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TRIBUNA

Verano antes de tiempo y yo leyendo Zapatero y el Pensamiento Alicia

domingo 31 de mayo de 2026, 18:26h

Llega el calor de soplete y España amanece tarde cuando llega el verano. No hablo del calendario, que siempre fue un notario aburrido del clima, sino de esa llamarada súbita que convierte junio en un brasero africano, y las ciudades en un paisaje de soldadura. Madrid huele a alquitrán derretido, Sevilla a cobre tostado, León a pan quemado por dentro. El país entero parece un cráter del infierno donde los jubilados salen a comprar el pan a las seis de la mañana, como comandos del fresco, y los camareros limpian las terrazas con resignación de galeotes. Luego el sol sube, se pone el casco de legionario romano y ya no se puede salir a la calle hasta la madrugada siguiente.

España en verano siempre tuvo algo de siesta imperial y decadencia colonial, pero esto ya es otra cosa: una meteorología del castigo, un adelanto del Apocalipsis de chancleta y aire acondicionado. El calor cae vertical, como las antiguas maldiciones bíblicas. Los perros buscan sombra debajo de los coches y los ministros comparecen sudando como predicadores tropicales. El asfalto respira. Las persianas bajadas de los barrios obreros tienen una tristeza de país sitiado. El viejo Reino de Doña Urraca hierve lentamente como una sopa de pescado globalizada.

Y es por eso que uno se encierra en casa, no por gusto sino por supervivencia civil, y vuelve a los libros como quien entra en una cueva paleolítica. El verano adelantado obliga a más leer. No hay épica posible a treinta grados. El paseante se convierte en lector y el lector, inevitablemente, acaba encontrándose con Gustavo Bueno, que era un filósofo de Oviedo con cara de párroco ateo y voz de trueno administrativo. Bueno escribía como quien desmonta un reloj a martillazos. Su materialismo filosófico tenía algo de locomotora soviética entrando en una biblioteca escolástica. Era un hombre que discutía con la metafísica igual que otros discuten con el camarero porque el café está frío.

Ahora, en esta España abrasada, uno relee Zapatero y el Pensamiento Alicia (Ed. Martínez Roca, 2006), y descubre que acaso había allí algo más que la diatriba política del momento. Había una intuición de época. Bueno veía venir el reino gaseoso de las palabras felices, la sustitución de la realidad por la pedagogía sentimental, la política convertida en terapia de grupo y en sonrisita administrativa fanática como abono para el nos nuestros lo hacen todo bien y los otros todo mal. El filósofo asturiano sospechaba que el país caminaba hacia una infantilización donde los conceptos dejarían de tener hueso y pasarían a ser pompas de jabón ideológico.

El Pensamiento Alicia era, según Bueno, esa manía contemporánea de creer que el mundo se arregla cambiando el vocabulario, como si las crisis económicas fueran metáforas mal redactadas y la historia universal un cuento ilustrado para funcionarios optimistas. Y claro, releído hoy, el libro tiene un raro perfume profético, o supuestamente profético, que es la forma prudente de decir las cosas en un país donde hasta los adverbios acaban declarando ante el juez.

Porque España ha desarrollado una extraña pasión judicial por las intenciones retrospectivas. Aquí se investiga el pasado como si fuese una novela negra escrita entre fiscales y tertulianos. Los jueces buscan mensajes, contextos, correlaciones, indicios vaporosos, arqueología de wasap y psicología de sobremesa. Y mientras tanto el ciudadano suda. Suda físicamente y suda metafísicamente. Suda bajo el sol y bajo el BOE.

Quizá Gustavo Bueno vio antes que nadie esa sustitución de la realidad por la narrativa. El materialista de Oviedo defendía la dureza de las cosas frente al almíbar de las ideas blandas. Decía que el pensamiento no podía convertirse en una guardería sentimental donde todo el mundo tiene razón porque nadie quiere discutir de verdad. Y ahí está ahora España: abrasada por el clima y narcotizada por el lenguaje. El país donde cada tragedia necesita un comité de expertos, cada escándalo una comisión parlamentaria y cada mentira un departamento de comunicación.

Fuera, el verano cae sobre las plazas vacías con una violencia africana. Dentro, en la penumbra del ventilador, Gustavo Bueno sigue discutiendo con el siglo XXI desde sus páginas densas, como un Séneca asturiano fumándose un puro frente al incendio. Hay algo heroico en releer filosofía cuando el aire acondicionado gotea y los telediarios hablan de récords históricos de temperatura. El pensamiento se convierte entonces en una forma de sombra.

España siempre fue un país de extremos: místicos o tahúres, inquisidores o cómicos, barrocos o pícaros. Ahora somos un país de insolados digitales. El calor nos ha vuelto lentos y sentimentales. Tal vez por eso conviene regresar a aquellos tipos que escribían con mala leche metafísica, como Bueno, que discutía para entender y no para acumular seguidores. En mitad de este verano prematuro y terminal, mientras el país entero parece una freidora administrativa, uno sospecha que el filósofo asturiano había visto algo importante: que las sociedades empiezan a descomponerse cuando confunden el deseo con la realidad y la propaganda con el pensamiento, y los líderes que fueron brillantes en denunciar el egoísmo cuartelero de los cayetanos de pelo engominado y polo de marca, pero han acabado siendo caricaturas de sus propias contradicciones.

El calor, naturalmente, acelera todas las decadencias.

Zapatero y el Pensamiento Alicia fue un libro visionario que anticipó nuestras búsquedas, y también las de los jueces de la Audiencia Nacional… Sipuestamente.

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