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TRIBUNA

El liderazgo global de los EE.UU en su 250º aniversario

Gabriel Alonso-Carro
martes 07 de julio de 2026, 18:39h

Para cualquiera que conozca la historia de este gran país no son ajenos estos movimientos pendulares entre el aislacionismo y el intervencionismo exterior: o una mezcla de ambas situaciones, como vemos en la actualidad, de extroversión en lo político y proteccionismo en lo económico. Casi un siglo como gran potencia han dado lugar a muchas y muy diversas coyunturas.

EE.UU. nació como un experimento de libertad y convivencia tal y como bien describió A. de Tocqueville en su libro "La Democracia en América". Y desde sus orígenes el país se creyó predestinado a exportar este novedoso laboratorio que enmendaba las fracturas de la vieja Europa. En ello había un fuerte componente mesiánico tomado de la figura del Pueblo Elegido bíblico y una poderosa misión de faro de la libertad -expresada en su convicción de nación con un "Destino Manifiesto", que comenzaba en su propio territorio continental con la "doctrina Monroe" (América para los americanos)-.

Doscientos cincuenta años tras su independencia el mundo al que se enfrenta la hegemonía norteamericana es muy distinto y mucho más complejo. Como es sabido, su liderazgo global comenzó en los años treinta y sobre todo en la II Guerra Mundial en adelante. Sin embargo, hoy se encuentra con otros feroces competidores con modelos políticos muy diferentes que han copiado el dinamismo económico pero no las libertades cívicas. En este sentido, y tal como ocurrió en la Guerra Fría, EE.UU. sigue liderando occidente y el mundo libre, independientemente de que haya un presidente u otro. Por ello reflexionar sobre su papel distintivo tiene importancia decisiva, y no únicamente para la propia nación.

Hemos entrado en una nueva etapa de la Historia, cualitativamente diferente y disruptiva respecto a lo anterior. La nueva era de la Humanidad viene marcada por las innovaciones tecnológicas y avances biomédicos, por la competencia industrial y comercial en los avances de vanguardia. Dominar el ámbito de ciertas herramientas como la IA, tanto técnica como industrialmente, concederán una ventaja sobresaliente y un poder sobre el resto de países que ninguna gran potencia se quiere retrasar en esta nueva carrera -esta vez ya no armamentística ni espacial sino digital y cibernética-.

En este sentido Europa ha sentido el peso de la responsabilidad pero ha primado la regulación sobre la innovación. Mientras, China sigue con su lógica sin freno dando más peso a las nuevas patentes que a sus consecuencias éticas y humanísticas y, finalmente, EE.UU. se encuentra entre la conciencia del continente europeo y la necesidad de avanzar del gigante chino. Pero de alguna manera seguimos dependiendo de su liderazgo frente al poder amenazante de una potencia sin apenas conciencia. De alguna manera, esta vez en el mundo hipertecnificado al que nos dirigimos inevitablemente, seguimos precisando de un liderazgo -al que Europa no alcanza- y que tenga un sentido ético defensor de la dignidad personal y la libertad individual.

De sobra son conocidas las tiranteces en las relaciones transatlánticas en el último año y medio: que afectan a la economía, a la defensa, a las relaciones tradicionalmente de aliados entre ambas vertientes del Atlántico Norte. Sin embargo, y a pesar del papel nefasto que en muchas ocasiones juegan las grandes corporaciones tecnológicas norteamericanas -multados reiteradamente por la UE por sus abusos al consumidor-, estoy convencido que es preferible el liderazgo USA en el terreno de los avances en innovación, industrialización y comercialización en las áreas más críticas y punteras que el de cualquier otra potencia hegemónica.

Y retomo lo que subrayaba al principio. EE.UU desde sus tiempos fundacionales ha creído tener un papel paradigmático en cuanto a experimentación de las sociedades libres y respetuosas con los derechos cívicos. Con sus grandes errores y sus grandes aciertos ha cubierto ya casi un siglo de historia de presencia "imperial" en el mundo. Con luces y sombras, como todos los imperios que en el mundo han sido, puede decirse que ha cumplido ese papel que soñaron los padres fundadores de la nación: el ser faro de la libertad y la dignidad individual. Los políticos de una coyuntura temporal concreta son como la superficie marina, van y vienen, hay olas, vientos tormentas, etc., pero eso es lo más epidérmico: lo decisivo se juega en la profundidad bajo la cual permanece constante e inmutable el océano. Lo mismo le ocurre a las naciones.

De modo que a pesar de los pesares de las diferencias actuales occidente debe seguir colaborando y apoyando ese liderazgo moral estadounidense en el complejo mundo de la competencia tecnológica, la carrera por la innovación y la competición por la industria y la economía en materias punteras. El experimento de libertad y de convivencia que se inició hace doscientos cincuenta años ha ido cambiando y moldeándose pero sin duda sigue siendo más nuestro que el referente del Extremo Oriente. Ojalá Europa pudiera aspirar a su propia autonomía en este terreno, como ocurre en el defensivo, pero hoy por hoy es puntual su capacidad real de competir de igual a igual y, ante la disyuntiva del liderazgo tecnoindustrial y económico de los EE.UU. o de su directo contrincante, está clara -a mi modo de ver la opción-. Y por ello la UE acertadamente está intentando articular de manera inteligente su relación con China, y en ese contexto España debería integrarse y no ejercer de verso suelto.

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