www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

La gente, lo inexplicable

domingo 31 de mayo de 2026, 18:25h

Finales de la primavera. Temperaturas máximas de hasta treinta y cinco grados. Hay quienes celebran esta llegada anticipada del ‘buen tiempo’ porque lo echan mucho en falta a lo largo del año. ¿Cómo no va uno a sentir ganas del goteo constante de las axilas formando pequeños encharques en las camisas, de las brisas africanas recalentando las cabezas hasta el punto de sentir verdadera curiosidad si te para por la calle una pareja trajeada por si tienes unos minutos para que te hablen ‘de la imagen femenina de Dios’ —ahí es nada—, de saber que el panorama va a ser el mismo hasta bien entrado el desfallecido otoño? Queda mucho, todavía, de las características y de las frases estupendas de quienes son sus defensores. Mejor insistir en el lado pintoresco, por hacer llevadero el clima y sus consecuencias.

La gente es rara. La gente es un género en sí, uno más dentro de las alforjas literarias con las que cada creación decide cargar. Es, también, un género de lo más inabarcable y delicado en su manejo. Se desparrama a la mínima. Se desentiende de lo que se quiera hacer con ella. Va por libre. No hay quien la entienda, pero ahí seguimos, fascinados con lo que es capaz de repetir o de cambiar. Fijándonos en sus restos, uno se da cuenta de lo mucho que acaban ocupando en nuestro día a día, en nuestros devenires vitales. Ocupan un espacio significativo a la fuerza del que es complicado sustraerse.

Hasta para un poeta y escritor tan recluido en su mapa de imaginaciones, como es Felipe Benítez Reyes, resulta imposible decir que no; deslizar el oído por el balcón o salir a la calle y dejarse caer en las conversaciones ajenas, que han hecho más por toda la literatura que los borborigmos cerebrales de quienes se recluyen lo más apartadamente posible para escribir. Así, su última novela, La gente, y en cuyo interior le sigue el subtítulo Mural de espectros, procura acercarse al tráfago de vidas de una localidad pequeña y costera y gaditana, tres ingredientes que ya hacen mucho bajo el ritmo de su pluma, y corresponde con episodios que no pasan del formato de los párrafos, como si la única posibilidad de reflejarlos fuese convirtiendo el pueblo en un fichero, un camarote del que van abriéndose los cajones y saliendo sin parar sus rarezas sin catálogo, a ver quién es el listo que se atreve a ponerlas en orden.

Al fondo, la historia de España como una acuarela demasiado expuesta al sol, pero destacados algunos trazos muy importantes que son ineludibles para definir ese perfil tan español que aúna pereza intelectual, barbaridad gratuita, afán por la vida, ingenio subestimado, esmero y constancia, diversión en ocasiones desmedida, y un largo etcétera que acaba dotando de sentido y hondura a todos los personajes que Miguel Rancés Olivares —uno más de ellos, aunque él se pensara distinto— creó y dejó al retostero para que su sobrino nieto, Alberto Márquez Rancés, pudiera descubrirlo años más tarde y decidiese publicarlo.

Si esta novela fascina, y lo hace, es porque consigue que de su batiburrillo de nombres y locuras, unas más realistas —las que se acercan más a las locuras— que otras, se desprenda un afecto que termina siendo común a todo trato vecinal, más cercano o lejano, y por su roce, el reconocimiento de que no somos para tanto, pero seguimos sumando puntos a lo excepcional, a lo inexplicable.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (1)    No(0)

+
0 comentarios