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DESDE ULTRAMAR

Para un 4 de julio, Trump y las mujeres

Marcos Marín Amezcua
jueves 02 de julio de 2026, 23:22h
El calendario inexorable y fulminante, que compite con la Historia y el anecdotario, señala que los Estados Unidos cumplen su semiquincentenario de la Declaración de Independencia de las 13 colonias rebeldes inglesas de Norteamérica frente a la Corona británica. Una ruptura aprobada un 2 de julio, leída ante el pueblo de Filadelfia el 4 de julio de 1776. El semiquincentenario tiene su aquel.
Si lo prefiere, refirámoslo como ducentésimo quincuagésimo aniversario de la firma del Acta de Independencia, hecho pionero en el Nuevo Mundo y que nos recuerda no solo que allí, en ese instante, no se fundaron los Estados Unidos –ese es otro proceso posterior y tal texto se signó hasta el 2 de agosto– tanto como a sus 56 firmantes; o al único católico, Carrol, o al presidente del (para unos, tercer) Congreso Continental –siempre pretensiosos con eso de "continental", si solo eran ellos solitos– el conspicuo Hancock, cuyo nombre porta a manera de homenaje un rascacielos bostoniano, afirmando que su estampada megafirma en ese pliego lo era "para que el rey Jorge pueda leerla sin sus gafas” y todos luciendo tan peinaditos y bañaditos representados en insignes cuadros emblemáticos alimentados de imaginería yanqui, consagrando sus mitos fundacionales.
La efeméride advierte que los ciclos se cierran. El Acta aquella, algunos de cuyos signatarios trascenderían como los Padres Fundadores, fue dirigida contra el rey Jorge III en primerísima y única persona, llamándolo tirano. Ignoraba al Parlamento, porque los colonos no estaban representados. Y dos siglos y medio después, hete aquí que hay otro tirano, encima, elegido, pero ahora ¡en casa! Qué dicha, qué orgullo.
No pasa inadvertido el excelso discurso, puntual, ácido, bien hilvanado del rey Carlos III ante el Congreso yanqui en abril pasado, pronunciado con ejemplaridad notable a propósito de esta conmemoración, reivindicando a sus ancestros de forma objetiva, valiente, elegante, castiza. Sus palabras fueron elogiadas por Rod Stewart en un posterior encuentro con el monarca, llamando sabandija a Trump –aplausos– quien no estaba presente cuando el rey lo disertó. Con flemático humor tan British había dicho “hace 250 años, o como decimos en RU, ‘el otro día’...”.
Este preámbulo precede lo impresentable: destacar la relación de Trump con las mujeres. Este aniversario es una sublime oportunidad. Sobre todo, con las jefas de Estado, mujeres empoderadas, sus pares, porque esa relación borrascosa es reflejo viviente de su execrable misoginia expresada en un patrón, en formas que reflejan y anticipan su modus operandi ya que no le agradan las mujeres empoderadas. Una vez comportarse procaz, pasa por extrañeza, pero reiteradamente, ya no es ni casualidad ni hecho aislado. Resulta reprobable y su atrabancado proceder, resulta deplorable en grado supremo.
Los biógrafos actuales de Trump dicen que con su primera esposa –el angelito ya suma 3 oficiales– se llevó a las mil maravillas y siguió aconsejándolo con los años. Y eso que lo denunció por violación en su proceso de divorcio. Cada quién. Pero la segunda fue más interesante, Maples, dispuesta a hablar de todo para que "la gente supiera de verdad cómo era" su ex, ello apuntado cuando él iniciaba su carrera política, pero luego, ya cuando la vio en serio, reveló una nota de El Mundo (23/sep/16), ella prefirió ya no hablar. La actual esposa, ya se sabe, callada y como lámpara de pie y en este segundo mandato del neoyorkino va de muy, muy bajo perfil. Por algo.
Luego, si pasamos al plano internacional, en los dos mandatos del yanqui se repiten patrones importantes, azas misóginos y muy elocuentes de su forma miserable de concebir y abordar a mujeres empoderadas. Las ridiculiza, insulta, minimiza o cancela como un modus operandi inocultable. Es una vergüenza. Su proceder advierte complejos severos, insuficiencias mentales graves y peligrosas. Merece remarcarse, aunque ya lo sepamos.
Lo mismo se brincó el saludo a la entonces delegada del partido republicano y luego gobernadora de Puerto Rico, Jenniffer González, ninguneándola, que igual acaba de tener su rifirrafe con Meloni, la premier italiana, afirmando que fue rogona, pidiéndole una foto juntos –desde luego que la postura de Trump es insultante– y la respuesta de ella es para enmarcarla: "ni yo ni Italia, suplicamos jamás". Trump dijo que accedió a la foto, por pena. Estará tan potable el individuo para que le rueguen una foto o acuse de rogona a cualquier persona. Y qué forma tan corriente y vulgar de dirigirse a un par.
Durante su primer periodo, Trump ya tuvo su choque con la reina de Dinamarca, Margarita II, como sucedió en el segundo mandato con la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, y por la misma causa: pretender adueñarse de Groenlandia, por las buenas o por las malas. A la primera la dejó en un incidente diplomático, a la segunda en 2019 ya dio su descolón por calificar ella de "absurdo" el requerimiento yanqui, y a tal negativa la llamó grosera y desagradable, gimoteando el muy ofendido que esa no es manera de hablarle a los Estados Unidos. Pura ley del embudo. Tampoco son formas las que aplica a las mujeres empoderadas que, ya se ve que serlo, se le atragantan al machito.
Del trato prodigado a las que no están empoderadas y no nos resultan visibles, hay indicios y la respuesta la tiene Epstein. Y Melania, muda como un muro.
A la venezolana Delcy Rodríguez, además de ningunearla, la amenazó diciéndole que si no accedía a sus imposiciones ilegales y arbitrarias le iría como a Maduro o peor y luego diría que es estupenda y fantástica y que tiene gran capacidad negociadora. Como si no supiéramos que la tiene atenazada y amenazada si no le entrega Venezuela, sin derecho a pedirla. Tiene más derecho ella a negarse que Trump a exigirle. Sus zalamerías, sobran. Se está robando su petróleo. Punto.
Repite el mismo patrón con la presidenta mexicana, Sheinbaum: la elogia y la considera elegante, le encanta su voz y luego ¡zas! La remeda pidiéndole que por favor no invada México. Como otras mandatarias, Sheinbaum ha salido a matizar y a desmentir los dichos de Trump. Rodríguez y Sheinbaum nos recuerdan que ambas han capoteado al arbitrario yanqui y no de forma tersa, no poniendo la otra mejilla y eso es su gran mérito. Y no es fácil lidiar con semejante troglodita.
Y no faltan encandilados o verdaderos tontos y ciegos que balbucean admirados y justificadores, que Trump así es, porque es su estrategia negociadora. Si fuera cierto, qué borde y bruto. No es ni de admirarse ni para hacer apología abierta o encubierta de sus necedades, insuficiencias y complejos. Recién, en una visita a una empresa dijo “qué bueno que no hay mujeres, aquí”. Elocuente ¿verdad?
De la Von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, dijo que "se la comió en el desayuno”, cuando los términos del nuevo acuerdo arancelario que ahora Trump amenaza con violar, no dejan ver eso. La ministra de Exteriores de Groenlandia, Vivian Motzfeld, se quebró en conferencia de prensa posterior a la reunión de 50 minutos con los enviados trumpistas, llamándose “muy abrumada”, por su actitud, espejo de Trump. ¿Y qué tal decirle a una periodista con la que chocó: “tú cállate, cerdita”? y recién a otra entrevistadora de la NBC cortando la entrevista, la tildó de corrupta y estúpida. ¡Vaya patanzazo el del Potomac!
Un burro en cristalería para presidir este 250º aniversario. Cheers!
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