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TRIBUNA

El miedo a Dios

martes 23 de junio de 2026, 19:42h

Georges Brassens cantó: “si Dios existe, exagera”. Pero ¿y los creyentes? Muchos quieren milagros antes que terapia, un Dios rápido, ex machina, una misa de réquiem, cualquier cosa, gracia barata y, si sus peticiones quedan insatisfechas, se borran de la fe, pero cuando se deja de creer en Dios se cree en cualquier ídolo, empezando por el propio. Cualquier Dios no es Dios. Creen que, no creen en Dios. Tienen una manera de arrodillarse parecida a un estar de pie con las piernas dobladas, no entregados. Viven una religiosidad insana. Síndromes compulsivos: persignarse repetidamente al pasar por las iglesias; síndromes ritualistas: rezan de forma tántrica, no salen de la sacristía, se comen a los santos, rezan para no morir por la noche; síndromes fóbicos: evitan experiencias sexuales por temor a contraer una enfermedad venérea; amnesias disociativas entre realidad, imaginación, y deseo: ataques histéricos, trances místicos o de posesión delirantes; psicosis esquizoafectivas: alucinaciones visuales –imperativas, ¡debes!-, olfativas –olor a azufre asociado con el diablo-, táctiles –creer haber sido tocado, o tocar objetos invisibles-, auditivas –voces, gritos, gemidos; episodios maníacos con identificación de personajes bíblicos, complejo de mesías; levitismo: el sacerdocio como casta; religiosidad agarbanzada, de misa y olla; aparicionismo milagrero: desconfianza, a mayor devoción mayores obsesiones, delirios de ansiedad tan agudos, que ni siquiera una vela encendida a algún santo resultan suficientes; síndromes obsesivo-compulsivos de los actos de purificación, , chequeo minuto a minuto de la pecaminosidad; perfeccionismo deformador; síndromes depresivos durante los cuales las experiencias religiosas se encuentran ausentes y la espiritualidad permanece estancada; síndromes de rigidez e inflexibilidad asociada con el pensamiento mágico; indulgencias para quienes confiesan y comulgan los primeros viernes de mes durante toda la vida; utilitarismo, donaciones a la iglesia; providencialismo: “dejar todo en manos de Dios” para justificar éxitos, fracasos, obstáculos o pérdidas; wishful thinking, confusión de los deseos con la realidad; hiperculpabilismo, autodesprecio; pánico al castigo eterno; simpatía inconsciente por el diablo por rebelión y remordimiento moral por tal rebeldía.

Durante mi infancia, adolescencia y primera juventud, obediens perinde ac cadaver, procuré cumplir a rajatabla las instrucciones metodológicas: “si te has dejado antes algún pecado grave por olvido, dilo ahora; si te dejaste por vergüenza o por otra causa culpable, o si no tuviste dolor o propósito de enmienda, te confesaste mal, y has de confesar ese sacrilegio, y de cuantas confesiones y comuniones has hecho mientras has permanecido en pecado mortal, y estás obligado a hacer confesión general de todo ese tiempo. Aunque el confesor vaya preguntando, puede ser que tengas tú pecados por los que él no pregunte, pero tú los has de confesar todos”. Esta forma de confesarse rige todavía en 2026 en una parroquia lujosa (callaré su adscripción) de Tijuana, no en el siglo XIII. Semejante detectivesca lupa de Holmes me obligaba también a mí a volver a la cola del confesionario e incluso a reconfesar el mismo día por si acaso lo no hecho, dado mi terror de ir al infierno a causa de algún olvido. Afortunadamente el sacerdote de Puertollano, don Pedro, se dio cuenta, rompió mi lista en el confesionario, y al menos de momento me quedé tranquilo. Nadie tenía la culpa de que yo fuese un neurótico compulsivo a tan temprana edad, pero el ambiente generalizado no ayudaba demasiado a sanar mi alma. Para mí era un terror auténtico, tanto que me llevó al psiquiatra. Aquel miedo a las llamas del infierno me resultaba tan insalvable, que a su lado el amor de Dios perdonador incondicional carecía de peso. Afortunadamente ya no pertenezco a esa cultureta teológica de “alto” standing.

A nosotros -yo estudié toda mi vida en la enseñanza pública- nos obligaban como requisito previo a las confesiones a repasar tres puntos de las penas de los réprobos según el devocionario manual: “1. Tormentos en el cuerpo pecador: ¿ves aquel horroroso calabozo lleno de fuego y humo? para ti está preparado, allí irás si no mudas de vida, míralo bien; allá arderá tu cuerpo cómplice de tus pecados, te entrará el fuego por la boca, por la garganta y hasta por las entrañas, quedarás como hierro encendido en la fragua, y por todas partes echarás chispas con la fuerza de los golpes que te han de dar los demonios. ¿Cómo podrás vivir en aquel fuego infernal, cuando no puedes sufrir ahora en un dedo la llama de una vela? 2. Tormentos en el alma. ¿Cuáles serán tus pensamientos cuando arda tu alma en aquellas voraces llamas? Considera que pudiste salvarte a poca costa y no lo quisiste; acuérdate de aquel sermón, de aquellos ejercicios espirituales, de aquel buen libro, de aquella inspiración con que dios te llamaba y que no quisiste escucharle. Mira desde allí a muchos compañeros de un mismo estado, edad, carácter, escuela y congregación en el cielo, mientras tú te encuentras en el infierno, y con esto rabiar, desesperarte, maldecirte a ti mismo, al ángel de tu guarda, a los santos de tu devoción, a María santísima y a Jesucristo. ¡oh, qué vida tan infeliz!, ¡oh qué ocupación tan miserable la del infierno! 3. Tormentos por toda la eternidad. Y si llegas a caer en aquel fuego, ¿permanecerás en él por mucho tiempo?, ¿cien años? Más, mucho más. ¿Millones y millones de millones? Más. muchos más. ¿Pues por cuánto tiempo ha de ser? Mientras Dios sea Dios para siempre, por toda la eternidad. ¿Y en tan largo tiempo no habrá un instante de descanso? Nunca. ¿Podré siquiera mover un dedo? Nunca. ¿Ni aún tendré el menor alivio durante un abrir y cerrar de ojos? Nunca. ¿Me darán al menos una de agua? No, nunca, ¡oh fuego, oh infierno, oh eternidad!”.

Gracias a Dios y por su infinito y misericordioso amor, he dejado atrás en la medida de lo posible este tipo de tortura “teológica” tan lesiva para la salud mental como un lavado de cerebro nazi, aunque incomprensiblemente a algunos todavía les guste ese “¡confiesa!”. A estas alturas, aunque no hubiera Dios, ya no puedo sino querer que lo haya: aunque no hubiera cielo lo amara, y aunque no hubiera infierno lo temiera. Maranatha, ven señor pronto a socorrerme. Quiero, señor, que existas, al menos para que te conozcan, pues yo no soy capaz de transparentarte. Creer en este Dios me convierte en escéptico respecto a las divinidades gastronómicas, al vitivinícola Baco, a las longanizas que a Gargantúa se le presentaban como si fueran el Dios verdadero, la pura sustancia, el principio y fin de todas las cosas, o al poliamor.

A quien no ama, mil demostraciones le resultan insuficientes para constituir una certeza. Es el Señor en quien Dios se me hace presente en el cual vivo, me muevo y existo. Cuando hablo de Jesús hablo de Dios. Jesús no es un muchacho excelente y milagroso ni un hombre buenísimo: ningún hombre que sólo sea hombre es Dios. No creo en los santos porque los canonice la Iglesia: si los canoniza, es porque ellos son santos en el seguimiento del Santo. Sobre cómo actúa Dios en la humanidad, aunque a veces no veo su presencia como me gustaría, siempre la espero e invoco, como Job en el estercolero. Por gracia, ni siquiera el mal me aparta de Dios. Quien niega a Dios por causa del mal debería dar también las gracias a Dios por causa del bien.

Yo no sé, ni quiero, ni puedo vivir si no es desde el amor que Jesús me tiene. De no ser así ya estaría fatigado por la vida. Estoy ilusionado por la lucha sin ceder a la desesperanza. Creo en él acercándome a él. Creo en el Dios señor y dador de vida eterna, pues vida que no fuese eterna tampoco sería buena vida; aspirar a algo menos sería poca cosa para mí. Creo en Dios porque sin él tampoco creería en mí, ni a la hora de mi muerte ni en las horas de mi vida. y creo que, si Dios no existiera, yo tampoco, lo cual no significa que crea tanto más en Dios cuanto menos crea en mí; cuanto más él, más también yo. Yo creo en el Dios que me lleva siempre consigo haga yo lo que haga, por el poder de su perdón restaurador que al perdonarme me recrea. De su mano no querré nunca desasirme. Creo en Dios desde que dios existe, porque me pensó, me quiso y me hizo para siempre: este es el valor de eternidad que hay en mí.

Ese dios, mi dios, es dios/con/nosotros, Emmanuel, de quien soy gozosa y libremente su esclavo, sólo de ese dios acepto sumisión. Así lo fue Ángel María Garibay (1892-1967), a quien el médico le advirtió que si entraba en el seminario se volvería loco, pero él se hizo sacerdote y habló latín, griego, hebreo, francés, italiano, alemán, inglés, náhuatl y otomí: “loco o no, aquí me tiene usted trabajando. el consejo que a mí mismo me di y que siempre he practicado ha sido el de que, si en vez de trabajar, descanso, más que enloquecer me muero”. La gente sencilla con las que convivía como misionero pobre decían de él: “parece que este padre no ha terminado sus estudios, porque siempre lo encontramos leyendo en sus libros, haciendo preguntas y tomando notas”. Dios fecunda en cualquier terreno, y no sólo en el del saber, sino en el querer y en el dejarse querer. El padre Garibay no descansó hasta conseguir en beneficio del pueblo de san martín de las pirámides la introducción de agua potable; en otros pueblos, reunía a los campesinos jóvenes para enseñarles técnicas que podrían ayudarlos a mejorar sus cultivos y pequeñas industrias. totalmente ajeno a la pedantería, vivía con exquisito rigor la pobreza evangélica. Esta era y es la actitud de los humanistas/divinistas. Me maravillan aquellos franciscanos, por ejemplo, el denominado fray Toribio paredes (Zamora, España, muerto en México en el 569), que decidió llamarse Motolinia en cuanto escuchó que así designaban los indios de Tlaxcala al pobre, al humilde, y al doliente. una no pequeña lección para los empachados doctorcitos, por eso me pregunto: ¿es mi lugar una usurpación de los lugares que pertenecen al otro ser humano? lágrimas de llanto inundan la tierra, pero el que sufre más tiene mayor prioridad, por eso cuidar a un ser humano que sufre es lo más urgente, “no consigo imaginarme mejor adoración a dios que trabajar en su nombre con los pobres, como los pobres”.

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