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TRIBUNA

¿Ser adulto? Depende…

lunes 20 de julio de 2026, 18:35h

Nuestra vergüenza de presuntas personas adultas nos obliga a tocar el fondo de nuestra razón, de nuestra inteligencia; abismarnos en ella para darnos cuenta de una irracional intergeneración espontánea de amargura. De tanta vergüenza como cargamos, ya a cierta edad, podemos casi hacer una elucubración infinita sobre tamaños dolores, fósiles, traumas, trazas de viejos horrores familiares, tabúes innombrables de ancestros fantasmagóricos.
A la edad adulta le acompaña —casi siempre— hipocresía, cinismo, escepticismo y desesperanza. Por eso la misión imposible inherente a la nueva persona adulta es el encuentro con alguien distinto al gran mundo de extraños que han recubierto la membrana del corazón con un magma duro y encallecido. Sí, ese músculo tan poco trabajado en los grandes planes de estudio y especialización.; ahí lo tenemos entre fascias, huesos, agua, grasa y sangre quemada por circunstancias irrelevantes, como el paso de un gobernante por el Congreso, o los gramos de más a las puertas de agosto, una y otra vez. Pero tal y como bombea a diario, así lo olvidamos. Bombea y bombea, dando por presupuesto en la factura que nunca parará. Luego, el ciego y opaco materialismo dijo que no, que ahí no había nada más que carne; y nosotros, adultos y maduros cínicos de la carne asumimos que el dolor, ilocalizable ya en el órgano, tampoco existió nunca; aunque exista y grite. Y aunque éste —el dolor, el sufrimiento, el aburrimiento, el hastío, la temblorosa certeza del fin de todo en un breve fin de semana, la resaca del amor, el aullido de la pérdida, la orfandad, el infanticidio, el genocidio y la ansiada muerte del suicida— sea nuestro pan de cada día. Y cada día —¿quién no lo ha sufrido?— encontramos o somos encontrados como muertos en vida, muertos sin espera, muertos en entrevistas de trabajo, muertos en la oficina, en la fábrica, en el consejo, en la cúpula cerrada del Poder; y más muertos de camino a casa, muertos en las calles, muertos por doquier cuyo único deseo es la desconectada existencia de la realidad. Unos desconectan en el pasillo de un centro comercial; otros lo hacen en un yate, en las afueras de las Antillas, en pos del silencio atlántico donde una gran tortuga, o una gran mobula birostris, la dulce mantaraya, paga todo el estrés del año laboral. Demasiados despidos para llegar al gran Paraíso celeste.

Así que depende del perfil adulto con el que nos crucemos en el aeropuerto, en el bufet, entre los compañeros que quedan, náufragos, en el trabajo...; porque podemos encontrar tiburones, pues por ahí moran, y además gente pertrechada de tópicos en el bar más costumbrista, en el servicio del restaurante, frente al espejo del baño del hotel mientras nos afeitamos y nada, absolutamente nada, planea por nuestra cabeza y nuestro corazón, que no sea la fuga, incluso de las vacaciones familiares.

Por eso, desgraciadamente, y demasiado a menudo no encontramos personas a las que llamar ‘maestro’, ‘amigo’, ‘amor’; sí, amor: otro objeto desconocido entre los especímenes más adultos de esta tierra sin alegría, ni misericordia. No en vano, no por afición, o por hacer juegos florales, Pietro Civitareale aúlla entre la pléyade de poetas una larga pregunta, que nos lanza a todos en sus Alegorías de la memoria:

Nos preguntamos qué sentido puede tener

« Este pasar junto a nuestros días

descartando las certezas, escrupulosos contando nuestros fracasos,

propiciarse una realidad desconocida

con la perfidia de quien se repite,

la vida misma. Andar, en cambio,

cada uno con su perezosa existencia,

en el silencio extendido sobre la ciudad

vivida cada hora en la espera de nosotros mismos,

perdidos siguiendo un sueño que siempre

demora en precisarse. No esperar más los

estériles olores del otoño vencido

en la contemplación de austeras

presencias, la misma agua anegada

en la sombra vuelve a decirnos que las cosas

están aún aquí, iguales e inconscientes. »

Ricardo Franco

Escritor, editor y flamenco

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