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TRIBUNA

León XIV

domingo 14 de junio de 2026, 19:27h

Andan los bellacos desuncidos y a su sabor, muestran sus sonrisas dientes de oro y sus ojos vidriosos se llenan de lágrimas de pantera. Los veo cada día por el televisor que todo lo miente: allí se enaltece la miseria, se convierte al asesino en víctima y al criminal se le rinden honores de prócer y prohombre. O se hace desaparecer el escándalo en el vacío de la inexistencia, merced al silencio informativo más absoluto. Con ese inglés de lupanar, impropio de gente de bien, se alude al “one” o al “leader” de todo esto. Temo que se nos vienen plebiscitos de comadreja para camuflar políticamente este hervidero de miseria.

No es menos feo el pánfilo rostro de la oposición sensata a la espera del turno que se le escapa. La red tentacular e interminable de la información alcanza con facilidad la íntima opinión de la muchedumbre y alimenta la buena conciencia ciudadana de uno u otro signo. Derechos Humanos, patriarcalismo, etnocentrismo, fascismos y antifascismos multicolor, con la mujer siempre en el estandarte, así como suena, hipostasiada.

La Iglesia, contando con sus fastos modernos y sus actitudes profanas, ofrece en el lodazal del presente la única esperanza. Esta afirmación no me convierte en católico, ahora que según se dice hay un revival y aparecen artistas y pensadores que vieron la luz en su camino a ninguna parte: ¡Aleluya! Toda conversión es asombrosa y digna de celebrarse. Me gustaría conocer, sin embargo, el sentido de esa conversión para no confundirla con una afinidad intelectual, una experiencia fantasmática o una comunión imaginada… La conversión puede ir acompañada por todos esos fenómenos pero – asombrosamente – creo que puede darse sin ellos. Se avienen mal moda y eternidad. No me atrevo, sin embargo, a dudar de la condición de las conversiones propagadas. En el íntimo tabernáculo del alma cada uno conocerá la voz que acoge o que rechaza. Soy un escribiente estéril cuyas luces no alcanzan a penetrar esas profundidades.

He contemplado, pese a todo, la presencia del Santísimo durante la celebración del Corpus por las calles de Madrid. La presencia de Cristo Sacramentado convierte la homogénea masa ciudadana en una multitud de singularidades extraordinarias. No hay otro fundamento para la esperanza nacida de la caridad y alimentada por la fe que se nos rehúsa o se nos regala. Esa presencia real desmiente mis más negros pensamientos y produce una severa corrección que me ensancha el alma. Mañana volveré a contemplar la masa, pero he visto el rostro del prójimo arrodillado por un momento ante la Realidad y no cesará el efecto de esa contemplación que debería indicarnos la posición desde la que recibimos la Palabra en la voz del obispo de Roma.

En efecto, todos demandan legitimidad y que se ilumine su posición en la batalla. Es (im)posible disponerse au-dessus de la mêlée pero justo allí se encuentra el Papa. Es (im)posible definir un orden metapolítico en un mundo que declara taxativamente que todo es política, asfixiando en una enrarecida atmósfera de batalla todo aliento antropológico y fundamental.

Las categorías políticas no son aplicables aquí como manifiesta el aplauso unánime, formal o vacío cuando se concibe en términos políticos. De ahí la interpretación pro domo sua que hace cada particular: no entienden desde donde se les habla. No es un irenismo pánfilo o una idealismo ingenuo que pretenda servir de programa político. Es ridículo pedir el voto al Papa o exigirle signos de partido.

Roma no define una política migratoria, ni una política social o demográfica. En la Cristiandad occidental no se confundió nunca Iglesia y Estado y los inequívocos gestos de partido impugnarían esa distancia. La honda belleza de la voz de los niños de la Escolanía del Valle trae ecos del asombroso silencio de la Santa Cruz y los pone bajo el manto de Roma. Sus voces son ante el Papa un signo inequívoco. Volveremos, decía, a la batalla pero veremos con mayor claridad el signo bajo el que se alcanza la victoria, que es el mismo bajo el que la derrota valdría la pena.

¿Es poco combativo defender la dignidad personal del no nacido o la estructura elemental de la familia? ¿es poco combativo abrazar a todo Cristo? ¿no es hacer de cualquiera un Cristo al que abrazar? Me parece que pudiéramos no estar entendiendo la condición del Papa, que no es la de Robert Prevost – que tiene el gusto de ser madridista –. Es una posición (im)posible desde los criterios de la razón moderna que se ha desecho de toda metafísica. De esa (im)posibilidad depende, sin embargo, la supervivencia de la civilización.

El mismo error se manifiesta a propósito de la última encíclica: ¿la mediremos por sus índices de impacto? ¿la someteremos a revisión por pares? Resulta ridícula la exigencia de una crítica académica que algunos parecen manifestar. No me cabe duda de que se ha señalado allí el horizonte, se ha establecido el límite y se han fijado las coordenadas siempre abiertas, infinitamente prolongables como los brazos de una cruz.

No podemos habitar el mundo sin sobrepasarlo porque – como gritara Saint-Exupéry – el imperio de los hombres no se calcula. La Iglesia sobrepasa el orden del mundo y su posición es ininteligible si la reducimos al campo de la política o a las dimensiones estrechas de una razón mundana.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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