Durante mucho tiempo hemos vivido confortablemente instalados en una convicción que parecía indiscutible: la realidad es aquello que es. Y aquello que no es, simplemente no es. Entre ambos extremos, el pensamiento humano levantó uno de sus edificios intelectuales más admirables: la lógica.
Desde Aristóteles hasta Frege y Peano, la razón aprendió a caminar apoyada en algunos principios elementales: una cosa es lo que es; no pudiendo ser y no ser al mismo tiempo; y entre una afirmación y su negación no existe una tercera posibilidad. El pensamiento adquirió así la capacidad de ordenar el mundo, distinguir lo verdadero de lo falso separando lo posible de lo no posible.
La lógica se convirtió en la gramática de la realidad pensada. Y, sin embargo, ocurrió algo inesperado cuando la física penetró en la intimidad de la llamada realidad, tanto física como mental, y descubrió experimentalmente un mundo que “parecía” resistirse a ser descrito en términos de realidad ya determinada por el pensamiento lógico.
El propio Einstein, se negaba a admitir lo que la nueva ciencia cuántica nos insinuaba. Sus experimentos mentales tenían que abandonar toda la lógica determinista y realista. El mismo que abrió la puerta a la nueva ciencia cuántica se revolvía contra ella. Pasó los treinta últimos años de su vida intentando refutarla sin conseguirlo.
Allí, en ese nuevo mundo, en la escala de los electrones, de los fotones y de las partículas elementales, comenzaron a aparecer estados de realidad, que no podían ser entendidos como simples «cosas que son», pudiendo ser tanto una cosa como otra – onda/partícula - y, además, aparentemente eran contradictorias, como así lo enuncia el principio de superposición cuántica. La célebre imagen del gato de Schrödinger expresa precisamente esta perplejidad.
El gato no está vivo ni muerto en el sentido clásico de esta expresión, pero tampoco está vivo y muerto a la vez como si la física hubiera decidido abolir el principio de no contradicción. Lo que sucede es algo mucho más fascinante: la realidad física parece contener posibilidades que aún no han sido actualizadas, es decir: aún no son reales y, sin embargo, poseen una cierta forma de existencia cuasi-objetiva, que opera sobre la realidad que analiza.
En el mundo cuántico, el tiempo se dilata como si fuese un plasma, el espacio se comprime al extremo, y el espacio-tiempo se indiferencia a tal nivel que toda realidad, actual y posible parecen acontecer sin solución de continuidad.
Es como si aquello que llegará a ser real y aquello que no llegará a actualizarse conviviesen transitoriamente en un mismo horizonte “pre-lógico”, un ámbito en el que las categorías clásicas de determinación y exclusión todavía no han desplegado toda su fuerza. Como si la realidad, antes de decidirse por una de sus posibilidades, habitara un extraño estado de indiferenciación ontológica.»
La vieja distinción aristotélica entre potencia y acto adquiere aquí, en este mundo cuántico, un inesperado protagonismo. La potencia deja de ser una mera posibilidad de realidad para convertirse en una forma de realidad todavía no desplegada. Y entonces la física comienza a hablar un lenguaje sorprendentemente humano. Porque ¿acaso nuestra vida no transcurre precisamente en ese territorio intermedio entre lo que ya somos y lo que todavía podemos llegar a ser, en esa superposición ontológicamente antropológica?
El ser humano vive más de posibilidades que de hechos. La llamada realidad está siempre siendo desbordada por lo aún no real. La propia posibilidad es el “a priori” de la realidad y el radicalismo científico y lógico que intente determinar este “a priori” es una utopía tal y como la nueva ciencia cuántica nos lo evidencia.
El ser humano: Ama posibilidades. Espera posibilidades. Teme posibilidades. Construye su vida sobre posibilidades. Incluso la ciencia progresa gracias a posibilidades que aún no son reales. Toda hipótesis científica es una forma de esperanza racional. Todo proyecto técnico es una posibilidad anticipada. Toda creación humana es un diálogo permanente entre lo actual y lo posible. Lo no posible, tanto en el mundo cuántico como antropológico parece esfumarse. Lo no posible no opera en, ni gobierna en la realidad. En el mundo cuántico lo no posible está ausente, no deja huella.
Quizá por ello la superposición cuántica nos fascina tanto. No porque describa el comportamiento de unas partículas extrañas, en un mundo extraño, sino porque, en cierto modo, refleja algo profundamente humano.
Nosotros mismos somos una especie de superposición existencial. Somos lo que somos. Pero también somos lo que podemos llegar a ser. Y muchas veces vivimos suspendidos entre ambas realidades: El niño contiene al adulto. La promesa contiene al cumplimiento. La vocación contiene la obra. La esperanza contiene el futuro.
Nuestra existencia se desarrolla precisamente en ese espacio cuántico/antropológico donde la realidad todavía no ha decidido plenamente ser lo que será.
La antropología se encuentra así con la física. Y ambas parecen susurrarnos una misma intuición: la posibilidad no es una simple ficción mental. Posee una extraña consistencia ontológica en la propia realidad actual. Lo posible orbita en el inconsciente de lo real. Lo no posible, simplemente no existe. Será posteriormente en el mundo óntico donde lo no posible podrá tomar consistencia lógica. Este es el mundo del “Poder-ser matemático” que, con rigurosa autoridad y maestría suele describir J. Mª. Méndez en muchos de sus artículos publicados aquí en la columna de opinión de El Imparcial.
La posibilidad, lo aún no real, opera mucho antes de serlo: habita en mundo de lo indeterminado, en caso contrario la libertad, ese deseo humano que le hace ser humano, al ser humano, sería una ficción carente de sentido. Es por ello que lo posible desde su indeterminación: nos configura, nos mueve, nos llama. Por eso la esperanza no es un mero sentimiento psicológico. La esperanza es la relación de la persona con posibilidades que todavía no son actuales, pero que ya actúan sobre ella como si estuvieran presentes. Tan reales como la propia realidad. Aquí la ciencia psicológica debería tomar profunda nota.
Esperar es vivir habitado por una realidad aún no consumada. Creer es otorgar crédito a una posibilidad que reclama ser acogida, incluso más allá de toda lógica pensada y/o experimentada. Amar es anticipar una plenitud que todavía no se posee.
Y es aquí donde la lógica se abre a la última pregunta, la verdaderamente decisiva.
Si el universo físico que nos muestra la ciencia cuántica, parece admitir una realidad que desborda la mera actualidad, ¿por qué habría de resultar irracional que la persona humana esté también abierta a una realidad que la trascienda y que todavía no se haya actualizado/manifestado plenamente y esté más allá de toda lógica y todo experimento?
El gato de Schrödinger nos ha enseñado que la realidad puede albergar posibilidades inéditas. La lógica de Frege y Peano nos recuerda que el primer operador lógico es el afirmador/negador. ¿Pero afirmar y negar qué, y para qué?
La razón científica y la lógica formalizada encuentran en este punto su nudo gordiano. Su punto de apoyo como reclamaba Arquímedes para mover el mundo, y en este caso para explicarlo de principio a fin.
Ese nudo gordiano es el “a priori” sobre el que la función de ondas de la razón cuántica colapsa y la Lògica formal se despliega. Sin él nada tiene sentido.
Todo realismo e idealismo parten de un acontecimiento Primordial y único. De un “Encuentro Personal”. De una presencia que nos interpela. Sin él la realidad pierde su consistencia. En el mundo cuántico el acontecimiento representa el colapso de la función de onda que analiza la realidad aún no experimentada y que la lógica formal precisa para poder desplegar su potencialidad a partir de su primer operador afirmado/negador.