www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Historia y sentido

lunes 06 de julio de 2026, 18:59h

Se ha denominado intrahistoria o microhistoria a la historia interiorista, es decir, a la vida de cada individuo embutido dentro de su propio pellejo; por contrapartida se reserva el nombre de History para la macrohistoria o histoire evenementielle referida a los macrorrelatos exteriores al margen de las personas de carne y hueso. Frente a ambos extremos, el término idiomáticamente más adecuado para la vida personal podría ser el germánico de Geschichte, del verbo geschehen, es decir, lo que ocurre al mismo tiempo dentro y fuera de cada persona, porque ella es un dentro que necesita un fuera y al mismo tiempo un fuera que necesita un dentro, o sea, un mesorrelato entre lo meramente macro y lo meramente micro, pues el tiempo universal y el tiempo singular se dan la mano en cada existencia personal. De este modo, el individualismo meramente interiorista e intimista no pasa de ser una anomalía antropológica, lo mismo que el exteriorismo vaciado de intimidad. Quienes se autoproclaman apolíticos viven un tiempo asocial burgués puesto en solfa por Charles Péguy primero, y por Emmanuel Mounier después. Los apolíticos encomiendan su propia historicidad a los signos zodiacales de los horóscopos y de las cartas astrales a modo de sujetos trascendentales universales, cuyos vaticinios siguen pedísecuamente sin la rectoría de sus propias vidas lo cual no pasa de ser una farsa, meros relatos cifrados como dijera Karl Jaspers, historias sin sujeto, o, si lo decimos con Amando de Miguel, las de sujetos evaporados. Por el mismo motivo, las personas supuestamente apolíticas no pasan de ser individuos asociales dañinos. Lo malo es que una verdad dividida en dos no hace dos verdades, sino dos errores, de la que escribió Alexis de Tocqueville: “veo una masa inmensa de hombres iguales que se repliegan sobre sí mismos para procurarse pequeños y vulgares placeres con los cuales llenan su alma. Tomado aparte, cada uno de ellos es extraño al destino de todos los demás”. Sin embargo, como suele ocurrir, y así lo proclamó Mounier, el partido de los puristas no es el partido de la pureza.

Una variante light del desmayo histórico, cuyos desmayados se autodenominan “humanistas”

A la vista de lo anterior cabría afirmar sin grandes exageraciones que vivimos en un mundo ausente y roto, con identidades multiformes y egosintónicas, pero sin un común de humanidad real. Esa ausencia de communio, de comunidad comunional, no es inocente. En ellas, las distinciones artificiales burguesas, las instituciones educativas domesticadas, cultivan humanidades-refugio patrimonializados por unos cuantos especialistas. Tales humanidades burguesas desmayadas están tan muertas como el latín de Cicerón y el griego de Homero, son carreras elegantes donde se pagan altas colegiaturas a cambio de estudios de arte para colgar en las paredes de las instituciones públicas y con piano de cola para los salones. A todo lo que no tiene contacto con la real humanidad se lo rotula, como era de temer, humano, aunque se trate de un humanismo desmayado.

A diferencia de ella, la cultura humanitarista quiere tener hijos con la realidad, no sólo escribir libros y encuadernar diplomas ornativos. No hará falta añadir que las habilidades proporcionadas por las así llamadas ciencias de la información son voces de sus amos orientadas al servicio de quienes tienen por objeto la postverdad, el mentiverdadear con el que extorsionan y disocian vida social y comunitaria en contra del lema aún inédito libertad/igualdad/fraternidad, sin que nada quede de aquella humanitas de Terencio al servicio del homo, del humanum genus, cuyo lema era “soy humano y como tal no considero humano a lo inhumano”. Por tal motivo, y frente al humanismo descafeinado, viciado por vaciado de sentido, el humanitarismo siente como un deber imprescriptible la promoción del bienestar para el bienser, y en su perfil antropológico defendemos que todos los seres humanos debemos ser tratados con dignidad cual fines en nosotros mismos, y no como medios ni como objetos, y en consecuencia en la antítesis del nosotros más, vosotros menos, ellos nada que caracteriza al tribalismo etnonacionalista y etnomaniaco. El humanitarismo es razón práxica bajo esta otra bandera: cuanto quieran que los hombres hagan con ustedes háganlo ustedes con ellos. Esto late en el budismo, en el cristianismo, en el confucianismo, en el taoísmo, e incluso constituye la regla de oro de los positivistas agnósticos. Sólo si el humanismo educa humanitariamente merece respeto histórico.

La filosofía humanitarista no es una filosofía humanista “pura”, pues no es una ciencia, sino una indecencia, ya que pone a las cosas y a uno mismo desnudos “por mares nunca d’antes navegados”, en las puras carnes, según aquel singlar o marinear de Camoens. Azarosa aventura, incertidumbre sustancial, la cultura le es disparada a cada persona a quemarropa. Ser humano, en efecto, significa estar siempre a punto de no serlo: rien n’est sûr que la chose incertaine. El humanitarita se remanga y echa a caminar, aunque el resultado sea parvo o nulo, pero no pasaría de ser una indecencia pretender la felicidad a costa de la dignidad. La filosofía humanitarista no está para adormilarse con escenas del tipo “-padre, me acuso de haber matado a un hombre”, a lo que el confesor adormilado pregunta: “¿cuántas veces, hijo?”. Tampoco consiste en vivir a la parisina (la Sorbona como capital de la grafomanía) con un arte amanerado, afectado y superfetatorio. En la bruna nocturnidad de un cielo limpio Teofrasto, esto es, el de la divina fabla, nos recordaba que la filosofía es la experiencia de la periculosidad, pues experiencia significa etimológicamente haber pasado pericula. La filosofía no es inocua ni banal, ni domesticada, ni mansa o mansueta, sino el ser atraído, seducido, cautivado, y nos pide no ceder a toda seducción . Muy por el contrario, la sabiduría humanitarista es ese sich ergreiffen lassen o dejarse tomar que se desencadena en nuestro corazón y que hace fácil todo lo demás. La filosofía clásica aunó ejemplarmente teoría y práctica con asombrosa coherencia. Lo que resalta en los primeros pensadores es su consagración incondicional al estudio, a la profundización y el compromiso con el ser. Su sosegada indiferencia por las cosas que parecían importantes al resto, como el dinero, los honores, e incluso la casa y la familia, dio lugar a conocidas anécdotas: Tales de Mileto, abstraído por la observación de algún fenómeno celeste, cae en un pozo y su criada se burla de él porque quiere saber las cosas del cielo, pero no ve lo que hay bajo sus pies. Pitágoras, al serle preguntado por qué vive, responde: para considerar el cielo y las estrellas. Anaxágoras, acusado de no cuidar de su familia ni de su patria, señala con la mano hacia el cielo y dice: allí está mi patria. La filosofía es una tortuga (tartarougos) que avanza como un asno, pero sostiene el Tártaro. El primer libro de alto bordo de cualquier filósofo no se escribe repicando y estando a la vez en la procesión, escríbese nocte dieque incubando.

¿Camina la historia hacia un fin feliz, como creía Kant?

La paz perpetua es el nombre de un tratado de Immanuel Kant que propone en 1795 la creación de una paz interminable entre los Estados basada en la razón y el deber moral buscando establecer una estructura mundial y un marco de gobierno que favorezca la paz cósmica, superando el estado de guerra permanente que caracteriza la naturaleza humana. Kant considera que la paz no es solo deseable, sino un imperativo de la razón, un deber moral de individuos y Estados. Ahora bien, ¿sirve a tal fin de algo la cultura “humanista”, los doctorados, licenciaturas, los másteres, y la proliferación de universidades? Conozco por dentro casi un centenar de ellas, pero el sentido universal del devenir histórico y el sentido particular no siempre halan parejos. En efecto, ¿cómo defender que el devenir histórico camina hoy mejor que en el pasado, mientras no pocos países pasan tremendas hambrunas y muchos niños mueren prematuramente entre carencias abrumadoras? Ciertamente la longevidad y el bienestar social son mucho mayores de lo que fueron en la Edad Media, como no podía ser de otro modo, pero también mucho peor de lo que podría esperarse si tenemos en cuenta el nivel tecnocientífico actual, dedicado perversamente a incrementar la violencia bélica de los imperios sans foi, ni loi, ni roy.

Por otra parte, ¿somos los individuos del siglo XXI mejores moralmente de lo que fueron en la Edad Media?, ¿estamos más cerca de un cosmos en que al levantar la vista veamos un mañana que ponga libertad, igualdad y fraternidad?, ¿o acaso lo que mide el desarrollo humano son la renta per capita y los hábitos consumistas, el producto interior bruto para consumo de brutos? No son estas cuestiones que deban resolverse desde perspectivas psicologistas dictadas meramente por el tono vital optimismo/pesimismo, sino desde perspectiva axiológica y ontológica, a menos que en su lugar se dé por sentado que nada interminable cabe en un pudridero cósmico sin anhelos eudemónicos, donde -muerto el perro- se acabaría la rabia, desde el cual la respuesta al ¿y después qué? carecería de sentido una vez descoyuntada y troceada al estilo del “Y. Después. Qué” propio de los nihilistas incapaces de articular siquiera la pregunta por el sentido.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (3)    No(0)

+
0 comentarios