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TRIBUNA

Un 30 aniversario que no debería pasar desapercibido

sábado 18 de julio de 2026, 18:15h

El pasado 13 de julio se cumplían 29 años del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Un crimen cometido “a cámara lenta”, como lo definiría entonces, con acierto, el director de la edición vasca de El Mundo, Melchor Miralles. En efecto, no le bastaría a la banda terrorista con la salvaje ejecución de una no menos salvaje orden de matar, le era preciso por lo visto regodearse en el sufrimiento. Del concejal del Ayuntamiento de Ermua, primero; de su familia, inmediatamente después; de aquel pueblo vizcaíno y de sus gentes, más tarde; y del conjunto de la sociedad española, como colofón a una violencia gratuita que se ensañaba contra un representante público, en la más humilde escala institucional, quizás, pero sólo por eso imbuida de la capacidad de enardecer a todo un país.

Y ese sería el error de ETA. Pretendían cobrar venganza de la liberación por la Guardia Civil del funcionario de prisiones Ortega Lara, en la juventud de un hasta entonces desconocido concejal de un municipio formado por gentes de aluvión. Personas a quienes no confundían los excesos identitarios -todo identitarismo opera en demasía- y para quienes mirar hacia otro lado no constituís la manera habitual de observar los acontecimientos. Y con un alcalde, Carlos Totorica, amigo del que suscribe estas líneas desde los tiempos compartidos en el PSOE, que supo admirablemente tomar la medida exacta de la situación. Gestionar aquella crisis (“gerer la crise”, que decía Michel Rocard, es una de las cuestiones más complicadas para los líderes políticos y que ofrecen justa medida de su liderazgo).

El efecto multiplicador de ese error invadió las calles y las plazas de toda España, hasta el punto de que nos hizo más españoles, más unidos, esos días de lo que muy poco antes lo estuviéramos. ETA hizo más por España que una torrentera de declaraciones y escritos, como venía a decir Jaime Mayor, ministro del Interior en aquellas difíciles jornadas. Singular paradoja.

Y sería el principio del fin de la barbarie etarra, Porque si hubo un antes y un después en la difícil lucha antiterrorista -que lo hubo- fueron esos días de julio los que marcaron la frontera. Era llegado el momento del “Espíritu de Ermua”, del “¡Basta ya!”, de la Fundación para la Libertad… ya nadie dudaba de que las fuerzas de seguridad del Estado, la judicatura, la clase política y la ciudadanía éramos un todo unido. Y que éramos muchísimos más y muchísimo mejores que ellos.

Veintinueve años después los asesinos de Miguel Ángel van saliendo de las cárceles. Apenas una protesta de las organizaciones de las víctimas, secundados por algunos jueces y fiscales, formulan reparos jurídicos y entorpecen lo que pueden las vergonzosas consecuencias del ominoso pacto entre los sucesores de los pistoleros -que ahora hacen su guerra por otros medios, parafraseando a Von Clausewitz- y el Gobierno. Los jóvenes no guardan recuerdo de quién fue ese concejal de Ermua, y sobre su tumba se arrojan, un día sí y el otro también, paladas de olvido que nos espantan a quienes vivimos desde muy cerca esos hechos.

En un acto sencillo, como todos los años, las gentes del Partido Popular han rendido homenaje a su recuerdo. Son muchas las razones a las que la memoria de Miguel Ángel nos convoca. Las materiales, por el tributo de su vida -el más importante-, que al joven concejal le fue arrebatada, y el simbólico, el que reunió a las gentes de España porque sentíamos que nos habían arrancado los terroristas a alguien que era tan nuestro como el aire de libertad que respirábamos.

Por eso, Miguel Ángel Blanco supone la evocación de un suceso que nos pertenece a todos. A los que velamos su cadáver en el Ayuntamiento, a los que llenamos la iglesia donde se le ofrecieron sus funerales… pero también a todos los españoles que inundaron los espacios públicos de nuestra convivencia para exigir al terrorismo, con nombres y apellidos de asesinos etarras, que le liberaran de su secuestro, y que no perpetraran sobre él un segundo y definitivo crimen, el de su asesinato. Pero no sólo fue Miguel Ángel un símbolo de las gentes de entonces, también de las de hoy, de los que le recuerdan y, sobre todo, de los que nunca supieron nada de él, porque su sacrificio personal sembraría la semilla definitiva sobre la que brotaba el frondoso bosque de nuestra convivencia, al menos sin asesinatos, que los bárbaros de aquellos tiempos pretendían amparar en hipócritas argumentaciones políticas.

Es urgente que, ahora que el reloj de las conmemoraciones se cuenta por meses y días hasta que se produzca el 30 aniversario, se ponga en marcha una programación de actos y memoriales. De Miguel Ángel Blanco y de su época. Que suponga un diseño que integre a todas las gentes de bien en esta nuestra España que somos mayoría. Y como ocurrió esos días en el año 1997, en 2027 sea convocada una jornada por la dignidad y el recuerdo. Un antes y un después en la desmemoria colectiva que sería preciso cancelar. Un testimonio de que la democracia y las libertades, y el combate contra los liberticidas, se hace todos los días. Porque nuestro sistema de convivencia -ya lo vamos experimentando- no está garantizada si no la defendemos nosotros mismos.

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