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TRIBUNA

Ceuta ha caído

viernes 31 de julio de 2026, 17:37h

Trump se preguntaba, en voz alta como siempre, si occidente tiene la voluntad de sobrevivir. Dejaré de lado a ese occidente, porque no sé muy bien qué es. En cuanto a España parece evidente que hace tiempo dejó de existir, si existir es persistir. A la amnistía a los autores del golpe de Estado independentista le sigue la toma de Ceuta por una multitud extranjera sin que se haya oído no un disparo, pero ni siquiera una voz de alarma. En su lugar se desatan sensibilidades endulzadas por una deformada y tortuosa idea del género humano que piden acoger a la muchedumbre recién llegada preguntándose dónde pasarán la noche. Supongo que no entienden que es la población de Ceuta la que tendrá dificultades para pasar la noche en sus casas, que van a dejar de ser suyas como no es suya la vieja ciudad autónoma.

Decía que ignoro a Occidente, de entrada porque esa palabra traduce bien lo que llamamos Magreb y suele excluir lo que tantos llaman América Latina. El colapso más o menos orquestado por los grandes maestros de la burocracia global empezó hace tiempo por la degradación de toda arquitectura de las ideas. Primero la mudanza terminológica y el bastardo gusto por el neologismo, después la distorsión de las palabras y la demolición gramatical del pensamiento. Dejamos de entender el mundo y de inmediato el mundo se nos eclipsó. La destrucción del sistema universitario que ha hecho de Bolonia un nombre aciago consistió, sobre todo, en la explosión controlada de las Humanidades y muy especialmente de su nervio filosófico político. Una población estupefacta y sujeta al dogal electrónico ha sido embalsamada en las ideas del más abstracto humanitarismo, tan caro al comercio cosmopolita y a la élite global que gobierna el orden económico mínimo. La victimización es su mecanismo preferente. Ante lo que aquí escribo se reaccionará de inmediato lanzando sobre el que firma la acusación de fascismo y presentando a la muchedumbre que nos invade – llamaré a las cosas por su nombre – como una multitud de desvalidos que, tras sus gestos de victoria, son víctimas de una miseria que esconden bien sus cuerpos de jóvenes deportistas y sus sonrisas de triunfo. Curiosas víctimas triunfantes.

Es asombrosa la apelación acrítica a los derechos humanos por parte de la izquierda vergonzante de nuestro tiempo que, naturalmente, hace tiempo que dejó de ser marxista. A esa izquierda parece escondérsele la condición liberal de la Declaración Universal de Derechos Humanos, una condición liberal instilada desde la fuente por la perspectiva individualista de unos derechos del sujeto humano individual al margen de todo lo que nos une o comunica con el prójimo. Unión que se manifiesta como obligaciones o responsabilidades, justamente desaparecidas de la Declaración. Se trata allí de un ser humano, uno cualquiera, sujeto al concepto de hombre que basta a la actividad comercial, industrial y financiera de esa clase que llamábamos burguesa: a los señores del comercio.

Es asombroso el rechazo del marxismo como el mal en sí mismo por parte de una derecha que olvida que el mayor peligro del marxismo es precisamente el de llevar a la perfección o culminar una concepto del hombre y del mundo de raíz liberal. El marxismo no es lo opuesto al liberalismo que ha acompañado al despliegue industrial, comercial y financiero del mundo, sino su culminación perfecta. China no es la némesis de los Estados Unidos de América, sino su imagen completa. Esto lo saben bien los amos americanos de las nuevas tecnologías que proyectan una superación de la democracia liberal en nombre de una victoria que exige hacer de los Estados Unidos la imagen especular o gemela de China. Lean a los Peter Thiel o a los Alexander Karp que programan hoy el futuro americano del mundo.

El modelo de invasión blanda que padecemos está siendo promovido por esta filosofía cuyos poderosos agentes tienen un nombre propio que hay que omitir aquí. Entre ellos se cuentan los gobiernos europeos hoy al mando. Es posible que no tengamos que ponernos la chilaba porque en el futuro ultraliberal que diseñan el ser humano será una larva indeterminada, un germen que definirá su identidad en el mercado global y cuya responsabilidad se limitará a elegir si cena en un chino, un hindú o un mexicano, habiendo perdido toda noción de lo que fue China, India o México. Esos hombres desustanciados pero voraces consumidores de todo, es decir, de cualquier cosa serán felices, muy felices mientras entretienen su tiempo en el enorme vacío que deja la desaparición del mundo antropológico. Tendrán derechos humanos, claro, pero no serán hombres… ni mujeres serán ítems del mercado global bajo dominio de una inteligencia automática.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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