El pasado 14 de junio, el periodista y escritor catalán Vicent Partal publicó en el diario digital VilaWeb el artículo «L'estranya sensació de portar una bomba a la butxaca. (La extraña sensación de llevar una bomba en el bolsillo).
Partal, fundador y director de VilaWeb, es una de las voces más lúcidas y originales del periodismo catalán contemporáneo. Su larga trayectoria profesional, siempre atenta a las transformaciones políticas, sociales y tecnológicas de nuestro tiempo, le confiere una singular capacidad para detectar las implicaciones profundas de acontecimientos que, a primera vista, podrían parecer meramente coyunturales.
En esta ocasión, tomando como punto de partida su propia experiencia como usuario avanzado de herramientas de inteligencia artificial y la reciente decisión del gobierno de los Estados Unidos de restringir el acceso a determinados modelos de IA por razones de seguridad nacional, Partal propone una sugerente y perturbadora metáfora: si los Estados consideran la inteligencia artificial un arma estratégica, quizá todos llevemos ya «una bomba en el bolsillo».
Comparto la extrañeza y la inquietud que transmite su artículo. De hecho, creo que su reflexión apunta hacia una cuestión de enorme alcance histórico. Sin embargo, al concluir su lectura, me quedó la impresión de que la metáfora de la bomba, siendo literariamente brillante y políticamente significativa, no agota la verdadera novedad antropológica que estamos viviendo con la por mí denominada: “Inteligencia Ajena”, que no es nada ajena. Porque en mi opinión ya manifestada aquí en El imparcial en algunos artículos anteriores: El espejismo de la razón y la inteligencia ajena | El Imparcial; tal particularidad, tal vez sea más que una bomba, llevemos algo mucho más desconcertante: una extensión de nuestra propia inteligencia y, con ella, un nuevo espejo en el que el ser humano comienza a contemplarse y, acaso, a transformarse.
Tanto si es una bomba como si no, comparto plenamente su estupor. También a mí me produce perplejidad que un gobierno pueda decidir quién tiene derecho y quién no a acceder a determinadas herramienta de inteligencia artificial por razones de seguridad nacional. El mero hecho de que un Estado considere que una determinada IA es equiparable a una tecnología militar debería hacernos reflexionar profundamente.
Ahora y por primera vez en la historia, el ser humano lleva no solo en su bolsillo, en su móvil, en su PC... y en su cabecita una extensión de algunas de sus capacidades mentales. No una herramienta para golpear más fuerte, correr más deprisa o ver más lejos, sino un instrumento capaz de recordar por nosotros, buscar por nosotros, traducir por nosotros, comparar por nosotros y, cada vez más, razonar por nosotros. La novedad antropológica es inmensa.
Hasta ahora, las herramientas habían sido prótesis del cuerpo. El martillo prolongaba el brazo; el telescopio, la vista; el automóvil, las piernas. La IA es la primera gran prótesis de la inteligencia humana.
Y aquí comienza la verdadera extrañeza, perplejidad o estupor...
Porque toda prótesis modifica aquello que prolonga. El uso continuado del telescopio cambió nuestra imagen del universo. La escritura cambió nuestra memoria. La imprenta transformó la cultura, la historia y la religión. Internet ha modificado nuestra manera de informarnos y relacionarnos.
¿Qué cambiará en nosotros una inteligencia exterior, que invade nuestro interior y con la que dialogamos diariamente?
La cuestión decisiva ya no es solo si llevamos una bomba en el bolsillo. La cuestión es: quién o qué está llegando a ser el ser humano que lleva más profundamente que en ese bolsillo un inquilino que se remueve en sus propias entrañas mentales.
La decisión norteamericana revela algo importante: los Estados han comprendido antes que nosotros que la inteligencia artificial es una cuestión de poder. Quien disponga de mejores versiones de IA poseerá ventajas científicas, económicas, militares y culturales inmensas.
Pero aún hay una cuestión más profunda que la geopolítica y todas las enunciadas y por enunciar.
Toda IA es, en el fondo, un espejo extraordinariamente sofisticado de la condición humana. Nos devuelve amplificadas nuestras capacidades y también nuestras carencias. Si somos críticos, nos hace más críticos. Si somos creativos, nos puede hacer más creativos. Pero si somos ignorantes, perezosos o manipulables, no tengo la menor duda que nos hará todavía más ignorantes, más perezosos y más manipulables.
Por eso la IA no sustituye al criterio humano. Lo presupone, tanto para bien como para mal, hasta el punto en que: a una persona sin criterio previo pueda convertirla en esclava de la herramienta. Pero también que a una persona con criterio propio pueda convertirla en una formidable expresión de libertad.
El problema no es la máquina. El problema, como siempre, somos nosotros y por ello: sin la menor duda, la mayor sorpresa del siglo XXI sea descubrir que la inteligencia artificial no nos está incitando a abandonarnos en sus brazos sin más, sino a algo infinitamente más profundo, a preguntarnos: ¿qué es, en realidad, un ser humano inteligente? Mal negocio si dejamos en manos ajenas nuestra natural Inteligencia Natural (IN).
Porque la pregunta decisiva no es si la IA piensa. La pregunta decisiva es si nosotros seguiremos pensando. Y más aún: si seguiremos siendo capaces de recordar, contemplar, discernir, esperar y creer por nosotros mismos.
¡Más que una bomba en el bolsillo; llevamos una pregunta sobre nosotros mismos!