Conviene tener fe por algo, por cualquier cosa. Y la esperanza, también. La vida se compone de un algo que habita entre nosotros, aunque no tengamos certeza de su existencia. Lo que no se ve, no se cree. Sin embargo, a pesar de otras teorías inclinadas a la falta de evidencia, nos moldean para conducirnos a otras vertientes, según mercado y conveniencia. A esta corriente filosófica, hay quienes la llaman «evidencialismo»; es decir, solo deberíamos creer en aquello de lo que tengamos evidencia. Maniobra para que el ser humano renuncie al sentimiento, ese algo oculto al que antes me referí.
Llevarlo todo al extremo sin reparar en el sentir de quienes nos movemos por una fe es como doblegar nuestra libertad de reflexionar mediante una policía del pensamiento. Sinceramente, conviene respetar y ser respetado. La esperanza tiene un componente privativo, indisoluble a la persona que la acompaña en su mejor disposición frente a la vida. En ella hay lo que no se ve, pero sí lo que se siente. No es algo tangible y tampoco tiene forma, pero si este sentir está orientado a hacer el bien, el resto deberíamos sentirnos unos seres privilegiados.
Ha venido a visitarnos el papa León XIV. Una suerte. No hace falta ser o no ser, creer más, menos o nada. Es la serenidad de alguien que representa la bondad de actos. Nos hace falta, mucha falta, diría yo. ¿Por qué lo digo? ¿Y quién soy yo para decirlo? Sencillamente, no lo sé. Pero hay una realidad en mi interior que me hace tener fe, y eso es suficiente cuando alguien viene hacia mí, sin yo haberle llamado, para invitarme a la esperanza como ser humano. Descartes creía que el mundo se dividía en tres sustancias: la mental, la física/material y, luego, Dios, que es el ser no creado y necesario que apuntala la realidad. Por lo tanto, si queremos dar sentido a esas supuestas «sustancias separadas» de la mente y Dios, debemos ser una parte de ellas.
A lo mejor nos falta comprendernos como lo que somos y de dónde venimos. Quizás la manera de conseguir la unidad fundamental de toda la existencia, de nuestro paseo terrenal, sea un mero ejercicio de «amor intelectual a Dios». No se queden solo con lo estrictamente religioso: el universo es abstracto, el milagro de la vida también lo es y, cuanto más se reflexiona sobre estas cuestiones, más indefinido se vuelve todo y más diminutos parecemos nosotros. Nuestro débil sesgo egocéntrico nos impide ver las cosas más allá de nuestra limitada y estrecha perspectiva, y eso, amigos lectores, nos separa de todo lo demás.
Los ejemplos, no solo del Papa como hombre con sobresalientes conocimientos espirituales, sino también de aquellos que están motivados por el misterio de lo que nos mueve a trabajar en la mejora de nuestra naturaleza humana, deben servirnos para dar testimonio de que todo lo que nos rodea está interconectado. Millones de personas en el mundo se sienten acompañadas por ese común denominador, invisible y no tangible, pero con una poderosa herramienta en nuestro interior que hace posible conseguir la esperanza a través del bien.
Por ejemplo, el budismo tiene muchas variantes, tanto en Occidente como en su nativo Oriente, pero uno de sus principios fundamentales es que reconoce la naturaleza ilusoria y quimérica de lo que consideramos la realidad. Las diversas meditaciones, rituales y prácticas del budismo están pensadas para alzar el ilusorio velo, disolver el ego y conseguir la paz más allá de los ornamentos del deseo y el sufrimiento mundanos. Creencia o fe, todo es una poderosa fuerza para lograrlo. El papa de los católicos, León XIV, nos trae lo revelador de lo que somos y también nos deja la fuerza de la vida, un poder donde tienen cabida la justicia, la igualdad, la libertad y la fe para todos, crean o no crean.
Permítanme una dosis de arrogancia ante esta disertación filosófica: soy de la opinión de que todos somos Dios. Somos únicos. Mi teoría no obedece a una revelación, pero está fundamentada en que todos estamos unidos por esas fuerzas abisales que comienzan y acaban en nosotros mismos. No se ven, pero se sienten. Por lo menos, las personas de bien entendemos que ese fenómeno oculto es lo que nos confiere la capacidad de resiliencia.