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TRIBUNA

Opinar es un riesgo

miércoles 03 de junio de 2026, 19:45h

Cada día se comprueba que son legión quienes opinan de cualquier cosa en público y dictaminan de todo lo habido y por haber desde la ignorancia y la imprudencia, sin margen posible para la ecuanimidad ni para la duda inteligente, tampoco para la mesura. Es un espectáculo aburrido, un vicio extendido y del que participan como actores principales no pocos de nuestros gobernantes.

¿Quiero decir que debemos retraernos de expresar nuestro parecer sobre algo que nos incumba? Por supuesto que no, en absoluto. Sucede que, a menudo, opinar con argumentos resulta ‘peligroso’, puesto que los prejuicios e intereses acechantes de algunos deforman nuestras palabras y nos declaran instalados en el lado ‘incorrecto’ de la historia. Por desgracia, demasiada gente anda embobada e intoxicada con relatos pueriles de buenos y malos. ¿Es mejor quedarse entonces de brazos cruzados?

A propósito de mi artículo Impotentes ante la barbarie, un título expresivo (así lo pensaba yo), un lector me ha transmitido su respeto y amistad (no todos lo hacen), pero se muestra sorprendido y dolido porque yo me haya “apuntado al carro de erosionar a Pedro Sánchez y no ver una animalada brutal lo que se está haciendo con los palestinos, despistando hacia finuras de si es o no es un holocausto”. Aquí se mezclan churras con merinas (dos tipos de ovejas; unas destacadas por su carne y su leche, las otras por su lana). Una cosa es referirse a Sánchez y otra al concepto de genocidio.

Con respecto al ‘carro’ relacionado con el afamado personaje, voy a plantear un par de preguntas:

¿Quién puede exigir que el señor presidente sea ‘intocable’ y que, por tanto, bajo ninguna circunstancia se deba disentir enérgicamente de lo que haga, diga o deje de decir?

¿Es de recibo que por razonar con honradez y sin complejos te pongan un sambenito con el cartel de ‘manos limpias’?

Las respuestas son sencillas en ambos casos. Y deben poder expresarse con rotundidad: ‘nadie y no’.

Hablemos en positivo y ejerzamos de continuo la libertad de opinar con sentido de verdad y según la realidad (“aquello que encuentro tal como lo encuentro”). Dejar de hacerlo facilita el avance del sectarismo y de la demagogia, que conducen a erosionar el respeto a la verdad y producen un serio deterioro en la vida democrática: el que resulta de inhibirse para no ser importunado y señalado como ‘malo’ y que empuja, por consiguiente, a cohibirse ante una presión que intimida y asfixia. Yo creo que hoy en España estamos en este ámbito de parcialidad y de trampa normalizada.

¿Qué dije de ese hombre y qué podría decir de él? Lo califiqué de robótico y cuántico, aludiendo a sus gestos de autómata: alardea de bueno e inmejorable (añadiré que esto es lo propio de los farsantes), además asegura una cosa y, de inmediato y cuando se le antoja, la contraria. Qué fácilmente olvidamos lo que no interesa. Esto no va de pensamiento político, sino de conciencia.

Con respecto al segundo apartado, mi sincero lector me acusa de “no ver una animalada brutal lo que se está haciendo con los palestinos, despistando hacia finuras de si es o no es un holocausto”. Vaya por Dios. Parece que es preciso repetir que el título de mi escrito era Impotentes ante la barbarie y que me referí explícitamente al “sistema de apartheid israelí contra los más de dos millones de palestinos en la Franja de Gaza. Son personas que están sometidas a un castigo colectivo brutal e inhumano”. ¿No está claro?

Me acusa además de despistar “hacia finuras de si es o no es un holocausto”. En tono afectuoso, le he pedido que volviera a leer mi escrito en la idea de que podría interpretarlo de modo diferente.

Una buena amiga me dice creer que en las atrocidades ordenadas por Netanyahu “hay elementos compatibles con la definición de genocidio de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio”. Seguro que tiene razón. Para mí, sin embargo, lo fundamental es denunciar la barbarie desplegada, no el calificativo específico de ‘genocidio’, que el diccionario de la Real Academia Española define como un “exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad”. Desde su fundación, Hamás también pretende el exterminio de los judíos. Hay, asimismo, otros ‘genocidios’ que muchos rechazan con sonoro silencio y notoria hipocresía: por ejemplo, los que se dan y se han dado en África y Asia; a menudo con la población cristiana. Y de los que nadie dice ni pío, a excepción de periodistas como Fernando de Haro.

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