www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

¿Refundación del PSOE?

lunes 22 de junio de 2026, 19:20h

El viejo partido socialista, fundado por Pablo Iglesias Posse en los aledaños de la madrileña Puerta del Sol, sufriría una ruptura que anticipaba el variopinto abanico en el que se dividieron los partidos -y partidas- republicanos en la antesala de nuestra guerra civil. La negativa de Largo Caballero a que Prieto asumiera la presidencia del gobierno, que le fue ofrecida por Azaña en febrero de 1936, supondría la definitiva confirmación de la deriva revolucionaria de su partido -anticipada en Asturias, en 1934 y en otros episodios anteriores- y la final contraposición entre las dos Españas que entendíamos definitivamente enterrada con la transición democrática, pero que aún nos persigue como si se tratara de una pesadilla interminable.

No refundarían ni Largo ni Prieto aquel partido, pero lo que sí podría calificarse como tal refundación sería lo que acontecía en la localidad situada a las afueras de París (Suresnes), en el año 1974, en la que el llamado Pacto del Betis entre andaluces -más concretamente sevillanos- y vascos, cerraría la etapa de alejamiento -físico e ideológico- del PSOE de Rodolfo Llopis respecto de la realidad sociológica española y de la ideología socialdemócrata, que ya se había extendido por Europa desde la conclusión de la guerra mundial. Cerraría definitivamente esa segunda distancia -la ideológica-, el XXVIII Congreso socialista celebrado en Madrid en el año 1979, en el que Felipe González proclamaría con énfasis la expresión: “¡Hay que ser socialistas antes que marxistas!” En la actualidad, el ex secretario general del partido socialista y expresidente del Gobierno viene reformulando esa expresión en un nuevo grito: “¡Hay que ser españoles antes que socialistas!”, pues la casa común de nuestra ciudadanía -España- es la que está corriendo un serio peligro de existencia, al menos en los términos de lo que significaría lo construido durante la transición y que tomó cuerpo en la Constitución de 1978.

De Congreso socialista a Congreso socialista y de elección a elección, la que podría calificarse de segunda refundación del PSOE se produciría con la elección de José Luis Rodríguez Zapatero -hoy investigado por los tribunales-, en el año 2000 como secretario general, primero, y como presidente de Gobierno, después, en 2004. Se trataría de una operación más callada que la primera, en la que la piqueta, aplicada con nocturnidad y alevosía, daba comienzo a la destrucción del régimen de 1978, entre apelaciones a la memoria histórica y ensoñaciones -que por desgracia no lo serían tanto- de una España tan plural que era ya una nación de naciones, en opinión del nuevo liderazgo socialista. No debería dejar de señalar, en el mismo sentido de lo afirmado, su irresponsable negociación para el final del terrorismo etarra, que permitiría a sus sucesores acampar cómodamente en los ámbitos de la democracia.

En el terreno de esa segunda refundación creo que continuamos encontrándonos ahora. Quizás la única diferencia -aun no siendo escasa ésta- es que, sin necesidad de abandonar la tarea deconstructiva de la democracia del 78, se ha superpuesto a este proyecto político el de obtener el poder y mantenerlo a costa de lo que sea, incluyendo la captación del pago del peaje que supone la incorporación de comunistas, independentistas y herederos del terrorismo como socios esenciales de un gobierno que se califica a sí mismo de progresista. De esta manera, los muros se levantan nuevamente porque los socialistas perdieron la guerra civil, pero los que ahora dirigen el viejo partido piensan que la contienda no está superada y que, a lo mejor en este momento, podrían ganarla, contando con la desgana ciudadana de una población que excluye la política de sus preocupaciones cotidianas. Una nueva república, sólo para republicanos y progresistas, como la quería Azaña, excluyendo de la misma a quienes seguimos pensando en una España sin frentes populares, una España -la que parecen reclamar los actuales dirigentes socialistas- que de tan avanzada como la proyectan hasta queden marginados los azules, los de Vox y los terceristas de la tercera España…

Pero no es imprescindible que eso suceda. La sensación de cambio de ciclo, envuelta en una multiplicidad de investigaciones por delitos conexos con la corrupción, pone de nuevo sobre el tapete la idea de una tercera refundación del PSOE, que acerque a ésta más que centenaria formación política a los postulados socialdemócratas, en cuanto a su visión de la economía y la sociedad, y nacionales, en lo que se refiere a la idea de la comunidad de españoles libres e iguales. Ya hay algún medio de comunicación que, como Diógenes con su candil, sondea la posibilidad de algún socialista, cuya edad no sea aún provecta, que pueda conducir ese partido hacia terrenos más fértiles para el conjunto de los ciudadanos.

Existen también quienes piensan que no ocurrirá nada si el partido fundado por Pablo Iglesias definitivamente se malogra y desaparece. Y que, como la política huye siempre del vacío, ya habrá quien lo sustituya y cubra, mejor o peor, ese hueco.

Creo que se equivocan. En primer lugar, porque todavía no nos encontramos en el escenario de que sea posible un partido sistémico que carezca de implantación territorial y local. Los recientes casos de UPyD y Ciudadanos acreditan lo que afirmo. Y el PSOE, siquiera en los momentos más difíciles de su trayectoria reciente -y difíciles por cierto que lo son- tiene acreditada una más que aceptable estructura en la epidermis de la piel del toro y una resistencia demoscópica que no desciende del 25% de los votos.

Pero por si eso no fuera suficiente, existe otra razón. El sistema establecido por la Constitución de 1978 se basa en la idea del consenso entre dos fuerzas políticas, una en la izquierda, la otra en la derecha, sin las cuales el país se siente cojo. Algo así ocurre ahora, cuando uno de los dos partidos lleva ya bastante tiempo recorriendo caminos de montaña y haciendo mangas y capirotes de lo que es causa -y casa- común de los españoles.

La experiencia que nos ofrecen otros países de nuestro entorno -es paradigmático el actual supuesto británico- es que, debilitado el socialismo, quienes se aprestan a sustituirlo beben sus aguas en el lodazal populista que ha quedado después de años y años de tormentas de polarización.

Cuidar al socialismo, respetar a los socialistas, afirmar que no todos entre ellos son iguales… es encender una vela a la esperanza de un reencuentro político.

Corresponde, desde luego, a los socialistas este trabajo. Pero no sólo a ellos. Hacer leña del árbol caído o alimentar las hogueras de San Juan con muebles viejos resulta muy fácil, pero quizás no lo que de verdad sea conveniente.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios