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TRIBUNA

Por la pureza helénica

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 31 de julio de 2026, 17:27h

Cuando los hermosos parajes vivos aún se transforman en espectáculos de masas se asfixian y acaban muriendo, máxime cuando las masas invasoras son bárbaras y desconocen el significado étnico o geológico de lo que están contemplando. Se deberían aprobar unas oposiciones o exámenes para sacar el carné de turista, que, al menos, garantizase una cultura general. ¿Qué pintan cuarenta millones de turistas todos los años en Grecia? Acabarán por cargarse del todo el entorno y las reliquias más sublimes de la especie humana. No deberían moverse de su entorno propio, su patria auténtica, y que vean Grecia a través de las superproducciones angloamericanas de Christopher Nolan, que, aunque son incapaces de presentar el espíritu prístino de Grecia, los pueden entretener mucho y, sobre todo, identificarse con ellas. Todo lo que hace el cine está programado por la sociedad a la que pertenece.

Sinón, símbolo de la traición, el traidor por antonomasia del Mundo Clásico, Nolan lo transforma en la inocencia de un cándido adolescente engañado. ¿El Occidente decadente proyecta su mala conciencia? Hemos olvidado al Zeus Horkio, cuya estatua en Olimpia amenazaba con una inscripción en versos elegíacos a los traidores y mentirosos que quiebran los juramentos. Ulises no narra sus aventuras desde la corte de los feacios, como sujeto metadiegético de la narración homérica, acompañado de su última enamorada, la jovencita Nausícaa, que resistió la desnudez del pobre Odiseo naufragado, oculta con ramas de acebuche, sino que las narra el propio Nolan como sujeto omnisciente, con lo que entre otras cosas se pierde el subjetivismo pudoroso y henenísimo del propio Ulises. Occidente ha dejado de entender a sus padres, y tampoco le interesa entenderlos. De ahí que los quiera controlar y falsear con réplicas de fallida imitación. No se atreve tampoco con los amores de Odiseo y Circe. Escritores modernos se horrorizan del final cruento del gran Cicerón, cuando el propio Tito Livio nos recuerda que, de haber prevalecido Cicerón, éste hubiera hecho con Antonio lo mismo que Antonio hizo con él. La modernidad se entromete con sus prejuicios woke en el Mundo Clásico como un elefante en una cacharrería de cacharros de diamante, sin comprender que aquellos están más lejos de nosotros que los marcianos, producto de la Edad Contemporánea, y que nuestro acercamiento correcto a ellos es suspender nuestra lógica, y mirarlos en silencio y respeto, esperando a que nos hablen, sin pisar nunca torpemente el suelo del Pandrosio de la Acrópolis, como hacen algunos japoneses caídos de un mal cielo, y dejando que Penélope siga tejiendo un peplo a la diosa. Los miles de iletrados que suben todos los días a la Acrópolis de Atenas sin entender ni una jota de lo que sus ojos ven, sin exvotos ni ofrendas, acabarán por destruir lo que la ignorancia discreta y considerada de sus abuelos ha respetado durante siglos sin explorar las más grandes hazañas del espíritu humano. Cada uno debería acercarse y distraerse con lo que le dicte su propia naturaleza. ¿A santo de qué la gente tiene que ir a Grecia habiendo parques temáticos tan bonitos por el mundo? Pero es la programación social del rebaño lo que quiebra nuestra inclinación natural propia. Con razón a veces el padre de Atenea, ankylométis, se enfurece, se enfada, y arroja a los turistas de la Acrópolis con una iracunda tormenta estival. Pero ni por esas. Otro día mandará a las harpías contra las miríadas de Fineos del nuevo cosmopolitismo. Cuanto más inculto es el turista es más terco. No se trata de que padezca una curiosidad intelectual insoslayable, es que quiere profanar y conculcar con sus pedazos de pies lo sagrado, tener la experiencia de haber manchado lo sagrado. El impuesto municipal que tienen que pagar en Roma los turistas debería multiplicarse por diez. Hay que salvar nuestros orígenes del emporcamiento de las masas arrogantes y fatuas, que llevando una tarjera dorada en su cartera, suponen ya tener derecho a un comportamiento de Alaricos desaprensivos.

  • Pues yo meé en lo alto de la Acrópolis.
  • Eres la hostia, Manolo.

Los que amamos el misterio de Grecia y Roma – Roma como continuación de Grecia: su peregrinación anual a Delfos desde el principio – no lo podemos aspirar con tanto pretendiente petimetre. Al menos los pretendientes de Penélope eran griegos. Que no es lo mismo. Heracles sacrificaba a Zeus Apomyîo cuando era molestado por una multitud de moscas. Este Zeus Espantamoscas que hacía posible la oración de Heracles debería ser imprecado hoy para deshacer los espesos enjambres ruidosos de turistas voraces que destruyen no sólo los paisajes de Europa y las costumbres de su paisanaje, sino la identidad misma de un Continente pilotado por una caterva de mamarrachos como nunca ha habido y empeñado con delirio en destruirse provocando al gran hermano ruso. La pulsión de muerte es ubicua. Precisamente cuando la cultura humanística en Europa está en los subsuelos aumenta paradójicamente el afán de manosear el turismo en oleadas, marabunta de la modernidad, su tangibilidad, como un gran oso manosea un reloj de cuerda. Supliquemos devotos a Zeus Espantamoscas. No hay otra.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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