forma de hacer política, en la que los valores y principios apenas cuentan, en la que se alimenta a la fiera nacionalista a pesar de que se conozca de sobra que es insaciable, en la que se insulta a las víctimas del terrorismo sacando a la calle a sus victimarios, en la que se orilla al parlamento, se colonizan las instituciones hasta un grado incomparable con el de otros gobiernos, se limita e insulta a los jueces, se montan muros, se pacta con los líderes de países y gobiernos que conculcan los derechos humanos, se utiliza y ningunea al Rey… hace falta mucho arrojo y convicción democráticas para deshacer semejante madeja.
Y no solo dependerá de quienes sean llamados a sucederle en el lado de la derecha -si fuera este el caso-, sino de los nuevos actores en el lado de la izquierda que eventualmente puedan surgir a continuación de este desastre.
¿O será más bien que estaremos abonados en permanencia a este juego de performances y actuaciones que sólo sirven para mantener entretenido al personal en tanto que los problemas se agravan y multiplican?
Carezco de respuesta a esta pregunta. Lo que sí parece claro es que, contra viento y marea, algunos jueces cumplen con su obligación y que arrostrando todas las dificultades que les ponen por delante, guardias civiles y policías nacionales cumplen con su obligación. Servidores públicos. No todo está perdido