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TRIBUNA

Políticos de ida y vuelta

lunes 25 de mayo de 2026, 20:22h

Desde niños nos enseñan que, estando de visita, debemos comportarnos de forma más decorosa y prudente que la exhibida en nuestra casa, pero a la señora Díaz Ayuso, tal vez mal aconsejada o tal vez eufórica por el pródigo agasajo de sus anfitriones, se le olvidó y practicó en México un descaro que, si bien encuentra buena acogida aquí, sentó a rayos a las autoridades de allá; al punto que debió interrumpir, de forma más bien intempestiva, su tournée por aquellas tierras. Un lastimoso incidente tanto para México como supongo que para la propia presidenta de la Comunidad de Madrid, aunque no se avenga a admitirlo o lo haga a regañadientes. Y no me extraña, porque es una fea y extendida costumbre entre nuestros actuales dirigentes, aun sabiendo que reconocer los errores, templa el carácter y sosiega la conciencia.

No obstante; este lamentable patinazo de Díaz Ayuso donde menos debiera escandalizar es en México, cuya historia como república no es sino un cúmulo de truculentos excesos: dos emperadores fusilados, un par de invasiones de potencias extranjeras, una revolución que, entre corrido y corrido, dejaba un rastro de matanzones y canalladas, y posteriormente, una sucesión de crueles abusos que han abocado, en nuestros días, en ese espanto impuesto, en muchos de sus Estados, por los narcos. Pero si de todos estos desmanes hay uno que a los españoles nos suele resultar desconocido, es la Guerra de los Cristeros, de la que, en agosto, se cumplirá el centenario de su estallido.

Curiosamente, aquella insurrección, bajo la proclama de «¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!», duró, con la intermitencia de un frágil armisticio disfrazado de amnistía, casi tres lustros —o sea; el doble que la célebre Revolución—; aunque sus causas, apenas las indagamos, nos remontan al gobierno de Benito Juárez, allá por 1859, cuando al incautar los bienes eclesiásticos y promulgar las secularizadoras Leyes de Reforma, el Vaticano rompió sus relaciones diplomáticas para los siguientes ciento treinta años. Naturalmente; tal gesto germinó un anticlericalismo gubernamental y liberalote, acrecentado tanto durante el Porfiriato como en la Revolución. Pero no sería hasta la Constitución de 1917 cuando quedó palmariamente sancionado, al restringir ciertas ceremonias, acotar el número de sacerdotes, expropiar más bienes y otros derechos eclesiásticos, y hasta expulsar a las ordenes monásticas. Con todo y pese a que el presidente Plutarco Elías Calles había alentado la fundación de una iglesia nacional mejicana en 1925, la revuelta de los cristeros no prendió hasta agosto del año siguiente cuando, promulgado un nuevo Código Penal, la república mejicana disponía por fin de los instrumentos para aplicar aquellas anticatólicas disposiciones constitucionales a lo largo de su extensísimo y dispar territorio. Así se alumbró un trienio sangriento —al que escaparon solo los Estados norteños y la península del Yucatán—, que devoró más de doscientas mil vidas entre el ejército regular y sus oponentes, un fervoroso gentío de humildes campesinos. Y aunque se llegara en 1929 a un supuesto acuerdo entre ambas partes, pues continuó el furtivo asesinato de cristeros, de nuevo Calles, en 1934, ya no como presidente, sino como gran manejero de la república desde su jefatura del partido institucional, lanzó el Grito de Guadalajara, donde exigía una educación «socialista». Otra vez se alzaron los Estados centrales del Pacífico, aunque sin la misma potencia y practicando un combate más bien montuno y de emboscada, cuyos más perjudicados fueron los maestros estatales, mutilados y hasta linchados. Aquella lucha de partidas fue languideciendo a partir de 1939, tras un entendimiento entre el obispo de México y el presidente Cárdenas, y al filo de 1940, quedó sofocada. Aún así, este segundo rebrote se cobró otras tres mil almas y una ingente cuenta de sevicias.

Sin embargo, todo este conflicto ha tenido, contra lo sucedido con la Revolución, una parca huella literaria; tal vez porque los mismos mejicanos hayan querido orillarlo, si no ya silenciarlo, avergonzados por la vileza sanguinaria que desencadenó; básteles al caso, repasar alguno de los reportajes gráficos sobre aquella barbarie. Pero verán; entre el contado material literario sobre este conflicto destaca El poder y la gloria (1940), en buena medida por la nombradía de su autor: Graham Greene. Aunque, ciertamente, siempre me interesó mucho más su adaptación cinematográfica, titulada El fugitivo (1947), de John Ford; el único film que le conozco rodado en México, y donde un Henry Fonda, impecable, interpreta a un cura acobardado y prófugo de las tropas federales, y donde destacaría también a ese mendigo delator, entre repelente y digno de toda nuestra piedad, encarnado por el Indio Fernández. La película, por lo demás, impresiona por la maestría fordiana para utilizar el expresionismo que, en sus momentos netamente simbolistas, resulta sencillamente estremecedora; y donde, desde luego, conviene mencionar la soberbia fotografía de Gabriel Figueroa, el operador de Los olvidados (1950), de Luis Buñuel.

Y al acercarme al punto y final, percibo cómo desde un torpe percance pasajero, por desgracia, como casi todos cuantos ocupan nuestra política presente, he llegado a rememorarles terribles quebrantos, dentro de poco, centenarios, y aun anteriores. La verdad, soy el primer sorprendido, y todavía lo estoy más de no haber incurrido en la defensa de Hernán Cortés; por lo que ha llegado el momento: lean Las cartas de relación (1519-26) y admírense ante quién fue un político magistral. Y, luego, si les quedan ganas, compárenlo con los actuales de aquí y, sobre todo, de allá. Huelgan los comentarios.

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