¿Qué hace de la tarde de toros algo inolvidable? Primero, los toros y, sin duda, los toreros que los enfrentan con destreza y actitud. Todo esto lo encontramos en la plaza de Moralzarzal el 4 de julio. Una pena que la asistencia del público dejaba mucho que desear. Se han perdido una de las mejores tardes de la temporada. Esperemos que la próxima vez el magnífico coso del pueblo adoptivo de Frascuelo quede lleno de aficionados. Además, la banda de música merece una mención aparte por su gran interpretación de los pasodobles.
Los toros de Pincha salieron al ruedo luciendo sus hechuras: de cuerpo algo enjuto, pero armónico, con un considerable morrillo, armados de pitones y todos cuesta arriba. Un poeta presente en el tendido los comparaba con leones. ¡Toros aleonados! Aparte de la presencia, los toros tenían cada uno su carácter. Poco podemos generalizar sobre estos ejemplares, ya que cada uno marcó su ritmo, sus terrenos y sus querencias…
José Fernando Molina estuvo a punto de llevarse todos los trofeos. La piedra en el zapato que se lo impidió fue la espada. Sí, la dichosa espada que está haciendo estragos entre los toreros más valiosos dejando su labor sin ningún premio. La lidia de Picador (1º) estuvo tocada por cierta dejadez, quizá causada por el calor veraniego. La vara fue puesta algo a traición, por el picador que guardaba la puerta. El toro tendía buscar el refugio de los chiqueros antes de llegar a la muleta. El animal superó su querencia y durante la faena que transcurrió en los medios, colaboró para montar unas tandas de interés. Al acabar la faena, Molina aguantó unos cabezazos del toro cansado. Su segundo, Clarineto (4º nº98) no se hacía rogar para entregar sus embestidas. Con el capote echado por atrás, Molina citó al animal de frente, aguantando el achuchón. Ni una duda, ni un paso atrás: con los pies plantados en el albero, el diestro se inventó una faena encantadora, emocionante y llena de ganas de darlo todo. De rodillas, se jugó la vida, para ir engarzando los pases en tandas y las tandas en una faena llena de detalles. Se pidió el indulto con insistencia, mas la presidencia no lo concedió. La espada lo echó todo a perder. Una vuelta al ruedo para el toro y una ovación para el diestro.
Tristán Barroso y Rascatripas (2º) se han medido en los medios: el toro tuvo una embestida franca, pero obligaba al diestro a buscar el sitio y llegarle mucho. Barroso lo hizo, pero la espada cayó trasera y el manejo del descabello fue deficiente. Clarineto (5º nº31) no rebozaba fuerza, así las primeras tandas de poderosos muletazos le dejaban sobre el albero. Tristán se vio obligado a cambiar y medirse mucho para hacer una faena completa con algunos muletazos sobresalientes. No sé sabe por qué, la ejecución de la suerte suprema dejó mucho que desear: se salía de la suerte y el estoque acabó en los blandos. Un trofeo.
Julio Méndez saludó a Oloroso (3º) por verónicas aterciopeladas, sin dejarle al bicho siquiera rozar el percal de su capote. La faena tuvo algo que pocas veces se asoma a las plazas: un torero que veía al toro y lo entendía. Esta sensibilidad para calibrar los tiempos, para elegir o rectificar los espacios, es algo tan raro estos días que merece una mención y ponderación aparte. El animal tuvo una gran calidad de embestida, aprovechada al máximo. Cantinero (6º) fue lo contrario: un toro reservón, cabeceaba, iba amenazando al diestro, que se plantó firme en el ruedo justo donde el toro se dejó llevar por la pañosa. Un volapié ejecutado con esmero, pero la estocada no fue eficaz. El diestro optó por aguantar y no descabellar para no quedarse sin trofeos. Logró salir por la Puerta Grande.