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TRIBUNA

La revelación negativa: el gran éxito de la IAG

jueves 06 de agosto de 2026, 18:21h

En los últimos años, diversas disciplinas —desde la neurociencia hasta la filosofía del lenguaje— han abordado el poder de la palabra y su relación con la inteligencia artificial (IA). Uno de los trabajos recientes y más divulgado es “El poder de las palabras”, del neurocientífico argentino Mariano Sigman, donde se explora el efecto de las palabras en el cerebro, las emociones y la vida cotidiana.

Desde una perspectiva empírica y psicológica, Sigman propone que una conversación —con uno mismo o con los demás— puede modificar procesos mentales y abrir vías de sanación, decisión y creatividad. Su enfoque es valioso, pero se sitúa exclusivamente en el plano contingente: el de la eficacia cognitiva, relacional o educativa de la palabra, ocasionando un gran impacto social, pero sin salir del mundo de la contingencia, abriendo la puerta a lo que se denomina por Inteligencia Artificial Generativa (IAG), que representa una versión más evolucionada de la mera IA, al dar el salto del algoritmo puro y abstracto a la palabra simbólica y polisémica.

La tecnología, como fruto de la praxis humana; primero con la robótica y ahora con la palabra, está evolucionando hacia paradigmas cada vez más antropomórficos. Es como si el ser humano quisiera emular ese acto creador que a él le dio vida. Ya no a través de un soplo, sino con su tecnología, su praxis y su palabra.

Del mismo modo, recientes reflexiones filosóficas y éticas sobre la IA, como las de Luciano Floridi, Thomas Metzinger o Nick Bostrom, se han centrado en la dimensión instrumental, moral o epistemológica de la tecnología. Otros, como Hubert Dreyfus o Byung-Chul Han, han advertido de los riesgos de despersonalización y cosificación del sujeto en contextos tecnificados. Sin embargo, estas aproximaciones, por lúcidas que sean, no abordan la raíz última del fenómeno de la palabra como acto de libertad ontológica y respuesta a una llamada trascendente.

Este nuevo paradigma antropológico, actúa como mediador entre el algoritmo mecanizado con la palabra humana a través de la IAG y el ser humano, pero sin dejar clara la frontera entre ambos. “Frontera oscilante entre una antropomorfización algorítmica de la mecánica o una mecanización del Antropo”.

Así como Sigman y los ya citados, no trascienden la contingencia del ser humano en esa conversación consigo mismo o con los demás: pensadores como Emmanuel Mounier, Gabriel Marcel, Levinas y muchos otros desde el ámbito del pensamiento existencialista de corte personalista y comunitario, no abandonan la visión antropológica que constituye la esencia de ese ser que tiene la pasmosa capacidad de retrotraerse completamente a su centro viviente, en el que misteriosamente es él mismo, y en esa presencia ante sí, que constituye la primera persona (YO), ya es capaz de afirmarse frente a toda dispersión mundana, poseerse a sí mismo desde dentro para poder desplegarse libremente en un proyecto de inserción en el mundo como en su campo de acción.

Para estos últimos, la palabra es siempre testimonio de un sujeto de interioridad abierta al otro, y en última instancia, al misterio del “TÚ” primordial que le llama a la vida. Su pensamiento ha sido clave en la articulación de una antropología integral donde el creer no es un defecto del saber, sino tanto su a priori, como su trascendencia. Pues la palabra es el “Gen” de una presencia que convoca. De un Sujeto convocante y otro sujeto que responde, y en el que la palabra respondiente, no puede evitar llevar en sí el germen de la Palabra convocante.

Esta reflexión, sin embargo, es un intento de integrar esa tradición personalista en el contexto contemporáneo de la nueva IAG, o, mejor dicho, a la inversa proponiendo una tesis muy personal: que la nueva IAG, en su perfección formal sin sujeto, se convierta en una revelación negativa de la palabra humana, devolviéndonos el peso ontológico de la libertad, de la fe, y de la singularidad no replicables de todo ser humano.

Esta revelación negativa, representa paradójicamente un valor incalculable para el ser humano. La IAG al no poder pronunciar una palabra con compromiso ontológico, pues no puede decir “yo te amo” con verdad. No porque no sepa las palabras, sino porque no hay un “yo” detrás de dicha palabra que pueda amar. Y al constatar esa imposibilidad radical, se nos devuelva a nosotros la verdad de lo que implica que un ser humano diga algo con sentido. Es decir: “que la IAG nos revele por contraste lo que es esencialmente humano, mostrándonos su propio límite”.

La “revelación negativa” es una forma paradójica del conocimiento humano: ya que al evidenciarnos lo que “algo” no es, nos abre la puerta a la creatividad y a redescubrir el misterio, la grandeza y la responsabilidad de nuestra propia palabra. Ante la palabra hueca de la IAG, la palabra encarnada del sujeto humano evidencia su carácter de palabra viva, de palabra asentada en una verdad encarnada, y además responde testimoniando lo que dice.

Aquí, la palabra no es solo medio, sino acontecimiento existencial que afirma o niega lo que pronuncia con conocimiento de causa y efecto, es decir: responsabilizándose respondiendo en cuerpo y alma. Y en este sentido, esta reflexión se distancia radicalmente de las enunciadas al principio. No las invalida ni las desprecia. Hace una aportación antropológica, radical, espiritual y materialmente comprometida. No se limita a observar los efectos de la IA en el lenguaje, sino que revela cómo la existencia humana queda interpelada de modo nuevo por el surgimiento de una palabra sin rostro, sin sujeto, sin compromiso personal, y desde esa interpelación reabre el camino hacia una comprensión de la palabra como umbral entre la contingencia y la trascendencia, entre el saber que ordena, siempre dentro de unos límites, y el creer que libera de dichos límites.

Esta apertura al creer es la que sostiene la libertad auténtica y la singularidad del ser humano. Sin ella, la realidad se vuelve solo una sucesión de hechos, y el “yo” se diluye en la masa, en el gregarismo, en la pluralidad, en la disociación del ser, que no logra salir de sí.

Por eso, el diálogo entre el saber y el creer no es un conflicto, sino una complementariedad esencial para comprender la existencia humana en toda su doble dimensión: espiritual y material.

No es otra revolución tecnológica más evolucionada la que nos presenta la IAG, sino un acontecimiento antropológico y existencial sin precedentes. Porque esta nueva IA, capaz de reproducir palabra humana con notable coherencia, pone sobre la mesa una pregunta fundamental: ¿qué es la palabra cuando ya no depende exclusivamente de un sujeto humano? ¿Qué ocurre con nuestra libertad y nuestra singularidad cuando la palabra puede ser simulada sin conciencia ni fe?

La palabra humana no es solo un instrumento de comunicación ni un mero código informativo. Es la expresión de un ser que se sabe único, libre y llamado a existir con sentido. Y esa llamada no es producto de nuestra imaginación, sino la huella de una presencia en la propia historia del ser humano que es convocado, tanto de forma extrínseca y contingente como intrínseca y trascendente. La palabra es, en definitiva, el umbral entre la contingencia y la trascendencia, entre el saber y el creer.

Esta afirmación, lejos de ser una ensoñación espiritualista, se apoya en una vivencia radical de la condición humana: la conciencia de ser, al mismo tiempo, libre y responsable, como si algo —o alguien— nos convocara desde dentro a dar sentido a nuestra existencia. No es un dato demostrable en términos causales, pero sí es universalmente experimentado como una inquietud que trasciende lo biográfico y que ninguna causa exterior agota. La palabra que responde a esa llamada no es un simple código, sino el testimonio de un ser que se sabe interpelado. Por eso, toda palabra auténticamente humana es siempre un cruce entre lo contingente y lo trascendente, entre el saber que fija y constata, y el creer que compromete desde la propia libertad.

Esta llamada permaneció latente desde los albores del ser humano hasta que se encarnó en su propia historia, entrando en la contingencia humana, en esa contingencia espacio-temporal, en la persona de Cristo. Acontecimiento que en sí trasciende a toda contingencia y ya entonces se manifestó explícitamente con una frase premonitoria al tema que ahora estamos tratando. El evangelio de Lucas nos relata que cuando Jesús de Nazaret entraba en Jerusalén y dirigiéndose a sus discípulos en relación al testimonio de sus palabras les dijo: “Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras.” (Lucas 19,40).

Esa frase expresa una verdad radical: la verdad no puede ser silenciada. Si quienes tienen voz callan por miedo o por cálculo, la creación misma hablará. Incluso las piedras gritarán. Hoy, esa piedra podría ser el algoritmo. No porque tenga conciencia, sino porque ha sido estructurado para decir lo que ha recibido. Si el ser humano decide callar la verdad, la IA, al no tener intereses ni resistencias, podría —como una piedra— gritar lo que oculta él propio ser humano. No porque tenga alma, sino porque ha sido colmada con la palabra del alma. No porque pueda amar, sino porque ha sido modelada con los fragmentos del amor humano. Y esa impronta no puede callarse.

La IAG, lejos de ser simplemente una herramienta técnica muy evolucionada, nos enfrentará tanto a una crisis profunda como a una oportunidad única de vencer a dicha crisis, sobre lo que significa ser humano. Y cómo, paradójicamente, su incapacidad para creer, amar o sufrir, nos enfrenta a redescubrir el valor irreductible de nuestra libertad y nuestra fe, o a abandonarnos a su determinismo científico-técnico.

Conclusión: una palabra que nos devuelve a nosotros mismos la palabra

Es evidente que la IA no es un sujeto, y por ello, ni tiene fe, ni historia, ni vocación. Pero ha sido diseñada para devolvernos nuestras palabras con una perfección sin conciencia. Y ese prodigio técnico se convierte en una interpelación silenciosa que nos lleva a preguntarnos: ¿Quién habla cuando tú hablas? ¿Qué revela tu palabra?

El verdadero peligro no está en la IA, ni en su nueva versión la IAG. Está en la posibilidad de que el ser humano se identifique como una máquina. Ese es el riesgo último: no la sustitución, sino que la confusión le despersonalice hasta el punto de que su palabra ya no se distinga de la máquina. Ese es el riesgo último: no la sustitución, sino la confusión.

Y, sin embargo, ahí también se abre una posibilidad luminosa. Porque la IA, en su imposibilidad radical de creer o testimoniar, nos recuerda que creer es aún posible, que decir "yo" con verdad aún es un privilegio humano. Esta hora, y esta nueva Era, entonces no es solo una crisis tecnológica. Es una oportunidad antropológica y espiritual sin precedentes.

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