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TRIBUNA

El doctorado honoris causa salmantino a Francisco de Vitoria

Gabriel Alonso-Carro
sábado 27 de junio de 2026, 18:21h

El pasado 5 de junio la Universidad de Salamanca otorgó a título póstumo esta máxima distinción al fraile dominico burgalés, con ocasión del V centenariode su toma de posesión de la cátedra de Prima e hito fundacional de la Escuela de Salamanca. La ceremonia, accesible en la red, no pudo ser más solemne y digna académicamente hablando. Y aunque tardío, significa un merecidísimo reconocimiento por parte de la institución donde se consagró como pensador y universitario.

Fernando García de Cortázar, el ya fallecido historiador de Deusto, llegó a afirmar que la Escuela de Salamanca fue la mayor institución cultural de la historia de la Humanidad. No sin razón. Y que con este homenaje a su maestro se conmemore también a este conjunto de sabios juristas-teólogos es de estricta justicia, recuperando así un legado propio que no siempre hemos sabido apreciar y valorar. De hecho, la figura de Vitoria tuvo que esperar al siglo XIX para comenzar a ser recuperada y apreciada en su justa medida.

No es cuestión aquí de reiterar los logros, conquistas intelectuales y consecuencias prácticas de las propuestas de Vitoria y sus compañeros pero no cabe duda de que causan asombro. Fueron capaces de ser el corazón y la conciencia moral de un Imperio a cuya cabeza, el emperador Carlos V, prestó suma atención y se esmeró en aplicar sus conclusiones y dictámenes acerca de los límites éticos de la expansión imperial. Un caso prácticamente inédito en el estudio comparado de la evolución de estas formas políticas.

Casi 200 profesores con los trajes académicos desfilaron por las calles de Salamanca para hacer la ofrenda floral ante la sepultura del insigne maestro -enterrado en el panteón de teólogos del convento de San Esteban- para, posteriormente, pronunciarse la Laudatio con los méritos y vicisitudes de su vida académica, el discurso de agradecimiento (ya que no era posible la acostumbrada lección magistral del investido Honoris Causa) del representante de la orden dominica y, finalmente, las palabras de cierre del Rector de la universidad. Un acto académico muy acertado y que siendo un justo reconocimiento premia más a la propia universidad salmantina que al homenajeado -al haber sabido reconocer ésta a quien supo llevar su nombre a los confines del Orbe-.

Este año conmemorativo del aniversario vitoriano y de la escuela salmantina se produce en un contexto que internacionalmente está muy distante de aquellos tiempos pero no únicamente en el aspecto cronológico sino también y sobre todo en el moral. Bien nos haría falta una institución semejante a nivel global, ahora que realmente podemos hablar del “totus orbis” que en el siglo XVI solo alcanzaba al mundo entonces conocido. Sin embargo, de algo podemos aprender y las efemérides bien pueden servir para este motivo y no quedarse en mera nostalgia conmemorativa.

De hecho, tomemos la frase que ha quedado para la posteridad en el Vitor descubierto en el Claustro inferior de las Escuelas Mayores salmantinas: “el hombre no es un lobo para el hombre; la naturaleza ya estableció cierto parentesco entre todos los hombres”. “Homo homini lupus” fue la sentencia acuñada por Plauto en una de sus comedias (s. II a. C). Sin embargo ha pasado al acervo cultural occidental por obra y gracia de Hobbes y, actualmente, es expresión del realismo político internacional o Realpolitik. Desgraciadamente, vivimos en parte tiempos de desmoralización o anomia en el plano de la convivencia mundial.

Vitoria niega la premisa antropológica reformulada por Hobbes y a partir de esa conciencias edifica la catedral de su pensamiento. Si hubiera pensado así no hubiera recalcado la íntegra dignidad humana de los indígenas del Nuevo Mundo, sus derechos a conservar el título de propiedad sobre sus posesiones y territorios y los límites de la Corona española en su acción conquistadora en el continente americano. Gracias a este humanismo y consideración del otro como semejante, Vitoria y su Escuela frenaron la lógica de dominación e imposición violenta que conlleva la expansión imperial. De lo contrario, la dinámica hubiese sido la de devorar y exterminar como hacen los lobos hambrientos a los que consideran sus presas: tal y como ocurrió con crudeza inhumana en otros imperios en diferentes momentos históricos y otras latitudes.

Y trayendo estos planteamientos a la actualidad más reciente e inmediata qué duda cabe de que la impronta humanista de la máxima del maestro de teología burgalés: “la naturaleza a estableció cierto parentesco entre todos los hombres” constituiría un remedio muy eficaz para los males de nuestro tiempo en el ámbito internacional y global. Por razones múltiples hemos regresado a visiones muy pesimistas de la condición humana y de la realidad mundial justamente cuando más falta hace un concepción unitaria como la de la Escuela de Salamanca. La unidad del género humano ya formulada por los clásicos del derecho romano no deja de ser un anhelo constante que en estos momentos históricos, de grandes retos para la humanidad, precisa de urgente concreción y articulación. Sirva Vitoria y Salamanca como inspiración.

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